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martes, 20 de septiembre de 2011

REPENSANDO LA VIVIENDA SOCIAL





Las familias de los sectores populares urbanos muchas veces inician la ocupación de su vivienda desde un núcleo habitable, que con diferencias, irá creciendo hasta donde el terreno y los recursos familiares lo permitan
Mario Zolezzi Chocano

 “…el edificio no es sólo un filtro de luz, aire, etc., sino que es un instrumento sociocultural de comunicación, a través del cuál se filtra información social
Rapoport 1978:264

Así como la familia es el núcleo de la sociedad y el principal objeto de los estudios sociales, la casa se constituye en el elemento nuclear de toda la arquitectura. Esta rejilla  que alberga al hombre y hace posible el morar de una supervivencia desde o para, es la base de todos los estudios posibles de construcción y existencia, ya que de ella parten todas las extensiones de comunicación y habitabilidad que se dan en relación con el mundo.

La investigadora colombiana Sonia Muñoz citada por Teresa Ontiveros en su ponencia “Vivienda popular urbana y vida cotidiana”, no se equivoca al señalar que la casa no solo es un espacio físico sino que “está hecha de las identidades, relaciones y conflictos de quienes viven en su interior. La casa está marcada por los años y recuerdos que ella guarda”

La senda, el lugar, el espacio público, el edificio, el conjunto residencial, el barrio, la ciudad, las arterias viales, las zonas verdes y demás configuraciones que constituyen los espacios ambientales construidos para ser habitados por el hombre no son más que extensiones de lo que sale de la casa, de lo que desde ella se configura como necesidad hacia el afuera, hacia la otredad y como configuración de ruptura solipsista, como entramado de la noción gregaria y como categoría ineludible de lo que hace posible lo social.

No se construye un puente, ni se establece o se proyecta la obra de un determinado espacio habitable sino no es en correlación directa con los sujetos que estarán allí para darle un significado de ocupar o utilizar y que por ende dicha correlación proviene del sustrato primitivo del explorar, del salir, del reconocer más allá de nuestro propio límite la habitabilidad.

La ciudad nace de este acontecimiento crucial, de hecho, la arquitectura nace como una formulación que se dispone en la consecución de producir un algo que haga posible el ordenamiento de un universo subordinado a nuestras necesidades y ambiciones.

El construir como manifestación total de un crear de identidad y posicionamiento ante el mundo, el construir como el establecimiento de un ser-ahí. Si nos remontamos a los primeros emplazamientos humanos podremos observar que estos se originan a partir de una carencia de protección, se constituyen como un vínculo de resguardo ante el desamparo y en consecuencia decretan la posición estacionaria de seres que buscan perpetuarse en el tiempo y en el espacio.

Hoy en día este fenómeno es perceptible en los llamados asentamientos informales, los cuales han señalado un pensar de la arquitectura de la ciudad desde nuevos enfoques. Estos estudios por comprender aquellas construcciones que nacen sin planeación, sin un propósito predecible, sin un ordenamiento que constituya su utilidad o su justificación se disgregan en un debate que va desde la reflexión ética hasta el alegato que priorice juicios de valor en pro o en contra de la creación de dichas viviendas.

Sin embargo la reproducción de estos ambientes domina más sobre las orillas, sobre los ulteriores espacios donde la ciudad y el habitante comienzan a establecer el concepto de frontera. Tales plataformas han tenido que catalogarse para su identificación arquitectónica bajo el concepto de  cinturones periféricos, algunos mal llamados cinturones miseria. Estos a veces muestran evolución, evolución que pasa a unificarse al cuerpo y extensión de la misma urbe y otros se van estableciendo como lugares de getto, de despersonalización donde se consume el no lugar y el morar bajo la señal de mercado y hura o islas que reflejan sobre el mismo humus arquitectónico la supuración de un subsuelo que también ha ganado nombre y terreno desde acepciones tales como mercado negro y bajo mundo.

