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sábado, 23 de julio de 2011

DIATRIBA CONTRA LOS FALSARIOS




Hay un error común en nuestra época y en todas las épocas de la historia, dicho error compete a la incrustación soberbia de un deseo que históricamente ha entablado una visión amorfa o distorsionada del universo moral y ético entre los hombres. Definirla es casi imposible más puede describirse bajo calificativos que den una idea de su significación y de su alcance perpetrado en las troneras más ingenuas del alma. 

La envidia y la emulación hacen parte directa de este juego perverso con que los hombres han buscado defender su orgullo, su improductividad y su falta de talento. Por un lado el deseo de algo que no se posee es una manifestación natural del comportamiento y la imitación y el deseo de igualar o inclusive, superar estas carencias, ha enriquecido los sentimientos del ser hasta el pináculo de generar creencias y prejuicios y en ciertos casos, perjuicios que ulteriormente han  conllevado a una división de castas espirituales en cuanto a las destrezas y habilidades.

Esta clasificación también ha demandado un protocolo que cada generación, atenta a las figuraciones de su propio desencanto, se ha encargado de enriquecer hasta convertirla en reglas de una urbanidad empotrada en el alma del talento.

No obstante se le dice al hombre como debe comportarse si tiene o no talento. Hay una etiqueta básica de conducta tanto para aquel que carece de un don como para aquel que "por gracia de dios o el demonio" como decía García Lorca,  le ha sido concedido.

Así y no de otra manera en la actualidad como en el pasado la figura del ángel rebelde, del talento sin vergüenza, es discriminado y en consecuencia sus acciones son tomadas como gestos vulgares nada agradables de un “alguien” que no hace honor de la responsabilidad que carga.

En síntesis, la posesión de un talento debe estar acorde a un determinado comportamiento social o grupal, a una tendencia cultural que mide, por esta capacidad de proceder social, el mismo don.

Pero este gesto despectivo hacia la existencia desordenada o irregular respecto al imaginario que debería comportar un talento frente a la sociedad se debe al hecho mismo de quienes promulgan este carácter. Los personajes que carecen de dicho talento se oscurecen y por lo tanto, su obsesión por tener lo que es natural a la genialidad, los lleva a idolatrar la habilidad faltante hasta el punto de que en su obcecada terquedad por conseguirla creen que sólo es posible merecerla a través de comportamientos hieráticos, rectos, enclaustrados a una vida casi mojigata y célibe.

Codearse con este tipo de gente concede instantes de comicidad sin par. Agrupados al sentimiento descalabrado  de sus ilusiones juegan con situaciones sociales donde sus ensayos dejan en claro el propósito disparatado de sus privaciones. Sus eventos sociales se apretujan bajo cromos estilizados que ensalzan determinado arte o ciencia y donde predican el urbanismo de cómo comportarse ante esos dones.

No son personas malvadas, viven bajo un soberbio sentimiento de ira aplacada por el escudo de la envidia y la impotencia. 

Esta categoría debería denominarse con el título de "Los Salieri de la humanidad". Al igual que el resentido compositor, los hombres y mujeres que construyen un código de honor respecto a la admiración por determinado talento los lleva a pensar en los aspectos hieráticos del oficio que pretenden en lugar de cultivar o pretender hacer germinar en ellos dicho sueño.

No escasean del todo de talento pero si de la “inspiración auténtica”, esa característica fundamental que Coobs le menciona en la cafetería a su iniciada arquitecta en la película Inceptión y que determina la genialidad y ulteriormente el librepensamiento de una mente sublime.

Para los salieris este noción originaria del talento no es comprensible, para ellos la mejor sentencia sobre el don está signada a la frase de Flaubert que solía decretar  "que el talento no es más que disciplina".

Para Salieri, Mozart era un vulgar con talento, como para la burocracia británica Wilde no era más que un dandy despreciable y homosexual, así como Dalí para los españoles, Poe para la crítica Norteamérica o Becket y Joyce para los irlandeses.

Los salieris se escandalizan ante estos monstruos, ante estas ordinarias criaturas que poseen lo que ellos tanto envidian y tiene todo el derecho para alborotarse.

