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viernes, 26 de septiembre de 2014

EL ÚLTIMO RECUERDO.


La oscuridad se llenó de las cosas de la mañana.
Flannery O´connor.


Los golpes eran secos. Cuando escuché el primer estruendo contra la puerta supuse que era uno de ellos que intentaba tumbarla a empujones, luego deduje, por la severidad de los golpes, que deberían estar viniéndose en grupos. Los más fuertes, no todos repetirían el empellón y posiblemente se estarían turnando, pero luego cambié de teoría, los golpes parecían venir de una masa sólida mucho más rígida y poderosa, como si estuvieran empujando un ariete contra el bunker.  Si habían logrado dar con esa herramienta, era cuestión de horas para que las paredes y la puerta cedieran y entonces podría ver todos los brazos metiéndose, luchando deseosos por agarrar y desgarrar. Al final me llevarán, como una jauría hambrienta, despedazándome, tal como lo hicieron con el abuelo y la abuela.

Todo inició con las inundaciones, fue para finales del invierno, las últimas lluvias comenzaban a dar paso a la primavera pero, de  pronto, el clima comenzó a enloquecer. Fue una tarde justo después del carnaval, había mucha gente en la playa, multitudes de sombrillas se esparcían por la arena y la gente en bañador se agolpaba desde la orilla hasta las boyas que avisaban de las aguas profundas.

La tormenta comenzó a lo lejos pero avanzó rápidamente. Era una tormenta de arena que sacudía las palmeras de un lado hacia otro hasta arrancarlas, las personas se golpeaban, algunos eran pisoteados entre la avalancha de auxilios y socorros y el caos parecía semejar los horrores que una guerra o un ataque nuclear podrían provocar.

Después vinieron los rayos, las ráfagas pasando de un lado a otro encendiendo y apagando las nubes como si en el cielo hubieran puesto una selva de focos intermitentes.

En cuanto la arena dejó atrás las últimas casas, se produjo la depresión, la lluvia comenzó a caer a cántaros y no paró. Pasaron muchos días hasta que el agua de las alcantarillas comenzó a  rebosar, sólo entonces nos pudimos percatar, por medio de la televisión y a través de las noticias, que en muchas otras ciudades del mundo se daba el mismo fenómeno.

Todos los días recibíamos avisos de lo que sucedía en otros lugares; nadie pudo explicar cómo se propagó aquel fenómeno natural y al poco tiempo todo quedó en el misterio.  Lo nuestro, comenzó de la misma manera espontánea como suelen darse los enigmas. Así como aquella incógnita de la vieja que le había dado por bailar sin parar allá por el medioevo, y que logró motivar a todo un pueblo a morir bailando como ella, así mismo, una tarde el tiempo comenzó a enloquecer, las tormentas no cesaban y de pronto las alcantarillas, los canales, los caños, las redes de saneamiento, los ríos, los lagos, las represas y todo cuanto contuviera agua comenzó a heder y luego a desbordarse.

La situación agudizó tan pronto se dieron las pausas entre una tormenta y otra. La primera vez que la naturaleza dio un reposo, nosotros y tal vez, todos los que vivieron ese extraño sosiego en diferentes latitudes, pensamos que había finalizado el diluvio. El sol salió de inmediato, la temperatura ascendió a grados inconcebibles y el efecto causante propuso una manera de vivir monzónica sin igual. Nos habíamos convertido en seres irreales que caminaban en el vapor de un mundo empañado.

Nosotros los niños no teníamos miedo, los adultos tampoco. Al principio la técnica y la seguridad de los gobiernos nos trasmitían confianza. El control, los protocolos de salud y de descontaminación parecían suficientes para diezmar la amenaza. Pero nosotros los niños éramos los que menos teníamos miedo, salíamos bajo la lluvia para ver mucho mejor los rayos horizontales rasgar de ida y venida el horizonte, nos trepábamos a cualquier poste a observar, debajo de la lluvia insistente, los fogonazos que se producían allá entre las nubes y que mantenían el cielo como en guerra. Corríamos felices y cuando el sol salía, nos desgastábamos en carreras alocadas por entre las calles desiertas para ser los primeros en salir después de los aguaceros. Pero en cuanto comenzamos a ver las ratas y los cucarachones gigantes atravesar, en la misma dirección alocada, nuestra ciudad, el miedo comenzó a parirse en cada casa. Claro que no duró mucho, pronto se notificó sobre las cuarentenas, sobre los muertos, las infecciones y sobre ciertas criaturas que comenzaron a salir del pantano y llegó el espanto.

Los primeros años no fue muy difícil sobrevivir, no se trataba de ellos, todavía no estaban o no se habían desarrollado, quizás, ni siquiera existían. En aquella época se trataba de una cuestión de salubridad y lucha contra la naturaleza. Los primeros en morir fueron los ancianos y los enfermos y los primeros lugares en declinar y ser clausurados fueron los hospitales.

Todo comenzó a oler a pútrido, a basurero y carroña y el bochorno que pesaba hasta entontar a la gente venía rancio y lo invadía todo. Algunas ciudades llegaron primero a esta fase y nosotros observábamos lo que nos pasaría por las noticias. Seis o quince días después, el caos llegaba a  cada puerta y dos días más tarde volvíamos a pegarnos, sudorosos y arruinados, a las noticias para predecir nuestro futuro.

