jueves, 23 de marzo de 2017

De la primera noche fuera del confort — sopita en Ibagué — susto en la Línea — carpa mojada en Tebaida.

LOS HIJOS DEVIENTO
O El alma del continente
CRÓNICAS POR UNA SUR AMÉRICA INFINITA.




1.       De la primera noche fuera del confort — sopita en Ibagué — susto en la Línea — carpa mojada en Tebaida.

La noche comenzaba a trepar por detrás de las montañas del sur, era claro que el entusiasmo nos había hecho perder demasiado tiempo, ahora comenzábamos a rodar en la penumbra. Ella se abrazaba a mí con todas sus fuerzas, le oía decir frases ingenuas, repletas de explosión y afecto. Mientras salíamos de Bogotá y me concentraba en la carretera, un bicho diminuto que había nacido en mi incertidumbre había comenzado a caminar por todas mis zozobras, iba y venía, ponía sus patas encima de los miedos. Mi mirada estaba fija en la distancia, ella no podía notarlo, quizás, ella, también estuviera sintiendo lo mismo.

Acabábamos de comenzar la errancia y encima de una moto, lo más invasivo es el pensamiento.

Se piensa mucho mientras se conduce, a veces, el paisaje desaparece y lo único que queda es una intensa reflexión. Tenía muchas sospechas, muchos intersticios repletos de duda y confusión, pero atrás, ella se apretaba contra mí y podía sentir que ahora el viaje ya no era sólo algo necesario para mí, sino que ella también, desde su silencio, hacía mucho que necesitaba un huir como este.

Emprendimos el descenso hacia Girardot, la cordillera quedaba, de pronto, atrás y poco a poco el calor del valle nos comenzó a dar la bienvenida.

Éramos dos enamorados intentando la libertad. Atrás quedaba esa muralla, ese montañoso pasado que llevaba hacia la sábana de Bogotá y que nos recordaba lo triste que por un momento habían alcanzado a ser nuestras vidas.

Todo lo que había en el horizonte era oscuridad, pero ella y yo éramos por dentro dos inmensos focos de fuerza y luz, éramos dos estrellas sobre una moto titilando de alegría hacia el infinito. Paramos unas tres veces antes de llegar a Ibagué; como ya habíamos estado, meses atrás, en esa ciudad, decidimos avanzar.

—Comamos alguito a las afueras de Ibagué, en los paraderos de los buses —le propuse como excusa.

—Vale amor, yo también necesito un baño —me dijo y pude notar que estaba cansada, que, a pesar de toda la energía, de toda esa explosión de entusiasmo el cuerpo comenzaba a agotarse.

—Yo conozco un lugar donde los buses paran para que los pasajeros bajen a cenar, ahí hay de todo. Descansamos un poquito, la idea, amor, es que podamos pasar La Línea, resuelto eso, podremos decir que ya estamos saliendo de Colombia.

—¿No será muy peligroso pasar de noche?

—Tranquila bebé ya lo he hecho varias veces.

—Bueno.

Era cierto, pero La línea era un paso que siempre me causaba miedo, por eso quería superarlo cuanto antes. En todos mis viajes no había dado nunca con un paso tan exigente como ese ascenso y descenso que divide y se levanta como frontera natural entre un departamento y otro.  La Línea, un segmento de carretera que sube la cordillera central y que serpentea, luego, en curvas feroces hacia Calarcá, es uno de los recorridos más atroces de todas las vías de Colombia. Lo que hace tan exigente a esta travesía no es lo sinuoso y empinado de su asfalto que le da la completa singularidad a su camino, lo que hace de La Línea un paso peligroso es el tráfico pesado: la innumerable fila de camiones de diferentes modelos y tallas que suben y bajan sin piedad; dueños de la carretera, se encumbran y se abisman, bravíos, sin compasión contra la niebla y los vientos rotundos de esta montaña. Los carros pequeños y las motos no tienen ninguna posibilidad ante esta población de gigantes.

Eran las diez de la noche, comíamos almojábana y disfrutábamos de un caldo de esos que levantan muertos y borrachos mientras mirábamos hacia la tiniebla donde sabíamos comenzaba todo el reto.

Yo la miraba de soslayo, sin que se diera cuenta, y notaba el agotamiento. Esa noche sería nuestra gran prueba, si la superábamos, nada nos detendría.

Adentro, el hombre libre comenzaba a saltar y a encender fogatas de felicidad, sentía que la vida de psicólogo y de empleado había terminado y que eso era un cuento de terror que por error había vivido hacía mucho tiempo.

Nos subimos a la moto, acomodamos todo, nos besamos.

La línea estaba despejada de nubes y vientos, pero atascada de camiones que demoraban y hacían que el motor de la moto lo tuviera que esforzar. Si seguíamos así de seguro sufriríamos un recalentamiento y posiblemente nos averiaríamos. Sin pensarlo dos veces y sin considerarlo con ella, me lancé en un zigzagueo arriesgado. Los camiones se nos venían encima, pero yo lograba escapar una y otra vez.

La suerte no siempre acompaña y pronto nos vimos cercados por un camión que subía y dos que bajaban en una apuesta por ganar una curva. Me sentí perdido, detrás venía un vehículo pesado que no podía darse el lujo de parar y adelante ya nos estrellaban dos extras grandes que por más que lograran frenar nunca alcanzarían a evadirnos.

—¡Amor! —gritó con todas sus fuerzas.

No pude decirle nada, tenía el corazón en la garganta, estaba espantando.

Algo debía hacer y lo hice, no sé de dónde pero como impulsado por un rayo, maniobré a toda velocidad la moto y me lancé por el único reducto que quedaba antes del choque inminente logrando pasar la moto.

Los carros siguieron como si nunca hubiese pasado nada, yo seguí, también, manejando, hasta la cumbre, sin decir una palabra, no podía dejar de avanzar, la adrenalina se había pegado a la piel y quería salir de ese infierno frío y desolado cuanto antes.

Ella tampoco dijo nada, pero supe por un momento, mientras se apretaba contra mí, que, a pesar de los nervios, había depositado toda su vida en mis manos.

La Línea nos había dado una advertencia. Aquella mole nos había demostrado todo su peligro. Aquel acontecimiento nunca lo olvidaríamos.

Al llegar a la cima, nos percatamos de lo ineludible, la otra cara de la montaña estaba completamente nublada, una capa casi metálica de lo pesada y espesa se nos echaba encima, nos mojaba, nos cegaba.

Pero el susto más grande lo habíamos superado y habíamos aprendido. Comenzamos a bajar, y poco a poco nos fuimos relajando, poco a poco, ambos fuimos capaces de articular pequeños susurros.