Pero este condicionamiento de la vida urbana no se da porque desde la arquitectura no se esté pensando democráticamente o totalitariamente todas las satisfacciones de las necesidades humanas sino porque hay una fuerte diferencia entre los elementos cohesionadores que estructuran el territorio y el surgimiento de migraciones y segregaciones que se derivan de los pobladores desplazados, de su lucha por generarse o negociase una identidad. Hay digresión entre la calidad de la vida colectiva que funda dichos escaques y la disposición del espacio social.

Si observamos bien, los problemas de las viviendas sociales y su identidad o el de los asentamientos informales y el uso de sus viviendas populares no se basa en su aparición dentro de una plataforma ya consolidada bajo condiciones aparentemente fijas y dadas a una entelequia arquitectónica o urbanística sino que el problema se da es en la gestión que van consolidando ante su entorno los que pueblan dichos espacios y la manera como logran construirse un territorio paralelo que pueda ser absorbido legalmente por la configuración misma de la ciudad.

En todas las ciudades del mundo encontramos emplazamientos que revelan una silueta umbral, que decanta la idea de un paisaje de la ciudad  muy empobrecido y que por ende empotran un significado insular de miseria que se consagra como el baluarte que congrega o disgrega esperanzas, posibilidades y prácticas.

En la India, en México, en Colombia o en Nueva York se ha experimentado este panorama: favelas, ranchos, cartuchos y cinturones de miseria buscan abrirse paso hacia dentro mientras son vistos por los moradores de las urbes como los asentamientos donde los invasores que están fuera de  la ciudad establecen su morar.

Un fenómeno curioso: mientras los sujetos  que se ven insertos a la ciudad comprenden el fenómeno como un más allá, quienes protagonizan cotidianamente el ejercicio de formar identidad a partir de la construcción de viviendas populares en los umbrales, se comprenden así mismos como una parte más, un adentro, y en ese caso se sufre una doble identidad; la de buscar sentirse parte de un conjunto que no los adopta y ante el cual se acomodan y la de tener una herencia con la que se llega y que se encuentra debilitada en tradiciones y vulnerable a las modas.

Algunos barrios esclarecen un destino y en conformidad con dicho impulso que como grupo consolidan, comienzan a establecer un espectro de perdurabilidad que se expande, que hace que la ciudad los acoja. Pero este consentimiento conlleva años y años de esfuerzo colectivo y silencioso, dados alienadamente y sin reconocimiento.

Hay también barrios que desaparecen, que no logran generarse un sólido proyecto que haga posible el surgimiento de recursos arquitectónicos y urbanos para favorecer su evolución y sacarlos de la simple y destartalada plataforma de invasión a la de barrio legal donde comiencen a recibir derechos y deberes igualitarios.

Y hay sobre todo asentamientos  que mutan su identidad colectiva por el uso de otro tipo de prácticas sociales que amedrantan y van contra el bienestar mismo del orden establecido; estas organizaciones que pierden dicho cúmulo de representaciones sociales compartidas son los subterfugios arquitectónicos que construyen ambientes-máscaras, espacios-teatro o lugares-camuflaje y que degeneran cualquier otra posibilidad que comience a nacer a su alrededor.

La no lectura de estas arquitecturas portátiles o parasitas se da porque los arquitectos, sociólogos, antropólogos y demás profesionales que estudian el fenómeno no reconocen los barrios populares como escenarios heterogéneos sino que buscan crear un imaginario colectivo que atraviese dichas diferencias y diversidades generando igualdades topográficas e imponiéndolas a grupos socio-espaciales que quizá si pueden tener un futuro. Cuando esta clase de conflicto se da  es cuando decimos que  esos intentos son: espacios urbanos que nacen abortados.

Muchos de los barrios se consolidan y la identidad supera la fase de adolescimiento para fundar su maduración ahora sí hacia un engranaje comunal que reivindique toda la subjetividad de un grupo social con costumbres y tradiciones que pueden ser expresadas desde sus diferentes configuraciones culturales.

