LOS HIJOS DEVIENTO
O El
alma del continente
CRÓNICAS POR UNA SUR AMÉRICA INFINITA.
Me imagino a los cronistas como a seres dotados de una antena
integrada y con sistema de emisión de datos: humanos capaces de sintonizar con
la música de su presente, leerla y transcribirla para que también los demás la
podamos leer y reescribir. Crearla para que la podamos recrear.
Jorge Carrión
Toda crónica fija literariamente la relación que existió entre la mirada
de quien escribe y la oportunidad que le dio el mundo al revelarle una
de sus infinitas facetas.
Jorge Carrión
1. De cómo comienza el mundo con una sonrisa- salida de Bogotá


Todo comenzó la
mañana cuando me sentí cansado de todo, el mundo, ese pequeño y saturado mundo
que me había echado sobre los hombros ya no podía aguantarlo. La rutina me
había poseído por completo y la monotonía había hecho mella en mis gestos más
ingenuos.
Aquella mañana
quería mandar todo a la mierda.
Estaba cansado de
ajustar el reloj despertador que ya no atinaba a despertarme porque me
levantaba antes, estaba fastidiado de salir en las mañanas, a la calle, alistando
ante el espejo al sumiso, al conformista, al brabucón, al profesional, al
empleado. La situación había llegado a un borde donde no había marcha atrás, o
me lanzaba de cabeza o saltaba, con fe, hacía una salida desconocida.
Opté por lo
último.
Estábamos a finales
de marzo cuando le dije a mi mujer que me iba, que había decidido renunciar y
que con ella o sin ella haría un viaje por toda sur américa. En realidad, estaba
huyendo de todo, de una relación que parecía agonizar, de un trabajo que
parecía asfixiarme, de una familia que parecía cercarme, de unos amigos que
parecían explotarme y de unos demonios internos que parecían estar a punto de
perderme en algún tipo de locura. Mi mujer se quedó muda un instante, acabábamos
de soslayar el navajazo profundo de una crisis y estábamos en aquel pequeño
escalón donde se hacen los tanteos imposibles por desear que todo aparentemente
este bien. Nardy estaba aterrada, parecía imaginarme partir, parecía verme ya
lejos de todo lugar, parecía sentir su soledad y mi vértigo, mi desespero, toda
mi tragedia.
—Me voy contigo —me
dijo, mientras se incorporaba en la cama—. ¿Cuándo salimos?
Aquello me dejó
de una sola pieza, esperaba resistencia, una pelea, un ruego; no obstante, pasó
lo inimaginable.
—Tendrías que renunciar.
—Mañana mismo lo
hago.
Estaba determinada
a seguirme al fin del mundo.
Yo sólo quería escapar
de un trabajo que me había hecho olvidarme de mi mismo. Por aquella época estaba
laborando de manera temporal y por nombramiento transitorio en Idipron, en una
de las casas que recibía a jóvenes en situación de calle entre los 19 y los 29
años. La casa albergaba unos 60 muchachos, todos con problemas judiciales, de
drogas y carentes de todos los derechos. El establecimiento servía como lugar
de paso y como residencia precaria para aquella población del Bronx o de las
calles del centro y algunos alrededores de Bogotá que deseaban, al parecer,
recuperarse. Con el tiempo me fui dando cuenta que aquello sólo promovía un depravado
rito de conformismo y un horroroso ciclo de asistencialismo y mantenimiento de
una condición indignante y pusilánime. Los jóvenes lo sabían mejor que
nosotros, cada uno de los que estábamos allí como profesionales esperábamos el
milagro, ciertas circunstancias favorables, pero en realidad todo se trataba
del sostenimiento de un régimen hecho a la medida de lo adictivo.
Nadie salva a
nadie, muchas de las personas de la calle no buscan salvación, sólo pequeños
momentos de tranquilidad o descanso, buscan retomar fuerzas para seguir en el
infierno.
Yo me había
convertido en una pieza más de ese engranaje maldito.
Así que quería
huir, estar lo más lejos posible de una vida que parecía medirse por la garrafal
estupidez de sus actos.
Ella, en cambio,
no tenía que huir de nada o de nadie, su vida estaba aquí, tenía el apartamento,
el trabajo tranquilo en un hotel y sus aspiraciones se basaban en la felicidad
que un amor pudiera brindarle.
En efecto, ese
era el meollo de su propia tragedia. Ella se había aferrado a mí con todo el
cariño, con toda la vida que tenía y que era capaz de entregar.
Quedé atolondrado,
no sabía qué decirle, pero supe que de mis labios habían salido frases estúpidas,
para no agrandar la confusión, opté por concluir con un «arrancamos cuando nos entreguen las liquidaciones y las cesantías»
En menos de una
semana habíamos despachado nuestros empleos y estábamos con los cheques listos
para cobrar la plata que sustentaría el sueño.
Compramos lo
necesario y lo innecesario. Era el primer viaje que hacía en pareja, nunca
había necesitado de nada. Como buen solitario me apañaba con pequeñas cosas,
pero ahora tenía una responsabilidad.
En una semana
mis planes habían cambiado de la errancia total al viaje planificado.
Nos hicimos a
una carpa de acampar, a una cámara fotográfica, a un trípode, a un maletero, a unas
alforjas, a un baúl, a un kit de herramientas, a unos pierneros, a unos bolsos,
a un chinchorro, a plásticos, chalecos, cascos nuevos, gafas, chaquetas,
zapatos, pantalones, a un disco duro extraíble y a memorias, usb, bafles, pilas
de respuesta y linternas. En fin, compramos y acumulamos como poseídos, todo y
cuanto pensábamos íbamos a necesitar por el camino.
Estábamos felices,
nos amábamos, aquel planificar, mirar mapas, discutir de los lugares y soñar
nos había logrado acerca y de pronto éramos otra vez una pareja enamorada.
Ella se tomó
todo muy en serio y poco a poco se fue convirtiendo en el alma del viaje, días
antes de partir habíamos logrado acomodar todas nuestras pertenecías donde una
prima. No queríamos perderlo todo, y tampoco queríamos involucrar a muchas
personas en nuestra decisión. Dejamos una plata con ella como seguro de vida al
volver y un amigo nos guardó algunos otros tantos trastos que nos serían
necesarios para recomenzar la vida cuando llegáramos.
Salimos un 4 de
abril, parecíamos unos astronautas con tanta cosa encima y la moto parecía que
con todo lo que le habíamos empacado jamás arrancaría, pero lo hizo.
—Sería bueno
tomarnos una foto de despedida de la ciudad —me dijo Nardy mientras me abrazaba
con alegría.
Subimos a la iglesia
de la resurrección, supuse que desde allí lograríamos un registro inolvidable. Pusimos
el trípode, ajustamos el disparador y como si lo hubiésemos sabido desde
siempre, nos pusimos a lado y lado del marco que sería la fotografía y sonreímos
a la cámara con un brazo extendido haciendo la señal de OK.
Aquella era la
primera foto. Nos despedíamos de Bogotá e iniciábamos un viaje a lo desconocido.
El mundo, nuestro
mundo, acaba de comenzar con una sonrisa.
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