Sin embargo, la niebla parecía interminable. De vez en cuando una luz se agigantaba en la distancia y de un segundo a otro pasaba por nuestro lado haciendo un ruido infernal. Otras, luces pequeñitas como colas de luciérnaga titilaban, en fila, por doquier perdiéndose en la tiniebla.

De pronto, ella grito, como el vigía que avista por vez primera vez tierra desde el palo mayor.

—¡Amor!, ¡mira, mira!, llegamos a Calarcá, mira como se ve de bonita.

Efectivamente, abajo, muy al fondo se podía observar un nicho de lumbre urbana. Era Calarcá. La Línea quedaba atrás.

A la entrada de esta ciudad hay una playa gigantesca donde descansan buses, camiones, todo tipo de vehículos; aquel lugar es el sitio ideal de quién ha superado La Línea. Allí hay comida, música, mujeres, hoteles, talleres y vicio. Es de esos oasis en medio de la carretera donde sabes que por fin has llegado a salvo.

Podíamos quedarnos allí, pero aquel lugar a pesar del alivio se me hacía pesado; prostitutas que iban de aquí para allá por entre los camiones detenidos, conductores con las camisas desabrochadas tragando cuanto podían y ñeros prendiendo sus pipas en los rincones menos esperados, me parecía un cuadro repúgnate que no merecía tener que vivir mi mujer. Pero estábamos cansados, rotundamente cansados.

—Tomémonos un tinto, descansamos unos cinco minutos mientras escampa y seguimos hasta Tebaida, allí el clima es más suave, más fresco, podremos acampar. Será nuestra primera noche en la carpa, ¿qué dices?

Nardy apenas asintió y se tumbó sobre una silla, en menos de nada estaba durmiendo, tirada sobre la silla como un pequeño bulto que dejan desorganizadamente por ahí, abandonado. Pedí los tintos y la desperté, apenas si reaccionaba, pero necesitaba que estuviera alerta, no estábamos seguros allí, los ladrones nos habían visto y a cualquier descuido podíamos perder. Lo mejor era seguir.

Cogimos hacia Armenia y antes de la rotonda desviamos hacia Tebaida.

El camino era plano y el clima agradable, había dejado de lloviznar, nos sentíamos reconfortados.  

No muy lejos encontramos una estación de Gasolina y decidimos que por aquella noche nuestro andar había llegado a buen termino.

Armamos entre sonámbulos y zombis la carpa, aseguramos la moto y nos metimos como pudimos, sin quitarnos nada, ni las maletas, ni la ropa. Estábamos fundidos.Alcanzamos a dormir una eternidad, unos cuantos minutos, no mucho, pero lo suficiente como para sentir que de verdad nos habíamos extralimitado. Nos dimos un beso, nos abrazamos y fue entonces cuando nos percatamos de que estábamos inundados. Algo no habíamos hecho bien y la lluvia menuda y silenciosa se había colado a nuestra guarida. Ahora éramos dos durmientes flotando en un charco inmenso.

No teníamos fuerza, algo hicimos, lo sé, cubrimos la moto con uno de los plásticos, sacamos el agua que pudimos y volvimos a quedarnos dormidos, nos abrazamos y reímos, quizás  soñamos todo esto, quizás.

No teníamos frío, ya nada nos importaba, la primera prueba, la habíamos superado. Que más daba tener que dormir a la intemperie.

Unas horas más tarde, la lluvia había cesado, estábamos empapados. Nos levantamos. Era verdad, habíamos dormido en un charco. Nos miramos y echamos a reír. Ahora lo sabía, ya no viajaba solo, una guerrera, iba a mi lado.

De cómo comienza el mundo con una sonrisa- salida de Bogotá

LOS HIJOS DEVIENTO
O El alma del continente
CRÓNICAS POR UNA SUR AMÉRICA INFINITA.


Me imagino a los cronistas como a seres dotados de una antena integrada y con sistema de emisión de datos: humanos capaces de sintonizar con la música de su presente, leerla y transcribirla para que también los demás la podamos leer y reescribir. Crearla para que la podamos recrear.
Jorge Carrión

Toda crónica fija literariamente la relación que existió entre la mirada de quien escribe y la oportunidad que le dio el mundo al revelarle una de sus infinitas facetas.
Jorge Carrión



1.     De cómo comienza el mundo con una sonrisa- salida de Bogotá



Todo comenzó la mañana cuando me sentí cansado de todo, el mundo, ese pequeño y saturado mundo que me había echado sobre los hombros ya no podía aguantarlo. La rutina me había poseído por completo y la monotonía había hecho mella en mis gestos más ingenuos.

Aquella mañana quería mandar todo a la mierda.

Estaba cansado de ajustar el reloj despertador que ya no atinaba a despertarme porque me levantaba antes, estaba fastidiado de salir en las mañanas, a la calle, alistando ante el espejo al sumiso, al conformista, al brabucón, al profesional, al empleado. La situación había llegado a un borde donde no había marcha atrás, o me lanzaba de cabeza o saltaba, con fe, hacía una salida desconocida.

Opté por lo último.

Estábamos a finales de marzo cuando le dije a mi mujer que me iba, que había decidido renunciar y que con ella o sin ella haría un viaje por toda sur américa. En realidad, estaba huyendo de todo, de una relación que parecía agonizar, de un trabajo que parecía asfixiarme, de una familia que parecía cercarme, de unos amigos que parecían explotarme y de unos demonios internos que parecían estar a punto de perderme en algún tipo de locura. Mi mujer se quedó muda un instante, acabábamos de soslayar el navajazo profundo de una crisis y estábamos en aquel pequeño escalón donde se hacen los tanteos imposibles por desear que todo aparentemente este bien. Nardy estaba aterrada, parecía imaginarme partir, parecía verme ya lejos de todo lugar, parecía sentir su soledad y mi vértigo, mi desespero, toda mi tragedia.

—Me voy contigo —me dijo, mientras se incorporaba en la cama—. ¿Cuándo salimos?

Aquello me dejó de una sola pieza, esperaba resistencia, una pelea, un ruego; no obstante, pasó lo inimaginable.

—Tendrías que renunciar.

—Mañana mismo lo hago.

Estaba determinada a seguirme al fin del mundo.

Yo sólo quería escapar de un trabajo que me había hecho olvidarme de mi mismo. Por aquella época estaba laborando de manera temporal y por nombramiento transitorio en Idipron, en una de las casas que recibía a jóvenes en situación de calle entre los 19 y los 29 años. La casa albergaba unos 60 muchachos, todos con problemas judiciales, de drogas y carentes de todos los derechos. El establecimiento servía como lugar de paso y como residencia precaria para aquella población del Bronx o de las calles del centro y algunos alrededores de Bogotá que deseaban, al parecer, recuperarse. Con el tiempo me fui dando cuenta que aquello sólo promovía un depravado rito de conformismo y un horroroso ciclo de asistencialismo y mantenimiento de una condición indignante y pusilánime. Los jóvenes lo sabían mejor que nosotros, cada uno de los que estábamos allí como profesionales esperábamos el milagro, ciertas circunstancias favorables, pero en realidad todo se trataba del sostenimiento de un régimen hecho a la medida de lo adictivo.

