jueves, 23 de marzo de 2017

De cómo comienza el mundo con una sonrisa- salida de Bogotá

LOS HIJOS DEVIENTO
O El alma del continente
CRÓNICAS POR UNA SUR AMÉRICA INFINITA.


Me imagino a los cronistas como a seres dotados de una antena integrada y con sistema de emisión de datos: humanos capaces de sintonizar con la música de su presente, leerla y transcribirla para que también los demás la podamos leer y reescribir. Crearla para que la podamos recrear.
Jorge Carrión

Toda crónica fija literariamente la relación que existió entre la mirada de quien escribe y la oportunidad que le dio el mundo al revelarle una de sus infinitas facetas.
Jorge Carrión



1.     De cómo comienza el mundo con una sonrisa- salida de Bogotá



Todo comenzó la mañana cuando me sentí cansado de todo, el mundo, ese pequeño y saturado mundo que me había echado sobre los hombros ya no podía aguantarlo. La rutina me había poseído por completo y la monotonía había hecho mella en mis gestos más ingenuos.

Aquella mañana quería mandar todo a la mierda.

Estaba cansado de ajustar el reloj despertador que ya no atinaba a despertarme porque me levantaba antes, estaba fastidiado de salir en las mañanas, a la calle, alistando ante el espejo al sumiso, al conformista, al brabucón, al profesional, al empleado. La situación había llegado a un borde donde no había marcha atrás, o me lanzaba de cabeza o saltaba, con fe, hacía una salida desconocida.

Opté por lo último.

Estábamos a finales de marzo cuando le dije a mi mujer que me iba, que había decidido renunciar y que con ella o sin ella haría un viaje por toda sur américa. En realidad, estaba huyendo de todo, de una relación que parecía agonizar, de un trabajo que parecía asfixiarme, de una familia que parecía cercarme, de unos amigos que parecían explotarme y de unos demonios internos que parecían estar a punto de perderme en algún tipo de locura. Mi mujer se quedó muda un instante, acabábamos de soslayar el navajazo profundo de una crisis y estábamos en aquel pequeño escalón donde se hacen los tanteos imposibles por desear que todo aparentemente este bien. Nardy estaba aterrada, parecía imaginarme partir, parecía verme ya lejos de todo lugar, parecía sentir su soledad y mi vértigo, mi desespero, toda mi tragedia.

—Me voy contigo —me dijo, mientras se incorporaba en la cama—. ¿Cuándo salimos?

Aquello me dejó de una sola pieza, esperaba resistencia, una pelea, un ruego; no obstante, pasó lo inimaginable.

—Tendrías que renunciar.

—Mañana mismo lo hago.

Estaba determinada a seguirme al fin del mundo.

Yo sólo quería escapar de un trabajo que me había hecho olvidarme de mi mismo. Por aquella época estaba laborando de manera temporal y por nombramiento transitorio en Idipron, en una de las casas que recibía a jóvenes en situación de calle entre los 19 y los 29 años. La casa albergaba unos 60 muchachos, todos con problemas judiciales, de drogas y carentes de todos los derechos. El establecimiento servía como lugar de paso y como residencia precaria para aquella población del Bronx o de las calles del centro y algunos alrededores de Bogotá que deseaban, al parecer, recuperarse. Con el tiempo me fui dando cuenta que aquello sólo promovía un depravado rito de conformismo y un horroroso ciclo de asistencialismo y mantenimiento de una condición indignante y pusilánime. Los jóvenes lo sabían mejor que nosotros, cada uno de los que estábamos allí como profesionales esperábamos el milagro, ciertas circunstancias favorables, pero en realidad todo se trataba del sostenimiento de un régimen hecho a la medida de lo adictivo.

Nadie salva a nadie, muchas de las personas de la calle no buscan salvación, sólo pequeños momentos de tranquilidad o descanso, buscan retomar fuerzas para seguir en el infierno.

Yo me había convertido en una pieza más de ese engranaje maldito.

Así que quería huir, estar lo más lejos posible de una vida que parecía medirse por la garrafal estupidez de sus actos. 

Ella, en cambio, no tenía que huir de nada o de nadie, su vida estaba aquí, tenía el apartamento, el trabajo tranquilo en un hotel y sus aspiraciones se basaban en la felicidad que un amor pudiera brindarle.

En efecto, ese era el meollo de su propia tragedia. Ella se había aferrado a mí con todo el cariño, con toda la vida que tenía y que era capaz de entregar.

Quedé atolondrado, no sabía qué decirle, pero supe que de mis labios habían salido frases estúpidas, para no agrandar la confusión, opté por concluir con un «arrancamos cuando nos entreguen las liquidaciones y las cesantías»

En menos de una semana habíamos despachado nuestros empleos y estábamos con los cheques listos para cobrar la plata que sustentaría el sueño.

Compramos lo necesario y lo innecesario. Era el primer viaje que hacía en pareja, nunca había necesitado de nada. Como buen solitario me apañaba con pequeñas cosas, pero ahora tenía una responsabilidad.

En una semana mis planes habían cambiado de la errancia total al viaje planificado.

Nos hicimos a una carpa de acampar, a una cámara fotográfica, a un trípode, a un maletero, a unas alforjas, a un baúl, a un kit de herramientas, a unos pierneros, a unos bolsos, a un chinchorro, a plásticos, chalecos, cascos nuevos, gafas, chaquetas, zapatos, pantalones, a un disco duro extraíble y a memorias, usb, bafles, pilas de respuesta y linternas. En fin, compramos y acumulamos como poseídos, todo y cuanto pensábamos íbamos a necesitar por el camino.

Estábamos felices, nos amábamos, aquel planificar, mirar mapas, discutir de los lugares y soñar nos había logrado acerca y de pronto éramos otra vez una pareja enamorada.

Ella se tomó todo muy en serio y poco a poco se fue convirtiendo en el alma del viaje, días antes de partir habíamos logrado acomodar todas nuestras pertenecías donde una prima. No queríamos perderlo todo, y tampoco queríamos involucrar a muchas personas en nuestra decisión. Dejamos una plata con ella como seguro de vida al volver y un amigo nos guardó algunos otros tantos trastos que nos serían necesarios para recomenzar la vida cuando llegáramos.

Salimos un 4 de abril, parecíamos unos astronautas con tanta cosa encima y la moto parecía que con todo lo que le habíamos empacado jamás arrancaría, pero lo hizo.

—Sería bueno tomarnos una foto de despedida de la ciudad —me dijo Nardy mientras me abrazaba con alegría.

Subimos a la iglesia de la resurrección, supuse que desde allí lograríamos un registro inolvidable. Pusimos el trípode, ajustamos el disparador y como si lo hubiésemos sabido desde siempre, nos pusimos a lado y lado del marco que sería la fotografía y sonreímos a la cámara con un brazo extendido haciendo la señal de OK.

Aquella era la primera foto. Nos despedíamos de Bogotá e iniciábamos un viaje a lo desconocido.


El mundo, nuestro mundo, acaba de comenzar con una sonrisa.

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