Sin embargo hasta que no atendamos a la idea de que en un proceso de construcción como estos se encuentran todo tipo de fragmentaciones no podremos ayudar a que los barrios populares se configuren como parte evolutiva de las ciudades. Un error craso puede ejemplificarse en la opinión que lanza la arquitecta venezolana Iris Rosas, al considerar que las construcciones improvisadas y emergentes que hacen quienes llegan a habitar a las orillas de las ciudades son de hecho construcciones emergentes y que por ende este tipo de arquitectura demuestra “una cultura constructiva innovadora”. Nada más alejado de la realidad, la improvisación de un resguardo, de un cambuche no esta dado a la creatividad de sus habitantes sino que se ve determinado por la emergencia de la necesidad de un albergue; no hay nada de innovador en pensar que al construirse un refugio y establecer grupalmente un espacio para sobrevivir se esté dando de hecho el surgimiento de algún tipo de arquitectura reformadora o revolucionaria, lo único innovador que se establece en el uso de estos elementos está en el manejo empírico que hacen sus constructores con los mínimos materiales  que logran y que hace recordar la noción de caverna o campamento establecido por nuestros antepasados para ampararse de las adversidades.

Un  rasgo que denota esta clase de construcciones es el de la ilegalidad el cual se da  a partir de la señal que revela al invasor y del sujeto al que se le es impuesta; un sujeto sin derechos que hará que incube una idea de resistencia y que ante el ultraje social decante estrategias mórbidas para perpetuar lo que de hecho nunca han tenido y que le es vital para sobrevivir.

Ciudades sin horizonte expansivo limitadas  al muelle mismo de su configuración degradante hacia los extremos es lo que augura el proceder evolutivo de estas construcciones. Hay que repensar la arquitectura no de la marginalidad sino no de los márgenes, entendiendo estos márgenes no desde la clasificación edificante de lo que proyecta la ciudad en su centro: edificios, apartamentos, elementos ambientales predispuestos para la agilidad y la fluidez de los recursos y el consumo sino desde lo que promueve quien llega a habitarla, ha hacerla parte de sus expectativas y usos; la calidad ya no sólo ofrecida desde la satisfacción de las necesidades básicas sino desde la configuración de la cultura que dichos grupos traen consigo. 

Esto sólo es posible en la medida en que sepamos diferenciar la vivienda de la construcción mimética que en estos espacios se da, memes que a veces producen los usadores o los sujetos manipuladores que no buscan reivindicar una identidad.

La vivienda entendida en este sentido como portadora de comprensión de los propósitos de un grupo social, de un entramado popular que busca definirse y que en esta medida construye también su identidad, se superpone a la idea de homogenización urbana que se tiene como ideal abrazando de esta manera una práctica concreta: la diversidad.  La vivienda comprendida como “el espacio domestico” como dice el arquitecto mexicano Victor Manuel Ortiz, o entendida también como el espacio de “conciencia” que tiene un  grupo de si y de los otros.

El emplazamiento ya no de invasiones o lugares periféricos de miseria sino de viviendas verdaderamente consolidadas para la consecución de una vida organizada.

Finalmente, es necesario, para proporcionar una reflexión sopesada y emergente sobre este fenómeno, el hecho de que no podemos pasar por alto que al determinar como núcleo de entendimiento de las configuraciones populares a la vivienda estamos también asegurando que esta no se puede vislumbrar como un modulo finalizado, como una construcción terminada o concluida, la vivienda debe pensarse como un organismo que es extensión de la familia.