Nadie salva a nadie, muchas de las personas de la calle no buscan salvación, sólo pequeños momentos de tranquilidad o descanso, buscan retomar fuerzas para seguir en el infierno.

Yo me había convertido en una pieza más de ese engranaje maldito.

Así que quería huir, estar lo más lejos posible de una vida que parecía medirse por la garrafal estupidez de sus actos. 

Ella, en cambio, no tenía que huir de nada o de nadie, su vida estaba aquí, tenía el apartamento, el trabajo tranquilo en un hotel y sus aspiraciones se basaban en la felicidad que un amor pudiera brindarle.

En efecto, ese era el meollo de su propia tragedia. Ella se había aferrado a mí con todo el cariño, con toda la vida que tenía y que era capaz de entregar.

Quedé atolondrado, no sabía qué decirle, pero supe que de mis labios habían salido frases estúpidas, para no agrandar la confusión, opté por concluir con un «arrancamos cuando nos entreguen las liquidaciones y las cesantías»

En menos de una semana habíamos despachado nuestros empleos y estábamos con los cheques listos para cobrar la plata que sustentaría el sueño.

Compramos lo necesario y lo innecesario. Era el primer viaje que hacía en pareja, nunca había necesitado de nada. Como buen solitario me apañaba con pequeñas cosas, pero ahora tenía una responsabilidad.

En una semana mis planes habían cambiado de la errancia total al viaje planificado.

Nos hicimos a una carpa de acampar, a una cámara fotográfica, a un trípode, a un maletero, a unas alforjas, a un baúl, a un kit de herramientas, a unos pierneros, a unos bolsos, a un chinchorro, a plásticos, chalecos, cascos nuevos, gafas, chaquetas, zapatos, pantalones, a un disco duro extraíble y a memorias, usb, bafles, pilas de respuesta y linternas. En fin, compramos y acumulamos como poseídos, todo y cuanto pensábamos íbamos a necesitar por el camino.

Estábamos felices, nos amábamos, aquel planificar, mirar mapas, discutir de los lugares y soñar nos había logrado acerca y de pronto éramos otra vez una pareja enamorada.

Ella se tomó todo muy en serio y poco a poco se fue convirtiendo en el alma del viaje, días antes de partir habíamos logrado acomodar todas nuestras pertenecías donde una prima. No queríamos perderlo todo, y tampoco queríamos involucrar a muchas personas en nuestra decisión. Dejamos una plata con ella como seguro de vida al volver y un amigo nos guardó algunos otros tantos trastos que nos serían necesarios para recomenzar la vida cuando llegáramos.

Salimos un 4 de abril, parecíamos unos astronautas con tanta cosa encima y la moto parecía que con todo lo que le habíamos empacado jamás arrancaría, pero lo hizo.

—Sería bueno tomarnos una foto de despedida de la ciudad —me dijo Nardy mientras me abrazaba con alegría.

Subimos a la iglesia de la resurrección, supuse que desde allí lograríamos un registro inolvidable. Pusimos el trípode, ajustamos el disparador y como si lo hubiésemos sabido desde siempre, nos pusimos a lado y lado del marco que sería la fotografía y sonreímos a la cámara con un brazo extendido haciendo la señal de OK.

Aquella era la primera foto. Nos despedíamos de Bogotá e iniciábamos un viaje a lo desconocido.


El mundo, nuestro mundo, acaba de comenzar con una sonrisa.

lunes, 6 de octubre de 2014

UN ÁNGEL EBRIO SE CONFIESA


Yo 
Que miro un retrato de juventud
Como si se tratara de un hijo,
Que no tengo coincidencia alguna con ese viejo que envejece,
Que hablo como si estuviera hipnotizando tumbas,
Y que instauro, pasos dubitativos, temeroso de seguir
Tropezando con los muertos.

Yo
Que apenas hoy puedo abrir los párpados para decir que existo,
Reniego,
Intento el suicidio como si fuera un atributo perdido,
Cualquier hueso atragantado en los pliegues de un invierno,
Cualquier roce de azúcar en un hormiguero,
Cualquier carnada.

Yo
Coincidencia, ruidosa, agenciando la labor de un gato sobre el tejado,
Tengo, a veces, esta situación tan aburrida en mis miradas.

Y me hundo,
Hasta no reconocer a nadie,
Ni la manera, siquiera, de dios para saludar las tardes,
Ni su vejez tan evidente y ordinaria.

Ya no extraño las caídas torpes en los días sin salvación alguna,
Ni los fríos, casi lejos, pensamientos que lograban encender la sangre.

Yo
Que apenas logré, rozar un bordillo del mundo, para reconocer el miedo,
Que utilicé la indiferencia, fermentada, para espantar el tedio,
Odio.

Odio
La piel inútil, la maraña de aparatos, cañerías y mercancía desechable,
Que se atoran, que se obstruyen entre quejidos y arrugas
Y que van ahogando hasta ponerle el rostro de nada al moribundo.

Odio
La voz cansada, sus maratónicos auxilios, el órgano intermedio,
La expulsión de los renacuajos tan prestos para poblar un basurero,
Las manos, el tacto insistente y su estoica forma de amanecer sin pena.

Odio
Esta realidad puesta entre mis días, que se muere como si no valiera nada.

Y sobre todo 
Esta inservible, 
Perduración.

Si al menos 
Tuviera el talento, 
Para  escribir un verso.

Pero hay cosas más viles para señalar la estupidez de esta transparencia,
Mi confesión, es una de esas.

Tengo esas verdades,
Y estas plumas desproporcionadas e inservibles.

Yo
Que tengo esta abovedada costumbre de no ajustar en nada
Y esta manía de los ojos
Que velan hacia el mundo
Como si todavía
Hubiera la esperanza de que alguien me fuera a descubrir en una esquina,
Soy la prueba de un juego infantil estropeado
Abandonado por ahí…. Y estoy solo, solitario.

Aquí, en esta cristalina y enmarañada caída que ya no logra despertarme
Está una criatura que jamás podrá confesar una biografía, colgar un retrato,
Ni haber visto, para decir que existen, otros como yo: un semejante.

Y el tiempo, aplastando, poniendo su aguacero encima para pudrirlo todo.

Yo…
Quiero olvidar.


(Cuentan, algunos, que el ángel se quedó dormido, otros, afirman, que murió)

domingo, 5 de octubre de 2014

LA POESÍA HISPANOAMERICANA POSTMODERNA Y SUS SIETE ESPECIES DE YO POÉTICO.