Es claro este gesto, no cualquiera se banca a un genio que en cualquier instante le da por soltar carcajadas y comportarse como un niño o un ebrio. Fernando Savater decía que "los libres pensadores eran aborrecidos cuando estaban vivos por sus contemporáneos". Al parecer tiene razón, a las personas les es difícil razonar con un alguien que tiene talento pero que vive tan despreocupadamente como si no lo tuviera, esta falta de decoro es imperdonable. Al respecto y para ser más explicito citaré las palabras de Savater, dichas ante el auditorio de la Fundación Juan March en su conferencia “El librepensador”:

 “me gustaría que hiciéramos una cierta comparación entre lo que fue ser librepensador en la época clásica de libre pensamiento, que nace con la ilustración, con el XVII y en que sentido hoy podemos seguir hablando de un libre pensador, del librepensamiento y hasta que punto deseamos y admiramos a los libres pensadores porque hay mucha gente que admira los librepensadores del pasado pero detesta los del presente y cuando se habla del libre pensamiento, pone los ojos en blanco si se está hablando de los enciclopedistas o del pasado pero en cambio cuando se encuentra o se tropieza así en vivo con un  librepensador actual, les parece un personaje detestable, subversivo, peligroso, ambiguo y todo lo demás”

La conclusión es reveladora: “No ha todo el mundo le gusta los libre pensadores cuando se los encuentra en vivo y en directo”

¿Pero por qué no les gusta?, pues precisamente por que detestan esa desparpajo con el que una persona de talento va por la vida.

Es evidente que para los Salieris el talento no es algo que se improvisa, la manía de los que pretenden un talento se basa en ir por la vida dejando a un lado la vida, en tener un menosprecio absoluto por las cosas simples, por lo ordinario y lo vulgar, por poseer un odio acérrimo contra los comportamientos impulsivos y naturales y por mantener una obsesión por la disciplina como único salto de fe para poder tener el genio.

La no comprensión del hombre de talento está signada por aquellas personas que se sientan y se obligan a escribir, pensando, que así podrán lograr lo imposible sin reconocer que quien se obliga a algo, de hecho, ya está dando por sentada su derrota.  Obligarse a escribir es sin duda demostrar que no se sabe escribir.

Quien sabe que tiene un don, no se preocupa por él, por pulirlo, por pasar horas y horas intentando ser, a través de su talento, algo genial. Sólo espera sus crisis  creativas y se aliena del mundo cuando le llegan, para ser otra cosa, el médium, el artesano de lo imposible. La persona con un don sabe que lo tiene, que puede en cualquier momento demostrarlo y utilizarlo, que es algo innato en él,  a veces es hasta una maldición porque cuando le es necesario lo enferma del mundo, lo enloquece, lo obliga a consumar un rito obsesivo, maniaco y torturador.

Por eso el hombre que tiene un talento se comporta como se comporta, porque decide vivir, sentir hasta el hastío la vida. Un hombre con talento innato se despreocupa de su talento porque quiere conocer otras cosas, quiere vivir con intensidad otras cosas de las cuales carece y poco le importa si debe o no comportarse adecuadamente para conseguirlas.

Por eso a los Salieris, a esos falsarios que viven a acorazados en una catapulta de desprecio y conducta despectiva total ante personalidades simplemente geniales, es conveniente, entonces, citarles un párrafo del escritor Javier Marías que sufriendo este mismo percance en su defensa arguyó:

“Para aquellos que ven falsedad entonces en aquel que tiene talento pero se comporta como un idiota, que parece falso al contradecir su don con su personalidad, a los que observan la personalidad de un hombre así como un acto que no es confiable es necesario entonces decirles al oído que lo más importante no está en el hombre que perplejamente deja por el suelo aquello que es su genio, la vida de un genio poco importa, lo verdaderamente importante se establece en la admiración por lo que hace con su don cuando lo utiliza el resto es mortal y como mortal debe ser dimitido.

Vale más aquel que teniendo talento no va por la vida diciendo o aparentando una disciplina espantosa para demostrar que lo tiene, que aquel que se la pasa tras una máscara de rectitud y alabanza idiota incomprensible hacia aquello que no puede, que no logra ser”.

Creo que Marías lo dijo todo sin embargo debo completar: para aquellos seres que no logran comprender y aceptar al genio y que se pasan la vida como el Salieri de la película Amadeus, debo decirles que el inconveniente de su vida se establece por su misma actitud egoísta de no aceptar lo inevitable.

Borges solía decir que "un gran escritor es aquel que escribiendo hace parecer todo sencillo, porque cuando algo esta muy bien escrito no sólo es sencillo sino inevitable".

