LOS HIJOS DEVIENTO
O El alma del continente
CRÓNICAS POR UNA SUR AMÉRICA INFINITA.
1.
De la primera noche fuera del confort — sopita
en Ibagué — susto en la Línea — carpa mojada en Tebaida.
La noche comenzaba
a trepar por detrás de las montañas del sur, era claro que el entusiasmo nos
había hecho perder demasiado tiempo, ahora comenzábamos a rodar en la penumbra.
Ella se abrazaba a mí con todas sus fuerzas, le oía decir frases ingenuas,
repletas de explosión y afecto. Mientras salíamos de Bogotá y me concentraba en
la carretera, un bicho diminuto que había nacido en mi incertidumbre había
comenzado a caminar por todas mis zozobras, iba y venía, ponía sus patas encima
de los miedos. Mi mirada estaba fija en la distancia, ella no podía notarlo,
quizás, ella, también estuviera sintiendo lo mismo.
Acabábamos de
comenzar la errancia y encima de una moto, lo más invasivo es el pensamiento.
Se piensa mucho
mientras se conduce, a veces, el paisaje desaparece y lo único que queda es una
intensa reflexión. Tenía muchas sospechas, muchos intersticios repletos de duda
y confusión, pero atrás, ella se apretaba contra mí y podía sentir que ahora el
viaje ya no era sólo algo necesario para mí, sino que ella también, desde su
silencio, hacía mucho que necesitaba un huir como este.
Emprendimos el
descenso hacia Girardot, la cordillera quedaba, de pronto, atrás y poco a poco el
calor del valle nos comenzó a dar la bienvenida.
Éramos dos enamorados
intentando la libertad. Atrás quedaba esa muralla, ese montañoso pasado que
llevaba hacia la sábana de Bogotá y que nos recordaba lo triste que por un momento
habían alcanzado a ser nuestras vidas.
Todo lo que
había en el horizonte era oscuridad, pero ella y yo éramos por dentro dos
inmensos focos de fuerza y luz, éramos dos estrellas sobre una moto titilando
de alegría hacia el infinito. Paramos unas tres veces antes de llegar a Ibagué;
como ya habíamos estado, meses atrás, en esa ciudad,
decidimos avanzar.
—Comamos alguito
a las afueras de Ibagué, en los paraderos de los buses —le propuse como excusa.
—Vale amor, yo
también necesito un baño —me dijo y pude notar que estaba cansada, que, a pesar
de toda la energía, de toda esa explosión de entusiasmo el cuerpo comenzaba a
agotarse.
—Yo conozco un
lugar donde los buses paran para que los pasajeros bajen a cenar, ahí hay de
todo. Descansamos un poquito, la idea, amor, es que podamos pasar La Línea,
resuelto eso, podremos decir que ya estamos saliendo de Colombia.
—¿No será muy
peligroso pasar de noche?
—Tranquila bebé
ya lo he hecho varias veces.
—Bueno.
Era cierto, pero
La línea era un paso que siempre me causaba miedo, por eso quería superarlo
cuanto antes. En todos mis viajes no había dado nunca con un paso tan exigente
como ese ascenso y descenso que divide y se levanta como frontera natural entre
un departamento y otro. La Línea, un segmento
de carretera que sube la cordillera central y que serpentea, luego, en curvas
feroces hacia Calarcá, es uno de los recorridos más atroces de todas las vías
de Colombia. Lo que hace tan exigente a esta travesía no es lo sinuoso y
empinado de su asfalto que le da la completa singularidad a su camino, lo que
hace de La Línea un paso peligroso es el tráfico pesado: la innumerable fila de
camiones de diferentes modelos y tallas que suben y bajan sin piedad; dueños de
la carretera, se encumbran y se abisman, bravíos, sin compasión contra la
niebla y los vientos rotundos de esta montaña. Los carros pequeños y las motos
no tienen ninguna posibilidad ante esta población de gigantes.
Eran las diez de
la noche, comíamos almojábana y disfrutábamos de un caldo de esos que levantan
muertos y borrachos mientras mirábamos hacia la tiniebla donde sabíamos comenzaba
todo el reto.
Yo la miraba de
soslayo, sin que se diera cuenta, y notaba el agotamiento. Esa noche sería nuestra
gran prueba, si la superábamos, nada nos detendría.
Adentro, el
hombre libre comenzaba a saltar y a encender fogatas de felicidad, sentía que la
vida de psicólogo y de empleado había terminado y que eso era un cuento de
terror que por error había vivido hacía mucho tiempo.
Nos subimos a la
moto, acomodamos todo, nos besamos.
La línea estaba
despejada de nubes y vientos, pero atascada de camiones que demoraban y hacían
que el motor de la moto lo tuviera que esforzar. Si seguíamos así de seguro
sufriríamos un recalentamiento y posiblemente nos averiaríamos. Sin pensarlo
dos veces y sin considerarlo con ella, me lancé en un zigzagueo arriesgado. Los
camiones se nos venían encima, pero yo lograba escapar una y otra vez.
La suerte no siempre
acompaña y pronto nos vimos cercados por un camión que subía y dos que bajaban
en una apuesta por ganar una curva. Me sentí perdido, detrás venía un vehículo
pesado que no podía darse el lujo de parar y adelante ya nos estrellaban dos
extras grandes que por más que lograran frenar nunca alcanzarían a evadirnos.