      

Prolegómenos

Escribir con determinado criterio o por lo menos, que este, se acerque a ser un argumento lúcido para comprender la poesía actual de una lengua determinada, requiere, ante todo, de un esfuerzo atento y a la vez de un estudio puntual que indague restrictivamente, sin caer en el agotamiento, sobre aquellos patrones universales que hacen posible la evolución de los rasgos poéticos en una época establecida, o sea, aquellos rasgos, casi imperceptibles, en algunas ocasiones y muy relevantes, en otras, que figuran la continuación de un arte. Tales características acordadas solamente para generar una teoría respecto a los discursos modernos que hagan posible su justificación, su intelección y su herencia, sirven en muchas ocasiones para dar forma a los discursos académicos que en últimas se encargarán de nombrar o institucionalizar, en los años consiguientes  lo más representativo, original y veraz, que quizás pueda convertirse en una generación, un movimiento o un fenómeno lírico.

Partiendo de esta premisa, es claro, entonces, advertir, sobre el error común en el que se ha solido caer, al intentar estudiar, antologar o vislumbrar la nueva poesía. Tal error se remite a los abusos de los discursos. Toda poesía es moderna, y toda poesía es a su vez vanguardista y tiende, si los principios del movimiento filosófico me lo permiten, al postmodernismo. Por ello, cuando se habla de la poesía de una época en una lengua determinada, lo más que se hace es hablar de los ensayos y puestas en común que las voces que escriben buscan perfilar para trascender y diferenciarse de sus precursores o de la sombra tutelar de los grandes sistemas líricos que lograron un imperio, una conservación, extensión y actualización en el tiempo.

Tal es el caso de grupos poéticos o de personalidades poéticas que avasallan, globalizan y salvaguardan un credo. En el caso del habla hispana, la poesía logró un auge de movimientos en la modernidad que fueron colateralmente concibiendo lo mejor de la Poesía Pura. Digo y puntualizo Poesía pura como concepto para unir y hacer comulgar todos los experimentos que vivió la poesía de la lengua española. Sólo a través de este concepto podemos reunir estelas de fenómenos gigantescos tales como el surrealismo, el creacionismo, el decadentismo, y todos aquellos ismos que se puedan imaginar hasta, llegar a los cada vez más, conjuntos minúsculos que sirvieron también para dar identidad a generaciones en países y épocas tales como el nadaísmo, el dadaísmo o el conversacionalismo, entre muchos que a su vez fueron decantando experiencias que trasmitieron ímpetu, interés y moda, tal es el caso de la poesía revolucionaria, la antipoesía, la poesía urbana y tantos y tantos nombres más que oscilaron entre el experimentalismo y el convencionalismo logrando patentar nombres con una sonoridad inigualable, tales como Cesar Vallejo, Lezama Lima, Nicolás Gillen, Alejandra Pizarnik, Roberto Juarroz, Rafael Alberti, Ruben Bonifaz Nuño, por solo nombrar a algunos de los tantos que completarían esta constelación de inmortales.

Si de algo podemos estar seguros es que hasta la mitad del siglo XX  para todos es reconocible, distinguible y hasta común la referencia ya histórica de generaciones poéticas, de nombres propios a movimientos poéticos y a la señalización de representantes trascendentales, esto se debe a que han pasado ya más de 50 años desde que se hizo por parte de otros laboriosos críticos, el ejercicio de concretar, advertir y categorizar, a través, de estudios como este lo que en aquellas épocas escribían los jóvenes poetas. Los ensayos de Pessoa, Bousoño, Dámaso Alonso, Ángel Rama, León de Greif entre otros, sirvieron para que hoy, podamos rotular esa poesía vanguardista, ya no como vanguardista, sino como hoy en día se conoce, o sea, bajo el nombre propicio que se le dio a cada rasgo particular. Algunos fueron bautizados bajo el apadrinamiento de una revista, otros bajo la emoción o filosofía que pujaba entre sus letras. 

Esto y no otra cosa es lo que intentaré cuajar de algún modo propositivo en este ensayo.

La poesía postmodernista y las siete especies del yo poético

El nombre común histórico para comenzar a  dialogar sobre la poesía de todos los países de lengua española escrita después de 1970, es el postmodernismo, si bien, este discurso que se estableció desde los 60, es el que sigue nombrando nuestra actualidad. Hasta que, por obra y gracia de la filosofía, la cultura y la ciencia nazca un nuevo discurso de saber, no podremos referirnos, a otra época mundial, en ningún tema que se trate, sea este científico, plástico, educativo, psicológico o social, de otra manera. Borges por añadidura casi lingüística y editorial más que generacional ha sido muchas veces antologado, y estudiado como un postmoderno, sin  embargo es de sobra para todos, conocido, que él mismo fue enfático y lucido al identificarse como moderno. Así mismo Cervantes y hasta el mismo Homero han sido considerados, por extravagantes discursos polifónicos, como autores postmodernos, la excentricidades no tienen límite y aunque para muchos señalar toda la poesía escrita en lengua española después de 1970  como postmodernista sea ya, también, una extravagancia, considero que la nominación no es del todo incorrecta, si nos atenemos a la explicación que di algunas alineas atrás.

Ya he logrado la clasificación de la época universal, sin embargo la poesía después de 1970 escrita en lengua española pertenece a dos continentes y a más de una docena de países con culturas y fenómenos sociales y líricos históricamente distinguibles, pero esta heterogeneidad al parecer no plantea mayor problema al intentar fijar el estilo más concurrido por los poetas. Juan Ramón Jiménez llamó a la  técnica de crear poemas con versos libres, poesía pura, ya que por medio de esta práctica, el poeta podía abarcar con mayor facilidad las masas de sensibilidad que su alma quería expresar, La poesía casi mundial en la era postmoderna se inclina hacia este artilugio, la poesía hispanoamericana en suma es una poesía de verso puro donde el poema pasa a ser un recurso agónico.

Los movimientos poéticos en general y particularmente -en Hispanoamérica- han estado determinados por una constante oscilación de fuerzas antagónicas universales, a saber, que se pueden encerrar bajo una categoría de la percepción sentimental del discernimiento humano: “el primer conjunto que para el caso denominaremos aristotélico, congrega la personalidad sensible dada a la intelectualización de la lengua por medio de la estructura sintáctica psicosocial de las abstracciones; en este conjunto están los poetas que conviven con su época, que se comprometen con tendencias axiológicas y con concepciones morales y éticas, definen el poema como extensión de su expresión intelectual y como fuente de conocimiento de los hechos, para comprender la condición humana, su pulsión básica es la potencia Tanática, fuerza devastadora y cosmológica que reflexiona sobre lo perecedero y la muerte y que hace posible la configuración de hombres y mujeres entregados disciplinadamente al quehacer de la poesía, observando en este arte una forma poderosa de transformación; no procuran el develamiento o la exposición, sino más bien la revolución y la innovación, están contextualizados y afincados dentro de la realidad y el saber, por último, su poesía es muestra factible y veraz de la percepciones filosóficas que dirigen su discernimiento.