En este sentido la vivienda como algo que da forma y seguirá dando forma desde la familia a la sociedad.

jueves, 25 de noviembre de 2010

BIOGRAFÍA DE LA CIUDAD



Tentativas para un estudio de la construcción Ur-bana.[1]

“Así, la compleja estructura de la ciudad surge de un discurso cuyos puntos de referencia pueden parecer abstractos. Quizás es exactamente como las leyes que regulan la vida y el destino de cada hombre; en toda biografía hay motivos suficientes de interés, si bien toda biografía está comprendida entre el nacimiento y la muerte. ”

Aldo Rossi

Rossi o el hacedor de collages. A veces, un atributo basta para resumir un hombre: Einstein o la relatividad; Hitler o la xenofobia; Pitágoras o las matemáticas. En el campo de la arquitectura Aldo Rossi ocupa un lugar indispensable, insoslayable y determinante. Su genio hizo posible una oxigenación de las teorías que a mediados del siglo XX se hallaban en una aporía. Este lugar sin salida era sin lugar a dudas el estudio moderno de la arquitectura desde lo moderno mismo que representaba el mundo, ya no era posible abarcar el estudio de las estructuras convencionales y cotidianas con los clásicos trabajos teóricos, había un problema: ¿desde dónde abarcarlos, cómo abarcarlos? Cuando ya la ilustración respecto al tema había sido agotada era necesario provocar o insistir en nuevas formulaciones que continuaran el estudio.

Aldo Rossi propuso un camino. Estableció una configuración que hoy en día sigue sosteniendo los más grandes debates y a pesar de que su monumental tarea se basó en la ilación metódica del estudio de la arquitectura, ésta, sin embargo sólo fue un collage.

Su obra escrita está definida por dos constantes de preocupación: por un lado la sistematización de su profesión a nivel histórico y epistemológico y la otra, la generación de un método que yuxtapusiera todos los saberes indispensables al servicio de la arquitectura.

Esta idea no nació como un impulso inspirador, más bien fue una persistente imagen planificada que desde sus días de ilustrador cultivó. Así lo demuestran sus escritos. La ciudad análoga por ejemplo fue “elaborada por Aldo Rossi a partir del 1964 y, ya en el ensayo que el autor escribe como introducción al catálogo de la exposición «Illuminismo y architettura del ‘700 Veneto», los aspectos y los caracteres de esta visión teórica venían tomando forma a través de un enfrentamiento dialéctico entre el aporte civil y racional, pero al mismo tiempo “metafísico, abstracto, misterioso” de los principales exponentes de la cultura iluminista.

Sin embargo, es en la Bienal de Venecia del 1976, que Aldo Rossi elabora una lamina que constituye la metáfora gráfica de los estudios y de las investigaciones conducidas sobre la idea de Ciudad Análoga”[2] que en síntesis es la unión de partes constitutivas de diferentes conceptos históricos de ciudad los cuales conjugados vienen a dar forma a una ciudad postmoderna.

Cuando publica su libro “La arquitectura de la ciudad”, este, se puede afirmar, ya tenía su esqueleto montado y concebido en todos los escritos precursores que el mismo autor realizaba para la revista Casabella, donde su teoría tacita del collage es una constante obsesiva, pero no es solamente estas fuentes las que nos dan una clara idea de este atributo Rossiano, sus mismas obras arquitectónicas son una clara muestra de esa manía genial: El teatro del mundo, El teatro Carlo Felice, El Bonnefanten Museum en Maastricht o El Edificio de Viviendas de Berlin son una clara muestra de su divertimento por los collages.

Ahora bien, la obra clave, de hecho, es también una configuración precisa de lo que pretendió al oxigenar el estudio de la arquitectura, sus postulados se basan en el arte y la antropología, en la psicología y en la arqueología.

Es memorable como su erudición logra amalgamar teorías tan disimiles bajo un mismo horizonte, un ejemplo:

“Las teorías en las que me detengo se relacionan con la geografía social de Tricart, con la teoría de las persistencias de Marcel Poéte, con la teoría ilustrada y particularmente con la obra de Milizia.”

Las cuatro teorías que reúne basan sus estudios desde vértices divorciados el uno del otro, sin embargo, Rossi las congenia y las utiliza como recursos imprescindibles de su juego.