No hay misterio en una persona con talento, no hay que crear una etiqueta o un protocolo, la vida está muy divorciada del talento aunque las dos se enriquezcan mutuamente. El comportamiento extravagante de una persona genial nada debe alarmar. Estas personas son simplemente seres que dejan a un lado la seriedad y la frialdad de las etiquetas porque como niños buscan asombrarse de las maravillas que tiene el mundo y no de la formalidad y parquedad de este. El talento es algo que está, que nace, que es auténtico y que no determina el comportamiento de quien lo tiene,

Los Salieris deberían recordar que “No todo rostro serio es razonable”, deberían aprenderse de memoria este aforismo de Lichtenberg, deberían poner esta frase ante el espejo para leerla todos los días a ver si así comienzan a sonreír ante los disparates de los genios y a comprender que la verdadera falsedad no está en quien se comporta como si fuera un idiota con talento sino que la verdadera “imbecibilidad” está en pretender pensar que un talento debe comportarse de tal o cual manera.


martes, 19 de julio de 2011

At-Swim-two-Birds


Un clásico realmente envidiable.

La primera intención que me llevó a  acercarme a la obra de Flann O'Brien debe su encanto a Internet.  Después de algunos años, no he podido dejar de ser esas dos clases de lector que tan exactamente definiera Arturo Cruz Kronfly, ese gran colombiano, maestro del ensayo. Durante largos períodos he sido un consumado literato hedónico y en otras un indiscutible lector lúdico.

Antes de que Arturo me persuadiera con su tesis, Borges ya había logrado definir mi asombro por la literatura con su gesto nada humilde de llamarse así mismo tan sólo un “lector hedónico”. Sin embargo, tiempo después, la tercera categoría de Kronfly comenzó su delirio en mi ser.

De un tiempo para acá he comenzado a sentirme cada vez más agónico. Sin lugar a dudas, el lector agónico existe. Ese lector de las orillas, del límite, que explora, desesperado, nuevas regiones literarias en busca de algo que lo conmueva, de algo innovador y sorprendente que lo deje pasmado y lo devuelva a la infancia, al asombro algún día inevitablemente nos alcanza. 


Increíblemente de un día para otro comencé a sufrirlo. A sufrirlo realmente como si se tratara no de una evolución dada por el gusto lector sino de una enfermedad o adicción que necesita ser curada o satisfecha.

Un día navegando por internet me encontré con una reseña de un libro que el lector insistía, sin conocer mucho del autor, merecía la pena recomendarse por la técnica y frescura que contenía.

Me llamó la atención su reseña; argumentaba que el libro presentaba a un escritor deseoso de crear una historia pero que los personajes de esta después de un periodo determinado comenzaban a rebelarse y a crear su propio destino hasta llegar a inmiscuir dentro de su libertad ganada al mismo escritor.

Este argumento me fascinó, de hecho, ese pequeño comentario junto con el indescifrable título del libro hicieron que buscara por toda la red la forma de descargarlo y leerlo.

Fue fácil dar con el autor en cuestión, no sólo bajé el susodicho objeto de mi curiosidad sino que el fructífero Internet me dio cinco obras más de este raro personaje.

Comencé entonces la lectura de At-Swim-two-Birds. En el prólogo se me informaba acerca del origen del título del libro, esa frase o palabra, más señal y referencia para marcar un sitio determinado de la historia gala, me cautivó.

Las distintas traducciones no han hecho más que intentar llegar a un acercamiento semiótico del signo en cuestión, o sea, han intentado una versión lo más cercana posible a lo que no tiene traducción alguna.

En algunos estantes se puede leer: Nadar dos pájaros, en otras: El nado del pájaro y en las más estrambóticas y antiguas se encuentra como Dos pájaros a nado. Todas las acepciones son maravillosas ya que de alguna manera buscan definir ese extraño nombre de la aldea Irlandesa situada a orillas del río Shannon.


Valga decir que yo también busqué interpretar ese nombre tan lindo, de alguna forma busqué reconocerlo más allá de las leyendas irlandesas. 


Mi única manera de poder hacerlo familiar fue pensar que posiblemente la aldea se llamaba así porque  esta al ser atravesada por el río, al ser partida a la mitad, había incitado a los hombres de aquella región, maravillosamente, a darle un nombre y a ver en ese nombre la topografía de su aldea, la silueta de su lar, el trazo de esas dos aves, dos aves volando hacia el mito a cada lado del río. 


Recordé la ciudad de Buda que al unirse por un puente con Pest corrió con igual suerte convirtiéndose en una de las ciudades más maravillosas de la Europa Oriental.