El segundo grupo se denomina, grupo platónico, está caracterizado por una visión del universo menos aturdida, la personalidad de este conjunto está establecida por una sensibilidad dada a la contemplación de la lengua por medio de la estructura sintáctica psicosocial sensitiva; en este grupo se encuentran los poetas que se mantienen al margen de su época, sin adhesiones ideológicas, sin embargo, este alejamiento no se da caprichosamente sino más bien como técnica cautelosa para resguardar las verdades trascendentales que se ocultan tras su mente reveladora, son seres impulsados por la pulsión del Eros, fuerza promotora de un constante hedonismo y de una sensación extraña de placidez asombrosa,  su percepción se encuentra entregada al sentir básico de sus individualidades emocionales, surten al mundo con oráculos y con imágenes espectaculares que enriquecen el discernimiento; definen el poema como extensión de la expresión plástica (imagen, sonido, gusto, tacto y demás) y como fuente cabalística de los acontecimientos para comprender la condición humana”[1]; estos dos conjuntos totalmente diferenciados son las fuerzas emocionales que marcan  el ritmo y la personalidad de toda la poesía hispanoamericana de la postmodernidad

Este diagnóstico sirve para comprender el sentido poético, para filosofar sobre el quehacer de la poesía en el mundo hoy en día, sin embargo cuando se busca ser más detallista sobre el quehacer hay que prescribir que la poesía hispanoamericana no se puede abarcar desde un título generacional, no se puede hablar de movimientos poéticos ya sea utilizando la razón social de muchos grupos de poetas o de los discursos de moda, hasta no comprender, bien, las diferencias retóricas que interiormente han movido la historia de cada país.

Para que el estudio no se torne en algo inabarcable y utópico, y tan sólo llegue hasta los linderos de la concepción técnica general de la poesía, he fijado el margen de las variables líricas de todos los países a siete especies, en las cuales es posible dividir el  yo poético hispanoamericano, estas regiones poéticas sólo son una herramienta del crítico para agrupar sentires y tolerar tras una homogenización razonable lo que llevaría años y años de estudio individual

Especie 1

La visión europea o la escritura  de la incertidumbre monumental.

En esta poesía el ser que escribe se adapta a su época por medio de una ambientación cotidiana que es transformada a partir de elementos fabulosos, el poeta incursiona en atmosferas que transforman, que cambian la realidad y le trasmiten un sentido de extrañeza, el fin es claro, lograr mostrar lo que hay en la trasparencia, en ese contexto que apabulla con tanta solemnidad y que se derrumba entre tanta divergencia de asuntos degenerativos.

El poeta europeo vive en ciudades monumentales, ciudades históricas que se derriban, que se hacen cada vez más pueblos de leyendas urbanas, que cada vez tienden en el escenario atmosferas propicias para fabular y conjugar la destrucción del mundo con la inexorable y digna ruina de la historia.

El poeta es realista en suma, agónico y fabulador. Este caso de mixtura se ve también en el cine, una metáfora que podíamos utilizar para estos poetas es la de “El laberinto del fauno”, los poetas son esa niña que ve lo que se esconde tras la ruinas, son ese, para citar otro ejemplo del celuloide, sacerdote, de Alex de la Iglesia en “El día de la bestia” que es capaz de observar la maldad en la trasparente destrucción de la realidad.

Los poetas nacidos después de 1970 convivieron con el desastre que dejaron las dictaduras, tras la extinción del franquismo los poetas que publican en los setenta se lanzan a decir, hay una avalancha de libertad que llena de éxtasis realista al español, la palabra le ha sido dada de nuevo para trasmitir y hacer legible los desastres de una época oscura, quienes siguen a estos sobrevivientes, acogen ese estilo pero no como un instrumento esencial de la libertad sino que adjudican  a la técnica realista la clave para conseguir su voz poética, la poesía de los ochenta  o la bien llamada “Generación de la experiencia” se concentra en revelar situaciones poéticas realistas que aunadas a la base emocional irán dando pie a los poetas de los 90 para crear ese realismo neo fantástico, esa técnica de hablar entre las ruinas para mostrar la fábula. Hablamos entonces de una poesía liderada por la historia política, una poesía que logró desbordarse y que poco a poco ha ido perdiendo el sentido realista de esos poetas liberados del silencio de la dictadura, hasta llegar a unos poetas muy jóvenes que influidos por el peso de las imágenes fabulosas se dieron a la tarea de la magia.

Hoy por hoy la poesía española encuentra en la incertidumbre monumental de su realidad el medio exacto para originar sui propio yo poético. El carácter referencial de la poesía española utiliza la incertidumbre monumental, la variedad histórico-social, y las ciudades llenas de monumentos y de anécdotas de guerra, y se sirve de ello para figurar laberintos existenciales, agónicos que permitan desahogar a hombres y mujeres que no logran dar con la  parte del laberinto donde se encuentra la salida. Baste con mencionar los versos Esther Jiménez “Casi una rapsodia bohemia” para firmar esta generación:

Empiezo a ver de noche. Los insectos
se vuelven hacia mí, van hacia mí
los pájaros nocturnos. En Madrid
hay un constante ruido de murciélagos;
sus alas no son más que sendos brazos,
me digo, pienso y digo que hasta aquí
mamífera de noche me dormí
colgada alguna vez. Y que he volado.

Confundo los abismos con las sombras:
unos me siguen y otras me suicidan

La poesía española de los poetas nacidos después del 70 está invadida por presencias fantásticas y tutelares que dan sentido a la realidad y que de alguna manera la explican y la alivianan. Quizás para ser concluyentes del todo, el mejor concepto de esta generación de la incertidumbre monumental la encontramos en el poeta Eduardo García que en su poema “En el cuadro”, nos dice:

El cuarto donde escribo mis poemas
contiene una región inconcebible.

Estos umbrales que utiliza la nueva poesía son, no sólo una técnica homogénea en la escritura de los poetas, sino que son a la vez unos instrumentos de alianza y escape, de aventura y búsqueda, crear un portal y atravesarlo, convertir la realidad en un hecho irrefutablemente existencial hace que la nueva poesía española y europea escrita en lengua española esté radicalmente entablando una nueva manera de crear poesía que aúna el desencanto, el desarraigo, la despersonalización y por supuesto el rasgo colérico para trasmutar en nuevas fábulas, en historias plásticas la realidad maravillosa, esa incertidumbre monumental.