Del uno saca el espacio geográfico, del otro el inmueble, del otro la función y así, en esa misma medida, los aplica para configurar su concepción dialéctica sobre la sistematización de una clasificación que mejor aborde el estudio del diseño urbano.

Su operatividad es sencilla de interpretar, Rossi, no debate con el pasado ni lo niega, por el contrario, Aldo renueva el pasado a partir de una mirada verdadera de historiador: desde el presente toma aquellos conceptos que ya descubiertos sirven para aplicarlos según el método que va configurándose a medida que cada uno de esos elementos históricos toman forma en su teoría.

Un collage, un museo de retazos atarrayados de la mejor forma posible. Eso fue lo que hizo posible Rossi.

Por eso su obra es ante toda una búsqueda por considerar a la arquitectura como un arte donde la teoría y la praxis, direccionada bajo el eje de la estética podían configurar una nueva idea del mundo.

Para ello a Rossi le fue necesario partir de un objeto de estudio común a la historia de la especie humana, el habitus que se conforma en esta medida desde el locus o como el mismo lo refirió: su estudio sólo se concentró en una muestra de la importancia trascendental que tiene la relación establecida entre lugar y hombres.

Rossi partió de este hecho urbano, de este detalle urgente que haría de su ensayo todo un tratado sobre la arquitectura. Sin embargo sus tesis a veces son digresivas. Pero esta digresión tiene un fin. Observemos.

Una de las tesis digresivas es cuando plantea lo siguiente: “Por otra parte, si los hechos urbanos pudiesen continuamente renovarse a través del simple establecimiento de nuevas funciones, los valores mismos de la estructura urbana, puestos de relieve por su arquitectura, estarían disponibles continua y fácilmente; la permanencia misma de los edificios y de las formas no tendría ningún significado y el mismo valor de transmisión de determinada cultura de la que la ciudad es un elemento sería puesto en crisis.”

Para poder entender la dicotomía existente en su postulado es necesario ir un poco atrás en su libro y comprender a que se refiere con “función”. Rossi nos habla del funcionalismo ingenuo como un elemento que recae en el error debido a su necesidad empírica; cuando una ciudad se basa en este apartado pierde el sentido ulterior y en consecuencia se dogmatiza en contra del cambio, tal error se puede observar en las ciudades aztecas que basaron su estructura en un heliocentrismo urbano y que al no tener en cuenta el futuro de las funciones sociales fueron devastadas por la conquista y las ciudades descentralizadas. Igual sucedió con las ciudades feudales o las ciudades troyanas que cayeron ante su propia función paternalista.

Pero su tesis nos afirma lo contrario, nos dice: gracias a Dios los hechos urbanos no pueden continuamente renovarse a través de simples establecimientos de nuevas funciones. Con esto dogmatiza su pensamiento frente a su teoría correlativa del sentido temporal que se basa en la proposición de la existencia de ciudades de antes y después del reconocimiento, que para él significa, demostrar a lo largo de una coordenada temporal que las funciones cambian o se revitalizan según las necesidades mismas de la ciudad.

Su tesis parece desmoronarse ante una premisa que en capítulos posteriores defiende

Pero este no es un fallo accidental o secundario de Rossi sino más bien una dilucidación emergente de su autonomía intelectual frente al área.

Para Rossi lo verdaderamente importante no es la definición de la ciudad como un hecho permanente o transitorio, de hecho, los términos tipos y tipología son un clara muestra de cómo el movimiento y la persistencia son una ecuación definitoria de los hechos urbanísticos.

Un ejemplo sería el siguiente: la Función de la casa según la construcción tecnológica y los elementos de su estructura; ¿hasta qué punto la función de la construcción tecnológica de los aparatos sanitarios tal y como se concibe hoy en día estará en uso, seguirá el agua como recurso indispensable para la construcción de la necesidad sanitaria dentro de las casas?, ¿la entrada como elemento de su estructura será siempre establecida como el receptáculo dispuesto como apertura de lo que es el resto de la estructura o cambiará por otro tipo de concepto inaugural?