Los ejércitos de muchos países se entregaron a una misión suicida. Millares de pelotones y brigadas eran transportados de un lugar a otro. De Asia salieron miles de destacamentos que fueron a parar a Europa, de Europa patrullas atiborradas de medicamentos atravesaron los océanos, cada vez más grandes, hasta dar con Oceanía. A África llegaron las escuadras norteamericanas y a Suramérica, el lugar más afectado, las unidades más especializadas intentaron salvarnos como si salvaguardaran a los últimos sobrevivientes de un terremoto.

La selva era el lugar más pútrido de la tierra. Todo se dio de manera natural, sin mucha sorpresa, fue, en realidad, como si un día viniera tras otro y así, como la vida normal, como si las cosas pasaran sin uno darse cuenta y todo fuera parte de todo. De un momento a otro estuvimos en el mismo centro del apocalipsis.

Claro que a la edad que yo tenía, que fue cuando se dieron las primeras lluvias, no tenía ni idea de los gobiernos o de la pobreza; era un chico y los chicos no nos preocupábamos en aquel entonces por nada. La cuestión se basaba en seguir manteniendo bien la casa, y en repasar las tareas pendientes para que cuando comenzaran de nuevo las clases no nos fueran a  coger por sorpresa. Todos los días había que revisar que no hubiera goteras, que las babosas, los caracoles, las tijeretas, los escorpiones y demás insectos de la humedad, no invadieran nuestro refugio, pero era imposible, un día amanecí con una sanguijuela pegada a las costillas.

Los años siguieron, los gobiernos dieron la lucha, se unieron unos con otros y se hablaba de un sistema mundial. Por primera vez se hablaba de un mundo unido, una cosa abstracta que no se la creía nadie. Sin embargo, sucedió, Las potencias como los Estados Unidos, China, Japón, Gran Bretaña, Brasil, Canadá, la India, los Países Árabes y hasta Suiza, se entregaron a una sola causa.

No podíamos hablar de ir a otro planeta, todo aquello de los extraterrestres, de las naves espaciales y las colonias en otros mundos, nunca llegó a suceder. La tierra nos ganó la carrera, o por decirlo de otro modo, se nos adelantó, porque no lo niego, si aquello hubiese demorado un siglo o unos cincuenta años más en darse, digamos, qué digo, ni estaría recordando esto, hubiésemos partido en naves y nos hubiésemos largado de este planeta y lo hubiésemos dejado a que se pudriera y muriera, eso habría sido todo. Sí señor.

Pero no sucedió así. Los rusos apenas estaban terminando una estación de combustible entre la luna y la tierra, los estadounidenses tenían dos o tres sondas y unas estaciones de transporte, compartidas con Japón y Francia, a unos cuantos millones de años luz, pero nada más, nada con lo que se pudiese decir: arranquemos y vámonos que aquí ya no hay más que hacer. Nada, no se podían empacar las maletas, ni acosar a los genios. La tecnología no pudo.

Estábamos completamente solos. Con un planeta pudriéndose. Así que el mundo se unió. Yo iba a poder llegar a viejo y decir que había visto la primera unión mundial verdadera. Yo, bueno… vi muchas cosas, soy quizás quién más ha visto cosas, pero ya no importa. Ya no.  No señor, nada, nada importa.

Ya no creo que este bunker pueda resistir mucho. Será cosa de unas cuantas horas para que den conmigo tal y como lo hicieron con mi abuelo y mi abuela. Se los llevaron por el techo, los jalaron y ellos aun gritaban. Mi abuelo luchó, pero eran muchos, se metieron por todas partes, yo pude ver todo porque estaba escondido en el bunker que mi abuelo me había construido.

Luego, a mí también me jalaron pero yo no grite, sabía que los que me sacaban no eran los mismos que se habían llevado a mi abuelo y a mi abuela sino que eran otros, los buenos, los tipos esos que salvaban a cuanto sobreviviente hubiera por ahí y que andaban como astronautas lanzando lavanda y detergente a diestra y siniestra. No importaba si eras pobre o más que pobre, no afectaba  en nada el hecho de que supieras leer o no, si tenías alguna enfermedad o si estabas manco, ciego, paralítico, si eras negro o rojo, estos hombres salvaban a todo el mundo. Fumigaban los pueblos, los campos, las ciudades, las casas, los baños y hasta los rincones más escondidos del cuarto, con una sustancia que olía a limpio, como a desinfectante. Lo sé porque el día que me rescataron, todo, de un momento a otro, comenzó a oler  a limpio. Ahí fue cuando me tranquilicé, cuando olí a limpio, porque sabía que eran ellos y que venían por mí,  y que nos les importaba que yo fuera negrito, venían, eso era lo que importaba y venían a salvarme.

Fue muy duro crecer así. La niñez la vives de otra manera y pasas de ser un huérfano inteligente a un espécimen y se vive siempre luchando y bregando por sobrevivir. Todo se convierte de un momento  para otro en una pesadilla, los días en cosas que no quieres saber que son días y uno empieza a olvidar aquella época donde los humanos éramos humanos y construíamos y teníamos ciudades y casas y una vida y uno se levantaba y sabía que al fondo estaban los huevos revueltos con cebolla y tomate y el pan y la mantequilla y el olor delicioso del chocolate y los juegos y el abuelo y la abuela. En cambio en este nuevo planeta, que comenzaba a parirse a sí mismo, uno no sabía que era lo que iba  a encontrar después del amanecer, uno descubría el mundo todos los días. Yo me sentaba en mi cama y miraba alrededor como atisbando y de pronto me daba cuenta. Siempre había algo nuevo, un caracol, un nido de arañas, unas babosas comiéndose la pared y  sobre todo, las especies nuevas, unos animales raros de aspecto de hongo de la madera, que mi abuelo solía llamar “Orejas de Judas” y que yo llamaba “Los bichos”. Yo los comencé a llamar los bichos porque me parecían eso, ya nadie se encargaba de clasificar, sabíamos que tenían vida porque un día amanecían en un lugar y al otro día en otro. Estas especies de animales u hongos con patas empezaron a emerger de los pantanos justo cuando se dio la extinción masiva.