Sin buscarle más patas al gato me conformé con esta explicación y dejé que las aventuras de Dos pájaros a nado me enloquecieran..

Hablar sobre lo que es la obra en sí sería intentar un imposible. El libro se reproduce en un caleidoscopio de tramas que van trabándose hacia el caos, pero este caos por raro que parezca se ajusta a una lógica que es precursora de todas las técnicas literarias de las vanguardias del siglo XX.

Leerlo es un acto de divertimento y de revelación.

El chico del blog que me había develado este opúsculo en cuestión, no se había equivocado, tenía entre mis manos un gran libro, un muy buen libro, una joya.

Después de la lectura de este clásico me di en concentrarme en una investigación atolondrada sobre el escritor. Mis conversaciones de oficinista varado en la fotocopiadora, de camionero embelesado ante un plato de comida en un paradero cualquiera, de marihuanero que comienza una disertación sobre el estado de la inutilidad del pensar, no me llevaron a mucho. Muchos de mis conocidos ni siquiera sabían en que idioma les estaba hablando, otros, apenas si le habían oído mencionar y los más dados al paraíso de las bibliotecas apenas si reconocían en el libro una joya.

¿Qué pasaba entonces: acaso un escritor desconocido con una obra genial, por no ser comentado como se le merecía, genera, psicológicamente una negación?

La cuestión hoy en día  al parecer es leer lo que es recomendable, lo que nos recomiendan desde los cánones académicos, así y no de otra forma, uno lee el ladrillo de Joyce porque aunque no pueda terminar Ulises este de todas maneras es un “Clasico”. Un clásico, valga mi opinión que apenas está por cumplir cien años desde que apareció. No lleva un siglo sobre la faz de la tierra y ya decimos que es un clásico.

No puedo negar que de todas formas Joyce no lo sea (atendiendo a la definición que de clásico dio Borges el autor irlandés es un gran clásico), de hecho lo es, pero a veces se convierte en un escritor extravagante que cansa.

No me imagino a este clásico en 2000 años siendo leído por una raza que apenas logre tolerar el egocentrismo enfermizo que caracterizaba a Joyce.

Un ejemplo de la decadencia de este clásico se puede encontrar en algo que Javier Marías me hizo notar. 


Joyce dijo alguna vez, con esa arrogancia infantil que lo identificaba, que si Dublín fuese destruida, la ciudad entonces podría reconstruirse ladrillo por ladrillo tan solo leyendo sus obras. 


Marías lee las obras y se larga a Dublín y por ningún lado ve en esa ciudad, la ciudad que se halla en los libros de Joyce.


Marías, el jovencito que escribió otro de los libros fundamentales de mi biblioteca: Los dominios del lobo, que a los 17 años lograba lo que de alguna forma me llevaba a envidiarlo y a admirarlo, ese héroe o sacrílego, ese iconoclasta o hereje derrumbaba un mito: no hay ninguna relación que pueda acercar o hacer comulgar la ciudad que se describe en las obras de Joyce con la Dublín que la realidad y la modernidad y el progreso han construido.

Sin embargo es un clásico, que quede nota por favor.

Pero bueno, vuelvo, lo que pasaba no era que mi libro en cuestión no fuera un clásico o que no fuera una joya, para mí ya lo  era, pero más allá de eso, lo que sucedía era que el escritor era un escritor de reverencia secreta.

En los dos años que duró expuesto en las librerías, el libro sólo vendió 244 ejemplares. Luego se quemó la editorial y nada, tuvo que pasar medio siglo para que volviera a ser leído.

Esto lo sé porque lo sabe Sergio Pitol y él es quien lo menciona en su libro de ensayos: La pasión por la trama.

Cuando leía el ensayo “El infierno circular de Flann O’brien” lo que me hizo cerrar el libro con furia, envidia, gozo, maravilla e ilusión no se basaba en esa anécdota, sino en algo más rotundo.

Si yo algún día escribiera una novela y la publicara, quisiera que dicha novela corriera con la suerte que tuvo esta, que tan solo 5 personas la compraran y la leyeran y sentenciaran lo que sentenciaron respecto a Flann.

No me importaría vender un ejemplar más, con tan solo esos cinco compradores quedaría contento. Los millones y millones que posiblemente pudiese vender no me importarían.

En dos años la editorial vendió tan solo 244 ejemplares, entre los compradores, que quede claro porque sólo quisiera entonces que mi libro corriera la misma suerte que este, estaban: Borges, Beckett y Joyce.