Por último cabe afirmar que la poesía española no está generando ruptura con la libertad de expresión que lograron ganarse los de la generación del 70 y 80 los de la experiencia, sino que lo que viene sucediendo con los nacidos después de 1970 es, el asunto aquél de la madurez, de la agudización de un estilo que nació realista y que ahora trasmuta en un irrefrenable lirismo de incertidumbre monumental. Algunos de los representantes de esa luminaria son:

Carlos Marzal , Eduardo García, Rosa Lentini, Eugenia Rico, Josefa Parra Ramos, Lorenzo Oliván, Yolanda Castaño, Esperanza López Parada, Guadalupe Grande, Miriam Reyes, Javier Rodríguez Marcos, Graciela Baquero Lorenzo Oliván, Esther Jiménez, Lorenzo Plana y Ana merino, entre otros.

Especie 2

La parte insular  o la poética de los desplazamientos sustitutivos:

El caso de las islas americanas de habla hispana es muy distinto al informe europeo, allá se desencadenó un realismo fabular, que nació en el mismo corazón de aquellos que fueron libertados de valle de las sombras franquistas, de ese laberinto que los había sumido en el umbral de otra época. En américa, en las islas se vivía el clamor de la revolución, una guerra sin cuartel que dejó muertos a lado y lado y que al triunfar fue educando todas las generaciones posteriores. Una revolución que dejó en silencio las reuniones intelectuales de los poetas mayores, debido al ruido ensordecedor de los fusiles, en este panorama, donde antes, la mejor poesía cubana de las islas americanas lograba toque universal por medio de la revista Orígenes, y de poetas del corte de Lezama Lima o Fayad Jamis, se dio el fenómeno del entusiasmo revolucionario que comenzó con la revista el Caimán Barbudo y con los paisajistas poemas de los montunos. El conversacionalismo y el tajosismo avasallaron el espacio poético y lo que hubo durante muchos años en cuba fue una poesía social y denunciante que abrevaba en la trova y en el exceso de crítica de los experimentos antipoéticos.

Los nacidos después de los 70 se criaron leyendo las dos caras de la moneda y esas vertientes de las que bebieron fueron suficientes para educarlos y confundirlos.

Cuba y República Dominicana, islas hijas de dictaduras y pobres soluciones de estado, se convirtieron en las inmigrantes del mundo; el fenómeno atendió a dos causas, por un lado el mismo hecho de ser islas obligó a los isleños, a navegar, a viajar para pasar fronteras, para conocer países y por el otro lado esa ola de migración tenía el propósito de una mejor vida, de una vida más tranquila.

Así pues los nacidos después del 70 son hombres y mujeres que crecerán en el más extraño ambiente de la confrontación global con la revolución, estos seres buscaran una resonancia que se polarizara hacia un encuentro eslabonado con la poesía pura. Tal vanguardia, que es una recuperación de la palabra perdida establece una lectura dada a una posición ante el mundo, ante una identificación de un lenguaje ya no abarrotado de conceptos coléricos, insufribles ni ante una época donde la posición política  era un factor determinante y privilegiada de la madurez hacia lo que se consentía como ser hombre o mujeres, ahora son otros los patrones que se visualizan y que promueven una espacialidad, una proyección,  la base política se hace pesada para aquel que encuentra en la palabra una ventaja expresiva, para el que supera el nudo categórico de la relación dependiente entre el suceso contextual de su sociedad y su ser, ahora los poetas escriben para demandar no el festejo de una revolución sino para examinar, evaluar y valorara con criterio las consecuencias de esos movimientos históricos que crearon una especie nueva de isleño, de ser insular. Estos jueces son ante todo unos magistrados de la palabra desasosegada, la impresión que hay en su estilo proviene de una intitucionalidad de la angustia y el desamparo, de lo derruido, de lo corrompido.

Estos hijos nacidos en la guerra fría, entre los misiles y el tiempo que corroe las mejores columnas monumentales de la historia caribeña, conceden a su palabra la ventaja de pronunciar discursos de desalojamiento. Podríamos decir que la poesía isleña es una  poesía de ensordecedores silencios, que abreva en un siglo, cómo dijo Don Federico Henriquez y Carvajal de conducta y de valor.

Si ante Trujillo hubo una generación de poetas sorprendidos e independientes, lo que nace con la libertada de expresión tanto en la isla de Fidel como en república dominicana será, una generación en crisis de realismo.

Es llamativo y hasta prudente el título con el que el estudio de Enriquillo Sanchez comienza: La poesía bisoña (Poesia dominicana 1960-1975). Decir que lo escrito en la actualidad pasa a ser el mero ejercicio itinerante de inexpertos ante el oficio y el arte es provocar una alarma pero a la vez consentir una forma de nombrar o señalar para ser más exactos la forma neopoética como se expresan estos angustiados de las islas.

Alguien que puede resumir este fenómeno lírico es Walfrido Dorta Sánchez que en su estudio: “Estaciones, estados, documentos: panorama de la poesía cubana en los ‘80 y los ’90 del siglo XX” publicado en los “Anales de Literatura Hispanoamericana (Vol. 31 (2002) 17-38) logra de manera lucida compactar en u  párrafo la evolución poética así: “la poesía cubana estuvo marcada por la paulatina derogación de la norma coloquialista, y la emergencia de otras prácticas escriturales que pluralizaron el panorama poético insular” eso y nada más que eso es lo que hay en estos inexpertos líricos que hoy por hoy dan a conocer un nuevo ser isleño.

Pero quizás sean las palabras del poeta suicida,  Ángel Escobar, las que mejor definan el lirismo de las islas:

«Aquí se vive como al centro de un día
con los bordes comidos por los pájaros [...]
aquí
se duerme como en el último banco de una estación
cualquiera,
desde la que ha salido el primer
tren y el último [...]»

Los exponentes que se pueden son aquellos poetas de Diáspora(s), cuyo concepto que bautizo un movimiento de los noventa, sería el mejor nombre para señalar la generación de estos poetas isleños: la generación diáspora. De este nido podemos nombrar: Ricardo A. Pérez, Rogelio Saunders, Rolando Sánchez Mejías, Carlos A. Aguilera, Pedro Marqués e Ismael González Castañer.




[1] Extractos mi libro inédito “Los murmullos de la intimidad: una mirada reveladora a la poesía en Colombia.” Capítulo: “un oráculo trastornado por la soledad: la modulación indiferente de los anunciantes”

MOCOS EN LOS PANTALONES


Caminaba detrás de aquel hombre cano, subieron dos pisos, luego doblaron por un pasillo. Al fondo se escuchaban gritos, chillidos y berridos estremecedores. El hombre que lo guiaba se volteaba de vez en cuando para observar alguna reacción mientras no paraba de contarle cosas, que él, escuchaba atento. El guía lo miraba con gesto carismático, buscaba tranquilizarlo.