Los pájaros se vinieron de golpe al piso. Los pájaros se caían, sin más ni más, tiesos como si el aire los hubiese disecado, los animales del zoológico sucumbieron y muchas especies de animales murieron de una forma trágica y rápida, invadidos por parásitos y bacterias que acababan con todo. El mundo estaba en alerta máxima, en menos 20 años se extinguieron más de 30 o 40 millones de especies, los vertebrados fueron los primeros, seguidos por algunos invertebrados, los 5 0 6 millones de especies de bacterias y hongos que existían, por su lado, comenzaron a reproducirse, a evolucionar junto con los virus. Se dio una mutación, una cosa horrible que no podía ser catalogada y que pululaba y nacía y se reproducía con rapidez por todos lados. Al final nacieron ellos, los hematófagos, una especie de homínidos pantanosos, oscuros como el petróleo y que daban la apariencia de estarse derritiendo en todo momento. Esta especie fue la demostración palpable de que otra evolución se estaba dando en el planeta, una, donde la raza humana ya no era bienvenida.

Todos los nuevos organismos que parecían estructuras complejas y evolucionadas de primitivas arqueas, empezaron a  prosperar extinguiendo el viejo mundo. Las células extremas aparecían donde uno menos se las esperaba y de pronto llegó una fauna grotesca con ellos, todos sedientos, posesos, sin capacidad de pensamiento o sin desearlo. Los primeros ataques los dimos nosotros, estábamos espantados. La primera noticia la alcancé a observar por televisión, una señora decía ante las cámaras que apenas lo vio, supo que tenía que disparar, que Dios se lo había dicho y que estaba bien porque ese ser empantanado no tenía nada que ver con la creación divina.

Los ataques comenzaron en el norte donde la sangre se coagulaba más rápido y luego fueron extendiéndose hacia las zonas tropicales donde la sangre corría a raudales. Nadie supo, en realidad, como se dio el apocalipsis. La biblia, y en especial el libro de Juan, se equivocaron, no fueron tres jinetes y trompetas y terremotos, sólo fue un cambio natural, una evolución que nos dejó atrás y que nos convirtió en alimento residual mientras nos extinguíamos.

Aquella noche en que se llevaron a mi abuelo y a mi abuela, yo veía un programa  de televisión. Llovía muy fuerte y los rayos, partiendo en dos el aire, me importaban un comino. A mi lado tenía dos bichos, los había convertido en mis mascotas y miraban la televisión conmigo, mirar es un decir, la verdad esos bultos ocres con protuberancias moradas como ganglios cancerosos apenas  si lograban moverse más rápido que una babosa o un caracol, pero creo que atendían a todo en su pose solemne de hongos pétreos.

El primer programa habló de los bichos, los científicos  que quedaban, ubicaban en un reino y en otro, en una de esas tablas de especies que solo ellos entendían, aduciendo al final que la nueva especie era inofensiva. Recuerdo que le grité a mi abuelo « ¡Ves  abuelo!, no hacen nada ». El científico lo acababa de decir, pero mi abuelo era muy escéptico.  

Recuerdo que esa noche antes de perderlo para siempre, mi abuelo sacó del bolsillo de la camisa una bolsa de plástico a rayas y de allí consiguió unos cigarrillos sin filtro. Mi abuelo tenía setenta y cuatro años pero aun fumaba como una chimenea, era duro como un roble. A veces lo miraba que enrollaba hojarasca en delgados revestimientos con los que se solía envolver el papel higiénico y otros días lo veía triturar o colgar ciertas plantas en la pieza donde todavía servía el ventilador y el aire acondicionado. Abuelo era un negro sabio. Sólo se ponía los anteojos para ver la televisión. Después de algunos años ya no hubo televisión, ni luz eléctrica, todo se descompuso, pero la noche que se llevaron a  mi abuelo y a mi abuela, teníamos televisión.

Las antenas, los satélites allá arriba en el cielo después de un tiempo, ya no sirvieron para nada porque aquí abajo ya no había nada a que enviarle señal y entonces, algunos, nos dedicábamos, en destartalados televisores de tubo modificados con paneles solares, en los tiempos secos, a mirar las noticias que habíamos alcanzado a grabar para entender un poco mejor qué era lo que había sucedido de verdad.

Mi abuelo me metió en el bunker que el mismo había construido para mí y dijo que esa noche nada nos pasaría. El abuelo y la abuela estaban convencidos de su amor y de su muerte.

A los que se llevaron a mi abuelo y a mi abuela se les llamó hematófagos, los científicos que los denominaron así decían que no podían considerarse a estos organismos como vampiros ya que el vampiro que también se alimentaba de sangre no tenía la misma estructura viva y evolutiva de estos seres, además los vampiros eran una creación de la ciencia ficción y eran producto de una mordida hecha por un no vivo, cosa muy diferente de los pantanosos hematófagos que habían evolucionado y respiraban y no necesitaba de ninguna mordida o de estar muertos para tener sed. Por lo tanto, no eran vampiros, eran hematófagos y pertenecían a una especie más como tantas otras enamoradas de la sangre. Pero cuando los hematófagos llegaron a nuestro pantano y se llevaron con voracidad sanguinaria a mi abuelo y a mi abuela para mí no hubo duda, eran vampiros.