Si meditamos sobre estos interrogantes nos damos cuenta que la filosofía de Rossi en cuanto a la ciudad está es concebida no solo para habitarla sino para transitarla ya que Rossí veía espacios emergentes, ondulantes, traficables, habitables, mutables y permanentes que se basaban en las leyes generales de la dinámica urbana. Su dicotomía sólo es una apostilla necesaria para comunicarnos, que eventualmente, todo espectro de estudio en arquitectura debe estar configurado bajo la premisa de flexibilidad que es necesaria a la hora de dar por sentado algo.

El sentido del trabajo de Rossi es hacer ver que en arquitectura tanto las partes como el todo son una misma cosa: que el detalle es reflejo de la unidad.

Si atendemos a esta idea los teatros, como área estudios o un monumento como inmueble o el diseño de una casa con corredor tipo primitivo como elemento primario serían reflejos del gran todo que conforma la ciudad y que en esta medida es ella misma; el teatro del mundo se convierte ya no en un inmueble categorizado dentro de las teorías existentes sino que crea una nueva categoría que funde la proposición de no lugar con el espacio heterotópico de Foucalut.

La ciudad como ejemplo de una teoría gestáltica de la arquitectura y a la vez como una demostración de que una teoría unificadora era mejor a un replanteamiento total de la historia.

Pero este no es solo su objetivo, digamos más bien, que estos principios son tan sólo prolegómenos que justifican su verdadero interés. Rossí estaba obsesionado por unificar bajo una teoría todas las bases existentes de arquitectura, esto, para poder dar un sentido a las cosas individuales, pero para poder hacerlo debía entender primero la individualidad de su objeto de estudio, fuese el que fuese.

Su pregunta y la aproximación a la respuesta se basaron en este postulado:

“Me he preguntado varias veces, también en el curso de este ensayo, dónde empieza la individualidad de un hecho urbano; si está en su forma, en su función, en su memoria, o hasta en alguna otra cosa. Entonces podremos decir que la individualidad está en el acontecimiento y en el signo que lo ha fijado.”

Pero su respuesta no es del todo veras, la individualidad de un detalle, de un hecho, de un área-estudio, de un tipo o cualquier aspecto que deseemos estudiar a nivel de arquitectura no se basa en la promulgación que el acontecimiento mismo suscite en nosotros y en el signo que lo fije, más bien estas concepciones son la base, tan sólo, para determinar si lo que concebimos como acontecimiento de un signo fijo se acopla o no con nuestra concepción inmediata de lo real que experimentamos.

La ciudad es un concepto ante todo intuitivo que genera en el sujeto un determinado ideal de conglomerado urbanístico, el sujeto utiliza este concepto para definir lo que ve, lo que considera ciudad y para que pueda definirlo así le es necesario que interiorice con ciertas características no solo fisionómicas sino psicológicas el hecho urbano que tiene ante sus ojos. Esta introyección conceptual que se revitaliza en el subjetivismo vital de cada sujeto es lo que genera la des-individualización que niega el espacio de pueblo o aldea y su concepto ya que en ellos no existen esas categorías: la entelequia inacabada: la ciudad cumple con el deseo de expansión recreativa o de esparcimiento y a la vez se considera capital de las estructuras sociales que demandan las aldeas, la ciudad reúne los constructos sociales indispensables creados en una micro-medida, abarcándolos cómo conglomeraciones matrices, así su imagen se engrandece en la mente del sujeto que la vive desde los las carreteras hasta sus iglesias o barrios pero también le define en este sentido su inacabamiento por su misma fuerza expansiva. La ciudad como un organismo mutable que crece y decrece con el tiempo… y el hombre.

Por eso las mejores palabras para terminar este ensayo sean unas del mismo Rossi.