A él se le notaba mucho que era novato. Desde que entró no hizo más que denunciar su inexperiencia en el oficio. Lo que más gracia había causado era su traje impecable. Parecía nuevo aquel sastre, quizás era el que había utilizado en la graduación. Debajo del brazo, agarrada contra su cuerpo llevaba una carpeta blanca y dentro, una Hoja de vida inmaculada, virgen todavía de verdaderos empleos.

―A ver, este es su nuevo curso ―le dijo mientras empujaba la puerta y le señalaba el interior del salón cundido de niños que corrían, se golpeaban y lloraban de aquí para allá.

Mientras recobraba el aliento y aceptaba aquella visión entre asustado y emocionado, el Rector le entregó un papelito donde estaba fotocopiado el horario de las clases que impartiría durante la semana.

HORA
LUNES
MARTES
MIÉRCOLES
JUEVES
VIERNES
7.30-8:30
Español
Artes
Español
Inglés
Sociales
8:30-9:30
Matemáticas
Matemáticas
Naturales
Artes
Matemáticas
10:00-11:00
Religión
Español
Matemáticas
E. física
Español
11:00-12:00
Naturales
E. física
Sociales
Tecnología
Ética y valores

― Hoy dictaré  en este curso de 10 a 11 de la mañana. Señor Rector, podría tener tiempo para adelantar lo referente a los seguros.

―Profesor José, usted dictará todo el día, todos los días de la semana en este curso: este es su curso. ¿Me entiende?

José se quedó observando aquella tira impresa como si se tratara de un objeto desconocido y poderoso. Su título de Licenciado en Educación Básica con énfasis en Humanidades y Lengua Castellana no decía nada respecto a la enseñanza de las Matemáticas, la Educación Física, las Artes, la Religión, las Ciencias Naturales, las Ciencias Sociales, la instrucción de la Ética o la formación en los Valores. Sin embargo, él le había vendido la idea al rector de que su título, al señalar una licenciatura en educación básica, le otorgaba el privilegio de enseñar en el área específica de su saber y también en cualquier área afín a los niveles básicos de educación o a los primeros años escolares.

El rector había acogido esa promesa al pie de la letra y ahora tenía que ser consecuente.  Aquel sería su curso, su mundo de ahora en adelante. Guardó el papelito en el bolsillo del pectoral derecho del saco y espero las últimas instrucciones.

―Listo, aquí tiene la carpeta de Observación; una hoja por cada alumno. No se le olvidé, pedirles a los papitos una fotografía, así se le hará más fácil recordar los nombres. Tenga, este es su primer listado y unas hojas de notas, indicadores y logros. ¡Ah!, se me olvidaba, aquí están sus tres marcadores borrables, su borrador y las llaves del salón. ¡Buena suerte! ―dicho esto, se despidió de los niños que no se habían inmutado ante la llegada de los adultos y seguían en su juego carnavalesco de originar en aquel pequeño salón el caos del universo.

José miró la papeleta y repasó el horario, luego miró a los niños que lo observaban como bicho raro, algunos se le acercaban con curiosidad como olfateándolo, como buscando reconocer qué era él, otros ya le decían desde el fondo “profe” y le presentaban sus primeras quejas entre lloriqueos y alaridos.

Vaciló, se metió los marcadores en uno de los bolsillos de la bata blanca que en el pecho llevaba el sello distintivo y brillante del colegio. Intentó saludarlos, pero no supo por dónde comenzar, las palabras se le devolvían como si estuviera sufriendo un ataque de agrieras. Notó que la frente le sudaba y que las manos, húmedas, ya habían logrado doblar y mojar las hojas y la carpeta.

Evidentemente, aquellos niños eran la muestra veraz y fidedigna de que Piaget no se había equivocado, los niños mostraban una curiosidad que no conocía ninguna frontera, los ojos completamente redondos y grandes como los de los muñecos de las historietas japonesas denotaban un deseo por saber, por escudriñar, que a él, en un principio le pareció revelador.

Que buena elección había hecho al presentarse en aquel colegio. No le habían puesto a su disposición un curso de adolescentes infestado por los vicios del mundo, cansado de repeticiones, adaptado a un sistema y curtido de los desengaños de la educación sino que le habían ofrecido la oportunidad increíble y única de comenzar de cero. "¿Qué?, ¿Por qué?, ¿Para qué? ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Dónde?

Los grandes interrogantes, los pequeños cerebros ávidos de conocimiento le habían sido otorgados.

Sonrío y dio tres pasos hacia el interior mientras un niño se le abalanzaba  y le abrazaba una pierna.

Qué lindo niño, quería saludarlo.

De pronto, vio como el pequeño se restregaba la cara y se limpiaba de la manera más natural los mocos en sus pantalones. Otro niño, que acababa de ver la acción de su compañero, lo siguió de inmediato y en menos de tres segundos cinco niños se habían limpiado con él y habían vuelto como si nada a sus juguetes y sus risas.

José se quedó petrificado, no lograba asimilar muy bien lo que había acabado de sucederle. Mientras sacudía su cabeza y se decía  así mismo que aquello no había sido verdad, una niña, rellenita y rojiza como una muñeca gigante, con moñas y capul a la medida,  llegó hasta su lado y se limpió, en la bata impecable, las pequeñas manitos todas untadas de puré de banano.

―Ese niño de allá me lo estripó ―le decía mientras se limpiaba cada uno de sus deditos con la bata.

Ya casi terminaba la hora de Español y tendría que comenzar a dictarles Educación Física. La niña salió corriendo y le pegó un empujón a otra niña escuálida que mostraba la falta de sus dientes a un niño que se reía y se tapaba tímidamente con la maleta. El agarrón que presenció fue monumental, las niñas se jalaban del cabello, se rasguñaban la cara y lloraban como si fueran los mismos demiurgos del llanto.

No sabía si decirles silencio o coger y darles un pellizco mandándolos a sentar  a cada uno en sus respectivos pupitres. Recordó al profesor Jirafales y consideró la idea de golpear su escritorio y gritarles el famoso Ta, ta, y ta, pero de seguro la impresión que causaría en los niños sería de comicidad.

Caminó hacia el escritorio, se sentó, miró la selva que tenía ante sí y volvió a intentar hablar, pero las palabras se le ahogaban en el mismo momento en que empezaban a bajar por el tubo de su fantasía.

Un niño se le colgó por detrás y mientras le gritaba “arreeee burrito”,  le daba palmadas en la cabeza instigándolo a una carrera imaginaria.

―Tiene un muy buen perfil señor…

―José, José Bermúdez, señor rector.

―Profesor, este es un colegio privado, de mucho prestigio, espero que comprenda lo que quiero decirle.

―Por supuesto, si pasa la hoja, verá que hice mis prácticas académicas en el Politécnico regional de…

―Sí, veo que tiene también muy buenos certificados, a  eso es que me refiero ―señaló mientras le hacía señas, de que entrara, a una mujer gorda vestida de azul que se peinaba, con la mano, el cabello encrespado  mientras le decía a José que si quería más azúcar.