Cuando me rescataron, el mundo seguía siendo mundo y la lucha por mantenernos y sobrevivir seguía en pie, todavía había esperanza. Las criaturas todavía no eran tan fuertes, tan agresivas y tan sangrientas, pero ya eran una amenaza, entraban a ciudades enteras y casi que las arrasaban, ya no se podían erradicar, cada día, los hematófagos, se hacían más enérgicos y en cada ciudad que era descontaminada por las compañías de salvación, se podía observar la voracidad. Lo que apenas quedaba tras el saqueo era un lugar devastado repleto de cadáveres secos como uvas pasas, completamente momificados. Nadie resucitaba o se convertía en vampiro, simplemente se fermentaba hasta pudrirse, sin sangre, sin alma, sin nada. Algunos eran devorados y lo único que dejaban eran los huesos. Otros sobrevivían,  pero quedaban mutilados y locos para siempre, luego de unos días se suicidaban porque entendían que no había escapatoria.

A nuestra ciudad llegaron aquella noche y en menos de tres horas acabaron con todo, los sobrevivientes fuimos casi todos niños, la mayoría niños que habíamos sido escondidos en los bunkers.

A mi abuelo se lo llevaron por el techo, yo pude ver, porque en esa época las criaturas todavía no podían oler la sangre, solo les encantaba matar y desollar los seres humanos. Pero con el tiempo supieron reconocer el olor de la sangre y entonces nos encontraban donde estuviéramos, en cualquier lugar donde nos escondiéramos.

Justo cuando comenzaron a  emerger estos seres del pantano, la lluvia cesó y los días eran radiantes, cosa que no afectaba en lo más mínimo a estos animales que buscaban con igual voracidad la luz y la sangre.

Yo creo que me van a llevar por el techo, así como lo hicieron con mi abuelo y con mi abuela, serán muchos, porque están ávidos de sangre, y yo, yo soy el último humano que queda, a ellos no les importa mucho matarse entre ellos o venirse encima mío como una jauría. Soy el último alimento, la última lata de conserva, pero no les importa.

Yo crecí luchando contra estas criaturas, aprendí a matarlos, a reconocer muchos de sus hábitos y a ver, cómo, cada día, se adaptaban mejor al pantano como mosquitos y sanguijuelas.

El mundo se fue reduciendo, no la tierra, la tierra se llenó de otra clase de seres vivos y hubo otro planeta, ya no el que yo había conocido con mi abuelo y mi abuela.  Ahora, todo, era en verdad un gran pantano puesto a secar entre los días sin lluvia, lleno de criaturas sedientas por la sangre y nosotros, los humanos, apenas si alcanzábamos a ser un puñado de todo lo que había sido el mundo, pero luchamos, como los dinosaurios, como el oso de anteojos o el tigre.
Se dice que el último reducto de gente aguerrida se dio en África, allí el pantano le costaba todavía y aquellos negros como yo estaban decididos a todo.

Yo soy el último hombre vivo sobre la faz del planeta, no hay más, no hay antídotos, ni islas con sobrevivientes, ni un final mesiánico para mantener la especie. Yo soy el último espécimen que fue marcado antes de que se supiera que quedábamos unos miles. Yo soy el único de los cientos que fueron escondidos  por estar sanos completamente, y fui protegido por los últimos hombres que sobrevivieron sufriendo alguna enfermedad o estando incapacitados. Ellos entregaron sus vidas hace unos días y eran el único muro humano entre los hematófagos y yo: el último hombre.

Yo quería vivir un poco más,  todos siempre queremos vivir un poco más.

Recuerdo que el día que se llevaron al abuelo y a la abuela alcancé a ver a más de siete hematófagos intentando penetrar por el agujero que habían hecho en el techo, los brazos por entre el hueco del tejado se desesperaban por agarrarlo, tiraban de la cabeza y la voz ronca y anciana de mi abuelo los maldecía mientras mi abuela, blanca de terror, era despedazada.


Ya vienen por mí, ya han logrado agrietar el techo y la puerta. Tal vez están utilizando herramientas, quizás ya están pensando. Cada día evolucionan más. La puerta está a punto de caer y el techo de ceder. Ya veo asomar una mano, dos, tres manos, soy el último hombre y no grito, sólo maldigo. Ya me agarran, ya me jalan, como aquel día, que se llevaron a mi abuelo. 

  


sábado, 20 de octubre de 2012

Zatoichi





De nuevo el gran director koreano Takeshi Kitano nos impresiona con una obra épica, en esta entrega, asistimos al drama de un samurai ciego que busca camuflar su pasado marcial a través del oficio de un masajista. La historia está centrada en ese ritmo tan reconocido de la violencia estilística del Kitano donde la sangre y el poder de las imágenes están subrayadas a pie de página por los paradigmas emocionales de los personajes.

Más allá de enfrentarnos ante una película de guerra y venganza, nos encontramos con una fotografía sesentera al mejor estilo de los clásicos ahumados de los trailers americanos que si bien logró remarcar Takeshi en Sonatine.

La fotografía y el planteamiento de una narración que va trascurriendo en el desamparo y en la incertidumbre recubre cada plano con la formidable actuación de Kitano como el samurai ciego.