Ya al final de su ensayo él pareció entrever esta cláusula y por eso al no tener más que decir, hizo lo que Wittgenstein sentenció con acierto: “de lo que no se puede hablar es mejor callar”. Rossi enmudeció con estas últimas palabras que a la vez, quizás, fueron un intento por dejar secretamente su verdadera y única tesis:

“Es cierto que la arquitectura de la ciudad, la cosa humana por excelencia, es el signo concreto de esta biografía; aparte del significado y del sentimiento con los que la reconozcamos.”


[1] Las palabras urbano y urbanismo vienen del latín urbs-urbis. Lo interesante de la palabra es la raíz Ur, para referirse a la ciudad, prácticamente aparece en todo el mundo: ciudad de Ur donde nació Abraham, Singapur, Edimburgo, Burgos, etc.

[2] Expedientes histéricos: Análisis Posmoderno de la ciudad. Collage City / Ciudad Análoga Por Stéfano Rolla citado en http://www.docoposmo.com - DoCoPosMo Potenciado por Mambo Generado:21 October, 2010, 02:57

domingo, 27 de junio de 2010

TRASTEO

LA NUEVA TENDENCIA: ESCULTURAS AMBULANTES.




“Queremos una ciudad donde un plan de ordenación urbana sea más que un cálculo matemático que reparte terreno, un mecanismo que ordena, equilibra, prevé y hace habitable la ciudad gracias a la participación de la ciudadanía en su elaboración y lo no menos importante: en su aplicación.”
Victoria Fernández, Vicepresidenta Al-Azahara




La implosión urbana no sólo ha afectado la fisonomía de las ciudades, generando estructuras cada vez más débiles, cinturones de miseria, daños ambientales y reduccionismo espacial sino que también ha entrado a afectar los pequeños y escasos espacios culturales. El debate por definiciones de proyectos territoriales que generen un aprovechamiento urbanístico se ha visto problematizado por variables de control y reagrupación coherente entre lo que debe construirse y por ende entre lo que tiene que protegerse, una muestra del debate se ha centrado sobre todo en la ejecución de creaciones que generen desarrollo sostenible sobre la gestión de elementos estructurantes que trasformen culturalmente la metrópoli y como lograr que estos dos fenómenos pasen a formar parte de la vida de la ciudad logrando un equilibrio con sus habitantes y con su territorio. Dentro del “Inventario de problemas y desafíos principales de la ciudad metropolitana” realizado por la sociedad geográfica de Colombia encontramos que aunque se denota una gran necesidad por consolidar una red de infraestructuras viales, de transporte y de servicios públicos que estén en equilibrio con la responsabilidad de asumir el paisaje y los elementos ambientales como valores prioritarios, los proyectos territoriales no han logrado consolidar propuestas consecuentes con dichas premisas.


El desarrollo histórico y urbanístico de las ciudades colombianas ha obedecido a una adaptación de modelos ajenos que si bien han logrado establecer ciertos ordenamientos dentro de lo urbano también han servido para producir una mixtura y por ende una complejidad dentro del elemento de habitabilidad.


La ciudad caos, el territorio que se extiende bajo premisas de movilidad poblacional y producción consumista ha olvidado la calidad tipológica que debe crearse o generarse a través de proyectos culturales que prioricen la identidad.


Bogotá es un gran ejemplo de este panorama, una ciudad-capital, una ciudad centro que históricamente ha convertido sus elementos histórico-culturales en piezas inconstantes de espacio-tiempo.


El continuo desplazamiento de estructuras físico-espaciales, que generan condiciones de territorialidad y que van más allá de lo meramente habitable respondiendo a la necesidad de identidad y diversidad cultural, demuestra el poco esfuerzo que se ha realizado por generar sistemas de urbanidad que promuevan una ciudad más dinámica donde lo formal y lo informal se unifiquen dentro del entramado dimensional del territorio que crece y progresa.


El espacio público ha sido muchas veces el lugar por preferencia para poder mover al antojo los bienes culturales. Bienes que hacen parte de un colectivo indiferente y que han pasado desapercibidos por la mayoría de los habitantes de la ciudad.