―Gracias, no suelo tomar café a esta hora de la mañana.

―Vaya, es usted muy disciplinado, eso me gusta. Mi señora y yo fundamos este colegio. Usted me recuerda mucho a mi hijo. Lo ve, está en esta foto, murió a su edad. Era muy talentoso, estaba por terminar medicina, pero bueno, ya sabe, las cosas pasan y Dios ―el hombre le mostró la estatuilla del divino niño que tenía en el rincón ―, quiso llevárselo.

―Es una pena. En verdad lo siento.

Había escuchado unas carcajadas cuando iba hacia el baño, pero no supo bien de dónde provenían, quizás había sido su imaginación. Cuando regresó, el rector se encontraba firmando unos documentos.

―Queda contratado, ya mi secretaria está haciendo el papeleo, el sábado tendrá que venir para firmar la póliza de seguro y para que lo afilien a un seguro de salud y, ya sabe, todos los documentos que me exigen por ley. Le descontaré tan sólo el 6%, me comprende, por retención de contrato, es sólo una cuestión de ley, si quiere leer, aquí está el decreto.

―Tranquilo, no hay problema, yo sé que ese es el procedimiento señor rector ―el hombre lo miró por debajo de los anteojos, se le notaba la fiesta, pero su rostro no dejó escapar ningún retazo de burla.

―Venga, ya sé que curso le daré. Recuerde que usted será el director. Confío en usted. ¿Puedo confiar en usted José? ―lo abrazó y mientras lo miraba con expresión interrogativa lo exhortó a caminar fuera de la oficina.

―Sí, por supuesto señor rector.

―Vamos, no se arme lio hombre, usted puede llamarme don Gregorio, ¿escuchó?, don Gregorio.

Salieron, caminaron por la sala principal, entraron a un pasillo y comenzaron a subir las escaleras.

―Le encantará, estoy seguro que le encantará, estos niños son unos angelitos. Sabe, una vez tuve un perro ¿José, usted ha tenido mascotas?

―No mi madre no me lo permite.

―Ah…. Vive con su madre.

―Sí señor, le ayudo con la casa. Estamos los dos solamente.

―Qué bueno, un hijo que ayuda  a su madre, me cae muy bien la gente así. Disciplinada, con carácter y que aman a su mamá.

Ahora un niño pecoso, de pelo quemado e hirsuto, lo jalaba del brazo. Un gordito se acercó hasta el escritorio y le hizo algunas preguntas. Cada vez más el salón se convertía en una pesadilla.

Niños, podría hacer mucho, cualquier cosa, sólo era cuestión de estimularlos adecuadamente. Los moldearía con su ejemplo, los convertiría a todos en pensadores, en científicos, sí, eso haría.

Se deshizo del abrazo del niño, se llevó las manos a las piernas y entonces se dio cuenta que se había untado los dedos con los mocos que tenía en su pantalón.

Buscó el pañuelo de lino con ribetes bermejos que su madre le había obsequiado aquella mañana para que le hiciera juego con la corbata  de seda blanca  a cuadros en colores burdeos y rojo, pero no lo encontró porque en ese momento un niño morenito lo estaba utilizando para sacarle brillo a sus zapatos negros, embetunados con una mezcla cremosa de petróleo y disolventes, que poco a poco convertían el fino pañuelo en basura.

El tiempo se dilataba casi hasta detenerse en algún punto muerto entre el miedo y el desespero, que ahora, le invadía todas sus expectativas. Se levantó del escritorio e intentó llamar a los niños al orden pero todos los intentos de “silencio”, “a sus puestos”, “ya no sigan”, “la clase va a comenzar”, fueron infructuosos.

Los pequeños se volvieron más locos y ahora daban vueltas como indios danzando alrededor de una fogata.

―¡Profe! Camilo se salió del salón.

Miró hacia la puerta entreabierta por donde había escapado el travieso y sólo pudo atisbar el polvo que le dejaban, en la estampida fugitiva,  todas las teorías del desarrollo y de la evolución que había recibido en la universidad.

Aquello parecía una porqueriza, migas de tortas y ponqués se esparcían en el piso y se convertían en una masa pegachenta que era pisada y repisada por los niños.

La mayoría llevaban las caras sucias de dulces y leche achocolatada y otros tenían el uniforme hecho trizas, rasgado, untado con tintas de bolígrafos o escarcha.

―El perro que tengo en mi casa es como un hijo para nosotros, era la mascota de Fernandito.

―¿Fernando era su hijo?

―Sí, era un gran muchacho, iba a terminar medicina, pero ya sabe, Dios le tenía un mejor destino.

―Eh….pues yo creo….

―Sabe profe, a Pirata solo le falta hablar, este perro es súper desarrollado. Y cuida la casa como un tigre. Ay de que alguien se acerque, si lo viera, se le tira a matarlo.

―Eso es bueno, así cuida la casa.

―Sí, pero Pirata es más bien consentido, un día de estos lo invito a mi casa para que lo conozca, es una belleza de animal y es súper manso con los niños, eso se deja hacer de todo. La vez pasada lo dejamos solito con las hijas de mi hermano y cuando salimos a ver lo que pasaba, vimos a Pirata disfrazado y todo pintorreteado, las niñas habían hecho lo que habían querido con el pobre animal ―se echó a reír como si acabara de recordar un chiste―, Pirata apenas nos miraba con esa paciencia de Job mientras las niñas seguían molestándolo. Cuando lo vea se va a enamorar, ya vera profe.

―Estoy seguro señor rector.

―Hombre, déjese de cortesías, ya le dije, Gregorio, don Gregorio. Bueno, ya casi llegamos, le van a encantar, es el curso de primero A, son apenas 25 niños y son muy juiciosos profesor.

Unos angelitos, nada de qué preocuparse. No sabía si salir y dejarlos encerrados para buscar al pequeño que se le había extraviado o gritar y pedir ayuda. De pronto el niño entró como un rayo.

José quedó petrificado, no había sido capaz de proferir una sola palabra durante todo el tiempo que llevaba allí y en su cara se notaba una angustia que se acercaba a los linderos siniestros que un ataque de pánico suele dejar.

Intentó concentrarse, tomó aliento y cuando pretendió caminar hacia el escritorio se percató de que unos niños le abrazaban las piernas impidiéndole caminar.

En ese momento la puerta se abrió, la cabeza del rector asomó.

―Veo que le ha ido bastante bien profesor, No le dije que eran unos angelitos. Mire no más como lo quieren y lo abrazan.

Los niños volvían a limpiarse la nariz y José miraba al rector con esa cara de perro entregado, con esa paciencia de Job, parado en todo el centro del salón con todos los mocos de los niños en los pantalones.