Nos encontramos ante una opera sensacional y melancólica, una película que subasta en el mercado de las mejores historias asiáticas.   

martes, 16 de octubre de 2012

LÍRICA




Calíope

Un grito para desahogarse puede silenciar el mar de las caracolas.
Aquella noche la lluvia parecía mecer un abismo como queriendo olvidar
Pero la gran desazón de los centinelas consistía en aferrase a los derrumbes
No había mundo para renombrar los calendarios o inaugurar el patio de recreo.

Ellos caminaban como una procesión injusta que no perdió su turno en el cadalso,
Yo estaba despertando, creando el universo entre la penumbra y la inocencia,
Ningún pájaro cantó, sólo un hombre se arrojó de lleno contra el olvido.
Aquella mañana pudimos desayunar en el paraíso.

Erato

Se obsesionó en definir las trasparencias sin reconocer la importancia de las aristas
Ese fue el legado que una vez nos dejaron estas cenizas pegadas como sombras en las despedidas
De ellos aprendimos que el rocío puede arder justo antes de que se pronuncie una presencia
Y también, que los muros son como animales muertos al lado de ciertas maneras de vivir.

Entre tanto, en aquellos días, los nubarrones parecían encontrar una música extranjera,
Algunos solíamos fugarnos hasta que la fatiga ya no podía tener nombre.
Quemamos la corteza de un árbol petrificado parecido a la zozobra
Y entonces agradecimos por reconocer que esta manera de destruir no era otra cosa que el deseo.
Después enterramos cada uno de sus helados y rígidos objetos: nunca pudimos darles un uso.
Reímos con la última palada y fuimos de nuevo a jugar con cosas menos inservibles.

Polimnia

Yo profané un futuro y ahora todas las noches tengo que llorar para olvidarlo,
Lo que vi no está dado para utilizar como prenda de amor en la fogata
Ni se puede llevar de camino como quien cuelga a su espalda la felicidad,
Simplemente merodeé por un clima tísico, que no daba lugar a las dudas de un final.

Todavía hay algo de esa harija inquisitiva poblándome las maneras de ser feliz,
Los días los espero con irresoluta cordialidad, sé que son los míos, los últimos.








Mito.




Su mano era el silencio extendiéndose, acariciando los objetos.

A veces, esto lo insistieron, su sombra dejaba caer un talco sobre el alejamiento,
Era la hora más esperada para considerar de las distancias sólo el arrepentimiento.

Sobre esa tierra de orillas y extremas limaduras de playa naufragando
El hombre varó estrepitoso de espuma y de algas como si hubiese atracado en el olvido.

Cuando removieron el ataúd, un olor escapó de nuevo al mundo
Y todos comenzaron a inventar una oración para mitigar la incertidumbre de saberlo un espejo.

Encontraron letras en la penumbra de su pectoral y desistieron por ello de atribuirle los días,
Supieron que los ojos de ese muerto habían avizorado la noche más que cualquier otra desgracia
y entonces le Inventaron el timbre de su voz y aprendieron a escucharlo en la soledad.

Su tiempo fue como el pan que acaba de salir de un horno un amanecer después del Apocalipsis.

De nuevo, hubo martillos para sellar la imagen de esa trasegada descomposición
Y olvidaron que antes de arrimarlo a su suerte se ilusionaron suspendiendo en él sus dilemas.

Sin embargo, las mujeres no dejaron nunca de recolectar los crepúsculos canturreando su sombra.
Un día se habló tanto de la vida que le inventaron que fue necesario llorarlo para poder dormir.

Al final, todos partieron sin dejar un epitafio tenaz para nombrarlo en la ausencia.   

El candado fue puesto justo antes de que despertara y fue como si nada hubiese pasado.

Mudos, repletos de dudas,  lo devolvieron al mar; entre las olas se fue alejando el mito, ineludible.

Lección de historia



Siempre hemos existido como un instante
No podemos recordar más allá de la sangre
Pero sabemos de otros que pisaron el barro.

Primera lección: ¡sobrevivimos!

Venimos de estar desnudos
Animales y paisajes nos permitieron los sueños
Y por debajo de la noche hubo hambre.

Segunda lección: ¿alimentarnos?

La caricia fue un accidente
El refugio una consecuencia del miedo al viento
Siempre nos gusto el fuego para reír.

Tercera lección: reproducirnos,

Había necesidad de golpear lo invisible
Entendimos que un dios era un pretexto para morirnos
Y emprendimos el viaje de las flechas,
Absortos mirábamos el corazón violento de las piedras.

Cuarta lección: (pelearnos)

Una mano hizo posible el lenguaje de la rueda
Voces empotradas al cristal nos mintieron
Y creímos en la fertilidad del plástico.

Quinta lección: inventamos:

Vimos huesos que perdieron el nombre
Y recuerdos que fueron vistiendo la ceniza
Aprendimos a orar con la tristeza.

Sexta lección: envejecimos.  

La nada se convirtió en un enemigo con guadaña
Debajo del detritus reconocimos nuestra letra
Nunca pusimos un epitafio, había esperanza.

Séptima lección: había una vez…






lunes, 15 de octubre de 2012

Instante




Ella dice cosas vestidas
Como un dolor partiéndose
Y la noche refleja murmullos:
Es la lluvia serenándose.

Ella intriga palabras perdonadas
Como si fuese a morir de sueño
Y el día manifiesta consuelos

Por la calle pasa un grito
Ella no envejece
Y no sé qué hacer con el aire.