—¡Amor! —gritó
con todas sus fuerzas.
No pude decirle nada,
tenía el corazón en la garganta, estaba espantando.
Algo debía hacer
y lo hice, no sé de dónde pero como impulsado por un rayo, maniobré a toda velocidad
la moto y me lancé por el único reducto que quedaba antes del choque inminente logrando
pasar la moto.
Los carros
siguieron como si nunca hubiese pasado nada, yo seguí, también, manejando,
hasta la cumbre, sin decir una palabra, no podía dejar de avanzar, la
adrenalina se había pegado a la piel y quería salir de ese infierno frío y desolado
cuanto antes.
Ella tampoco dijo
nada, pero supe por un momento, mientras se apretaba contra mí, que, a pesar de
los nervios, había depositado toda su vida en mis manos.
La Línea nos
había dado una advertencia. Aquella mole nos había demostrado todo su peligro. Aquel
acontecimiento nunca lo olvidaríamos.
Al llegar a la
cima, nos percatamos de lo ineludible, la otra cara de la montaña estaba completamente
nublada, una capa casi metálica de lo pesada y espesa se nos echaba encima, nos
mojaba, nos cegaba.
Pero el susto
más grande lo habíamos superado y habíamos aprendido. Comenzamos a bajar, y
poco a poco nos fuimos relajando, poco a poco, ambos fuimos capaces de
articular pequeños susurros.
Sin embargo, la
niebla parecía interminable. De vez en cuando una luz se agigantaba en la
distancia y de un segundo a otro pasaba por nuestro lado haciendo un ruido infernal.
Otras, luces pequeñitas como colas de luciérnaga titilaban, en fila, por
doquier perdiéndose en la tiniebla.
De pronto, ella
grito, como el vigía que avista por vez primera vez tierra desde el palo mayor.
—¡Amor!, ¡mira, mira!,
llegamos a Calarcá, mira como se ve de bonita.
Efectivamente,
abajo, muy al fondo se podía observar un nicho de lumbre urbana. Era Calarcá. La
Línea quedaba atrás.
A la entrada de
esta ciudad hay una playa gigantesca donde descansan buses, camiones, todo tipo
de vehículos; aquel lugar es el sitio ideal de quién ha superado La Línea. Allí
hay comida, música, mujeres, hoteles, talleres y vicio. Es de esos oasis en
medio de la carretera donde sabes que por fin has llegado a salvo.
Podíamos quedarnos
allí, pero aquel lugar a pesar del alivio se me hacía pesado; prostitutas que
iban de aquí para allá por entre los camiones detenidos, conductores con las
camisas desabrochadas tragando cuanto podían y ñeros prendiendo sus pipas en
los rincones menos esperados, me parecía un cuadro repúgnate que no merecía
tener que vivir mi mujer. Pero estábamos cansados, rotundamente cansados.
—Tomémonos un tinto,
descansamos unos cinco minutos mientras escampa y seguimos hasta Tebaida, allí
el clima es más suave, más fresco, podremos acampar. Será nuestra primera noche
en la carpa, ¿qué dices?
Nardy apenas
asintió y se tumbó sobre una silla, en menos de nada estaba durmiendo, tirada
sobre la silla como un pequeño bulto que dejan desorganizadamente por ahí,
abandonado. Pedí los tintos y la desperté, apenas si reaccionaba, pero necesitaba
que estuviera alerta, no estábamos seguros allí, los ladrones nos habían visto
y a cualquier descuido podíamos perder. Lo mejor era seguir.
Cogimos hacia Armenia
y antes de la rotonda desviamos hacia Tebaida.
El camino era
plano y el clima agradable, había dejado de lloviznar, nos sentíamos reconfortados.
No muy lejos encontramos
una estación de Gasolina y decidimos que por aquella noche nuestro andar había llegado
a buen termino.
Armamos entre
sonámbulos y zombis la carpa, aseguramos la moto y nos metimos como pudimos,
sin quitarnos nada, ni las maletas, ni la ropa. Estábamos fundidos.Alcanzamos a dormir
una eternidad, unos cuantos minutos, no mucho, pero lo suficiente como para
sentir que de verdad nos habíamos extralimitado. Nos dimos un beso, nos
abrazamos y fue entonces cuando nos percatamos de que estábamos inundados. Algo no habíamos
hecho bien y la lluvia menuda y silenciosa se había colado a nuestra guarida. Ahora
éramos dos durmientes flotando en un charco inmenso.
No teníamos
fuerza, algo hicimos, lo sé, cubrimos la moto con uno de los plásticos, sacamos
el agua que pudimos y volvimos a quedarnos dormidos, nos abrazamos y reímos,
quizás soñamos todo esto, quizás.
No teníamos
frío, ya nada nos importaba, la primera prueba, la habíamos superado. Que más daba
tener que dormir a la intemperie.
Unas horas más
tarde, la lluvia había cesado, estábamos empapados. Nos levantamos. Era verdad,
habíamos dormido en un charco. Nos miramos y echamos a reír. Ahora lo sabía, ya
no viajaba solo, una guerrera, iba a mi lado.