Pero esto nos es culpa del habitante promedio de nuestra ciudad sino de la euforia constructiva que nos ha abocado a convertirnos en una urbe que piensa su urbanismo solamente desde lo tecnocrático dejando de lado el mobiliario publico de la ciudad.


La ciudad fundacional, la que vivía de sus esculturas y héroes, de su historia inmortalizada en monumentos que inauguraban los espacios públicos como espacios de encuentro cultural, fue desplazada e invadida por los proyectos modernos que hasta los años 70`s intentaron consolidar los grandes urbanistas que visitaron nuestro país. Entre ellos caben citar a Bruner, Wiener y Sert, Le Corbusier y el profesor Currie.


Pero a partir de los 70`s la ciudad afrontó una crisis que derrumbó todo ideal. Los continuos desplazamientos y el desaforado crecimiento concentraron los esfuerzos de ordenamiento territorial en procura de darle solución a la situación demográfica.


Las personas que convivían con el mobiliario comienzan a ver como sus espacios ahora tienen que ser desplazados hacia lugares cada vez más marginales por los proyectos de emergencia.


Un mobiliario que sufrió todo este fenómeno es la “Rebeca”, ubicada, antes en el parque el centenario y ahora entre la avenida troncal de La caracas y la 26. Asimismo otras esculturas y mobiliarios públicos han corrido con tal suerte, acrecentado leyendas, hilaridades y compasiones.


El monumento a “Isabel la católica y Cristóbal Colón” o la escultura “Ala solar” que ahora se encuentran sobre la avenida El dorado son ejemplos típicos de este desesperado e irresponsable juego de convertir los mobiliarios públicos en piezas de trasteo.




Este fenómeno a veces percibido como completamente alejado del desempeño de la ciudadanía también ha hecho parte histórica de la evolución de las formas de vivir la ciudad.


Hasta hace algunos días, antes de que los trabajos de un nuevo sistema vial de transporte masivo se pusiera en marcha sobre la avenida el dorado de Bogotá, los habitantes y visitantes podían encontrarse durante su recorrido por dicha avenida, fuese en el sentido que fuese, con “cosas” raras, cosas abstractas y/o conceptuales muchas de las veces y otras hasta inexplicablemente amorfas, puestas allí para que el observador se saliera de su aburrimiento, contemplando, preguntándose, es mejor, qué eran esas esculturas tan raras o para que su vista tuviera algo distinto que ver más allá de los árboles y edificios que se encuentran a lado y lado de la vía.


Dicho grupo de esculturas hacían parte del museo vial de la avenida el dorado que fue un proyecto concebido bajo el mandato del presidente Cesar Gaviria Trujillo y que se terminó en el año 94.


La mayoría de las esculturas creadas como homenaje a la ciudad consolidaron la historia y la fantasía de los habitantes casi durante dos décadas. Y no es que los trabajos adelantados por la necesidad de un sistema vial vayan a hacer desaparecer las obras, la historia y la manera como nuestras ciudades han concebido la urbanidad, nos demuestran que estas obras no desaparecerán sino que también serán desplazadas hacia nuevos espacios, cada día más lejanos de la identidad ciudadana.


Lo que si vale la pena preguntarse es si al consolidar este nuevo proyecto vial se estará respetando o se respetará la concepción primaria que tenían dicho grupo de esculturas. A saber era un proyecto museo. La avenida el dorado, convertida no sólo en una arteria fundamental del progreso sino a la vez en un sistema cultural insoslayable para la historia de la ciudad.


Dentro de unos años la avenida el dorado estará completamente cambiada y los que alguna vez convivimos con un museo vial apenas si tendremos la memoria para poder ilustrar el concepto de una escultura como la “doble victoria alada” o “la ventana” o “el eclipse” o “Longos” y quizá sólo las veamos como piezas más del trasteo que constantemente se hace dentro de nuestra ciudad.


A lo mejor esto será lo que sucederá y quizá sonreiremos felices por la nueva tendencia de convertir todo en ambulante.