Desnudos, somos más.
El balcón tramita el secreto.

Parusía.




Se me rompe el ayer como una ineluctable porcelana profana.
Me han dicho que es cosa de Japeto o
De alguna pálida palmada venida desde el fondo
Pero se me eriza con perseverancia lo desleído,
Lo meramente cómico salido a pasear entre el malestar de la hojarasca.
Un canto de sinsajo me atormenta en el eco de esta fortaleza
Y el jaguar es un ojo miope por donde son bautizados ciertos iniciados.

Un día morí de hambre sin alcanzar a reconocer el corazón fuera del pecho;
Esta bien que la llanura se torne de ausencias o niebla venida de los que esperan:
La gravedad en medio del viento es solo para los que han emprendido el riesgo del amor .

Se afirma que hay un pedestal, la lágrima propuesta para encabezar un olvido,
El color negro no sabe de las sombras que se extrañan, menos de una piel perseverando.
El despecho es como una botella olisqueando el paso de los tangos estrellados en las nubes
Y es verdad que si se aprieta duro un beso puede llover en una estrella parecida al recuerdo.

Yo he movido fugaces noches como si fueran estepas interminables donde siempre es de lobo
Y en el arco he lanzado el furor del frío y la soledad que consienten a cualquier salvaje.

Pero hablemos de cosas que no puedan estar ya entre las líneas de las manos,
Concedamos a esta mirada un rosicler para tamizar la harina justa de las tizas,
Pongamos el grito como un muerto declarando el miedo
Y sintamos en el vientre el despertar de un espasmo,
De la mera sonrisa aceptando la lluvia en las despedidas.

Me dicen que no está bien  pensar en voz alta en la copa de los árboles.
Pero que puedo hacer contra la marea de las cosas perdidas,
Mi amor es como el sabor de los mangos en la noche.

Hay un dedo señalando, hay un dedo a punto de tocar un seno.
A veces la presencia consiste en pensar un nombre.

La sirena se desnuda los hombros y los borrachos dejan de escupir al océano.

Ambos sabemos que esa fabula no existe, pero alguien escribió el poema.

Se me rompe el ayer como si fuera un ineluctable espejismo, 
Me han dicho que es cosa de un suspiro reprimido en el fondo de las ganas o
De alguna blanca caricia proferida en la distancia.

Pronto amanecerá y volverán las cosas de siempre a proponer el día.

Nunca sabré que hombre fue el que se reflejó en tus ojos.
Toca el violín hasta que responda el silencio. Dispersa.

Ojalá el deseo tenga listo el beso para el rincón del desmayo.

domingo, 14 de octubre de 2012

Vis-à-vis






Me duele el saco de los huesos, de los mocos,
Del aire puesto como espacio entre cada frío y tambaleo.
Me saca de quicio el trámite de los días con búsqueda,
Hollando la intención de las estimas, del trago que imagina,
De la palabra que se enmudece por debajo de las ganas.
Yo soy un “a veces” pero también un “sin embargo”
Y comprendo esto de saberme insatisfecho, desmedido,
Más no por ello dejo de sentir esa vergüenza, y el pecado de saberme,
De hacer cosas propuestas para locos y olvidados.
Poco pregunto, pero tengo la cotorra para apagar un deseo,
Para que se aburra el amigo o la mujer en la sonrisa;
La vida ha crecido encima, con su enfermedad, con su cansancio.
Afuera está siempre el mundo con su árbol, su humano caminado,
El perro, la nube, algo de refugio y afán y el trabajo y el mal,
Y la vejez como advirtiendo y los muertos afirmando.
Afuera están esas cosas solamente, lo otro es un baile,
Un cuento, una distracción como el dinero,
Y a veces el amor que miente tan sincero.
Y yo me palpo para saber si es que de verdad no he desaparecido.
Aprendí que la curiosidad hace el talento, crea garabatos,
Produce el sueño. Pero lo importante está en no decirlo,
En buscar con quien arrugarse a solas, con quien poder tocar el miedo.
Al final poco importa tanta corteza para calcular el polvo
Si la mejor obra se hace desnudo y gimiendo y luego retozando.
Pero nos inventamos otros pretextos para no sentirnos tan completos,
Se sale de tener los ojos cerrados, para huir o abrir caminos
Porque siempre se busca una manera, la forma para perdurar,
Para continuar cierto fantasma que habite el desamparo.
Yo me siento tan antiguo que me pesa la mirada como un fósil  por dentro,
El dinosaurio fue un juguete o una pesadilla o un paisaje o un dinosaurio
Pero más acá del colmillo estaba lo rotundo: el árbol con ese desierto de ramas insistiendo,
La pisada inevitable, el horizonte sin un fin para amortiguar la ausencia y el cascajo
Como otra huella para permitir entender la quietud y el silencio tan leal a los perdidos
Y los huesos, configurando la mano, intentado no estar solos,
Buscando, insistiendo todavía, por entre este cuerpo, el cielo tan inexplicable y vasto.
Yo me quedo a veces desmoronándome, erosionándome hasta que sólo pase el viento.
Pero está el amor, que me salva de olvidarme. Por eso te beso.

Quemar después de leer




Me encanta ver a Brad Pitt cometiendo ridiculeces, es grande, es formidable, el papel de loco temerario que ejecutó ene 12 monos es inolvidable  sin embargo en esta película la idiotez es su fórmula, una película con grandes actores haciendo un clásico de lo absurdo, una forma de demostrar que el buen cine no depende tanto de un gran guión sino de una gran interpretación, muy buena comedia al mejor estilo Los hombres que miraban fijamente las cabras.
Un elogio a las películas de Monty Python y a Snatch.

Looper




De nuevo el héroe de Lágrimas de sol, 12 monos y La jungla de cristal regresa para hacer un papel secundario donde lo que cuenta es su madurez como perro viejo del cine y donde su importancia cobra vida al enriquecer y engrandecer la actuación de la joven promesa Joseph Gordon-Levitt que no me llena todavía con sus actuaciones tanto en comedia como en el género al que al parecer está terminado por vincularse. En esta película de ciencia ficción los viajes al pasado esta vez se dan desde el crimen y la mafia,un filme que no amarra del todo y que a veces se oscurece, sin embrago la actuación del niño y ese desenlace que uno ya imaginaba desde el principio logran el drama que uno esperaba.



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Me encantan este estilo de películas de ciencia ficción que buscan siempre al mejor estilo Donnie Darko, la maquina del tiempo o sencillamente Deya vu, cambiar los acontecimientos de la realidad. En esta película asistimos a el ensayo de frenar un atentado y también a la posibilidad de utilizar gente muerta con los 8 minutos restantes de actividad cerebral para utilizarlos con cajas negras del tiempo. Una película que entretiene más allá de sus generosas imposibilidades.

Enter the void






Hablar de "Enter the void" es hablar de drogas y misticismo y por supuesto es hablar del cine de Gaspar Noe tan corrupto de locura temible estilo psicodélico. Esta es una de las mejores películas "ácidas" y una promesa de amor; la mejor manera para verse desdoblado, para saber que existen las películas etéreas. Un filme donde el "Dmt" es el protagonista. Así como en "Irreversible", uno debe sentarse con cierto rigor metódico y escatológico en este filme debemos por salud mental estar preparados para recibir una sobredosis de locura. Esta clase de películas hay que verlas preparado. su comienzo es ya raro, los planos disparatados, las secuencias rápidas y lentas y esos formidables planos de los elfos de la máquina hacen que uno vaya proyectando el mundo de la droga que va a habitar. 

Todo parece estar como en tercera dimensión o por lo menos reflejado bajo los colores que hacen que uno sin gafas perciba la imagen tridimensional. La técnica es aplastante, marea, genera vértigo ya que toda la narración está levitando. 

En síntesis podríamos hablar de un muchacho europeo adicto  a las drogas que viaja a Japón, hace algo de dinero y recupera a su hermana, hasta ahí es una historia normal, sin embargo la historia no comienza así, tal argumento es lo que podemos inferir tras los sucesos que se desarrollan en esa pesadilla que es el morir. 

La muerte es el desencadenante de un sistema atemporal, de un aleph que refleja emociones y sentimientos; Gaspar, nos demuestra de esta manera que estos dos constructos y motores de nuestra existencia están ligados a experiencias que por rebote se convierten en improntas de un concepto que fractura el mundo vivido.

Enter the void es una invitación a un vacío, es entrar a la "caja negra" de una mente, es entrar a lo que somos: el recuerdo, donde no hay nada palpable, donde sólo es posible la recreación, la incertidumbre y el remordimiento. Pero hay algo más Gaspar, nos insta a ser espectadores de la ilusión y del desamparo, asistimos quizás  los recuerdos futuros, es posible opinar que las imágenes del presentes, espiadas y sufridas por el limbo no son más que proyecciones que quedaron de una vida que tenía tales sospechas.  

Una muerte que se va convirtiendo en olvido, un espíritu que no logra ser "Ghost, la sombra del amor", pero si una película, un espíritu que encarna las preocupaciones sobre lo que puede ser el túnel de la luz y la zozobra de quedar prendados incorporeamente en ningún lado, crudamente, fatalmente.

Solaris

  




Para hablar de Solaris hay que remitirse a Andrei Tarkovksy quien elaboró la primer versión de esta cinta. El director ruso logró con una sobriedad característica de su estilo dar con el secreto del planeta que enloquece. 

Sin embargo Steven Soderbergh no se quedó atrás y con su remake engrandeció el filme llevándolo a ser hoy por hoy una de las mejores películas de ciencia ficción de todos los tiempos. 

Una gran película donde ahondamos en el abismo de los deseos humanos, en sus temores y esperanzas. la locura a veces como otra forma de la pasión. 

Es recomendable leer el libro de Stanislaw Lem para comparar hasta que punto los dos directores logran mostrarnos el mundo de un escritor.

martes, 2 de octubre de 2012

INMANENTE




Más tormentoso que sentir en mis escápulas
El peso de unas alas pudriéndose,
Está el hecho del espanto,
del no verlas en el reflejo del espejo,
de transitar los días
con la sensación de estar habitado por un ángel.

A veces el miedo consiste
En meter la mano y saber que no hay nada adentro.
Que no se puede pensar,
Que todo viene de afuera y se va para afuera
Y que al final en este cuerpo todo es desierto:
Un inhóspito lugar donde solo pasan los días.

A una piedra al menos le tiembla el corazón.
Aquí la sombra se endureció por el frío.

Yo he visto desfilar por las calles a seres completamente vacíos,
Los he espiado deambulando fuera del llanto
Con sus agresivas formas de tragar la soledad.

Es que a veces la autopsia se hace en carne viva
Y la lectura de los ojos cumple con todos los votos del desprecio.

Hay que sospechar de la sensibilidad,
Yo he leído mi mente como quien lee un diario ajeno
Y entonces he comprendido la angustia de no tener respuestas.
Pero hablo de una ilusión, de la fe que es también una ausencia.

La imaginación es un dado que siempre cae de espalda,
Y nadie puede contra el poder de estar solos.

La agonía es la conciencia de no poder aferrarse a nadie,
De resbalar hacia el fondo, de caer aunque todos nos extiendan los brazos.

Esta escritura sabe también del desamparo,
Está deshabitada,
Abandonada como un espejo en la habitación de los huéspedes;
Algunos días
Uno que otro ente despavorido se acerca inútilmente al reflejo
Con la esperanza de encontrar al hombre que olvidó sus alas.
Pero este cristal no tiene un dentro…
Hay soledades que solo encarnan el vacío.




lunes, 1 de octubre de 2012

TAHAFUT–UL–FALASIFA


Hay que escribir poemas en las entrañas
Z.V.

Para
PunkFluid alias “Geison”.


Poema de la autopsia con técnica parautilitarista sobre la explicación del origen del quinto biotipo fórmico: El hispersensible.






"Imaginándose que la tragedia no es otra cosa que el arte de elogiar..."
Averroes

Pretexto
Según Roland Barthes en "Introduction to the  Structural Analysis of Narratives" (1982), el análisis textual produce una "estructuración móvil" que es significativa. Si se toma un texto (una narrativa) debe leerse intentando localizar y caracterizar las formas o los códigos que hacen posible su significado.
Alfredo J. Sosa-Velasco


AGÔN
EL MITO DE LA CULTURA QUE SE DESCONOCE

Él, en su “drama”,  buscaba a Averroes; Averroes, buscaba en su “tragedia”, el significado de las palabras. Buscador y buscado nunca se encontraron, y envejecieron, cruzándose, más de una vez, entre las calles. Llegados al “éxodos”, olvidaron su “búsqueda”, y al final de sus días, percibieron la “locura” y murieron felices,  cada uno en su tiempo, como sabios de "la aldea", luego, fueron eternos, con sus estatuas y su propio córdax para honrarlos. He ahí la comedia.
Z.V.


Señal de cuervos.

 “Esas dos palabras arcanas pululaban en el texto de la Poética; imposible eludirlas”.
Borges


Explicación del arte con "furia elocuente" y sin "lenguaje agresivo"



Es como cuando se mira una camisa infamada por un artista y se dice: Este ojo, no es un ojo, es el centro metafísico, la estética, el aleph, una mancha impresionista, el himen, un elfo de la máquina, el mándala, el anarquismo, la "destrucción de la destrucción". Una mierda!!



I


Entonces como ahora, el mundo era atroz; los audaces podían recorrerlo, pero también los miserables, los que se allanaban a todo.
Borges

Saca de lo profundo de tu aljibe
La palabra silenciosa,
Admite de una vez que errar
Fue mejor que bautizar la tierra.

Alguna vez añoraste el paso de los huesos
Como si fuesen una estampida que va por tu corazón
Pero aprendiste la forma de transportar la imaginación.

Cada pérdida fue diezmada por una ofrenda de lobos
Y en aquel tiempo el altar era sólo sobrevivir.

Mirar un camino es arriesgarse a quedar inmóvil en algún precipicio,
Pero valía más la pena considerar que podía existir la libertad.

Ahora estás más lejos del abandono,
Extrañándolo todo con los ojos auscultando fantasmas.

Yo sé muy bien del color que se desploma para que entre el alma
Y entonces no hay manera de silbar un recuerdo.

Saca de lo profundo de tu escritura
El agua que no aprendió nunca a ser transparente
Y que es consolada en las noches, por aguaceros negros .

De todas maneras hasta el diablo,
Al crear el infierno,
Se ganó el cielo.


II


–Los actos de los locos –dijo Farach– exceden las previsiones del hombre cuerdo.
Borges.

Sin embargo, soy mortal
Y a veces no se que hacer con el infinito.
Cada perro suelto consigue hacer un “agujero en la izquierda”
Como cuando alguien aúlla, y todos reconocemos el canto.

Será quizás que llevamos la mirada  del coraje,
La mirada que Eva lanzó al ángel hasta devastarle su espada.

Hay ciertas historias que tienen la verdad detrás del paraíso
Y la manzana sólo puede  ser un olvido.

Dicen que heredamos la razón, el bien, el mal,
Pero a veces vago por el mundo como si no lo supiera
Y entonces comprendo porque un perro puede explotar una estrella.

Todo lo he vivido 
sin memoria.

Me falta caminar para poblar el universo.



III


Más poético es el caso de un hombre que se propone un fin que no está vedado a los otros, pero sí a él.
Borges.

Sólo desaparezco cuando vuelvo al humano,
Cuando el ordinario prestigio me quita la barba
Y recupera mis ojos de alguna inhóspita melancolía.

Prevenir estos consultorios de la profundidad
Ha sido el más avasallante ejercicio.
Más consiento que hay un lugar donde no existimos.

A veces hay que soñar con un objeto extraviado,
Presentir que se nació con la mirada siempre sospechando
Y con ciertos sentidos para tolerar lo invisible.

Recientemente, tengo el presentimiento de que no hubo sombra,
Sorprendo, atacó y en la resaca, un hombre desaparece.
He ahí la tragedia.

El elogio parece provenir del derrumbe.
Nunca se sabe que pasa
cuando se chasquean los dedos.