Lo más maravilloso es que al leerla quedaron perplejos, extasiados y la admiraron por el resto de sus vidas, es más, terminada la lectura no hicieron otra cosa que anunciarla como una verdadera mitología, un clásico.

Que suerte tan….O’brien.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

DEVELANDO EL FANTASMA BORGIANO.



Pronto sabré quien soy.

Borges.


Develar, es llevar a cabo la acción de quitar el velo a aquello que está oculto; en este sentido, develar es lo mismo que descubrir y si seguimos encadenado palabras encontraremos que descubrir e inventar son sinónimas en latín. Para Platón, tanto inventar como descubrir eran simples sinónimos de recordar. Entonces, inventar, al parecer, es poner o propiciar algo nuevo en el mundo a través de ciertos artificios de la memoria, es, para decirlo mejor y con palabras del profundo Alfonso Reyes, imitar en cuanto sólo se cuenta con los recursos naturales, y no se hace sino estructurar éstos en una nueva integración, por lo tanto, es ambicionar que lo nuevo se represente y sea percibido. La palabra develar, juguetona palabra de la exploración, nos transporta siempre, en última medida, hacia ese abismo que es el desear o querer lo desconocido, y pretender lo desconocido es en última instancia llevar a cabo el riesgo de conocer.

Aristóteles, en su Metafísica, afirmó que todo hombre desea naturalmente saber. En este sentido lo que entonces, se busca a través de este simulacro es efectuar ese ejercicio por medio del estudio de una identidad única, doble o soñada que sentimos siempre en la literatura borgiana; será, para ser más enfáticos, profundizar en las tinieblas de esa verdad sospechosa como llamó Alfonso Reyes a la literatura y quitar el velo a aquello que al final, ya descubierto, nos trasmitirá, quizá, esa sensación platónica de saber que lo único que hicimos fue, simplemente, despertar en nosotros un antiguo recuerdo del género humano. Y es que al decir que, cuando se explora, lo que naturalmente se busca es el hecho de llegar a una sabiduría, no podemos negar que la lectura borgiana como toda literatura, nos lleva en esta dirección. Pero, al parecer, algo muy raro sucede fuera de la primera ley aristotélica cuando abordamos a Borges. Esta rareza parece darse en el momento en que sentimos que su literatura nos dice cosas imprescindibles, sin embargo este conocimiento, pareciera así, lo que verdaderamente busca trasmitirnos es la zozobra y la desdicha antes que la tranquilidad y el orden. Su cosmología literaria invita a un rotundo escepticismo o escepticismo esencial como él mismo lo manifestara en su epílogo a Otras inquisiciones y es debido a este fenómeno lo que hace que Borges se consolide como un autor canónico, imprescindible, voluptuoso e inolvidable.

Al parecer la revista Time no se equivocó al presentar al argentino como el más grande escritor universal del siglo pasado, ya antes Paul Bénichou y E. Anderson-Imbert confesaron que Jorge Luis Borges pertenecía a la literatura universal; en nuestros tiempos, tal opinión se mantiene; William Ospina, el gran ensayista colombiano, en su búsqueda por una interpretación justa sobre la producción fantástica que sobrenada en los cuentos del anarquista spenceriano, nos dice que la primera característica de la obra de Borges es su universalidad. Sin embargo, a la revista y a estos escritores de reconocida trayectoria les hizo falta demostrar que Borges como patrimonio de la literatura contemporánea, al igual que Cortázar y Rulfo, ha sido el responsable del silencio de décadas de escritores. Al parecer, Borges es el prototipo ideal que lleva a cabo en su totalidad el aforismo de Lichtenberg: El único defecto de los escritores realmente buenos es que casi siempre ocasionan que haya muchos malos o regulares. Por eso mismo, el poeta polaco-argentino Gombrowicz, no dudó en decirles a sus discípulos desde el trasatlántico que partía de Argentina, que para volver a ser libres había que irrefutablemente ¡matar a Borges!

Esta afirmación desde un escritor que emuló y divinizó al hijo de Jorge Guillermo Borges se debe no tanto a la obra como mero producto literario sino al estilo tenaz que el trabajo del escritor imprime en el lector y a ese ser fantasma que a través de cada página leída va figurando su acecho y su fatal cometido de ser rotundamente imprescindible. El silencio y el anonadamiento provocado en los lectores noveles, y dado tristemente por la admiración y afición que han logrado las obras borgianas, es la prueba irrefutable de eso que llamó Harold Bloom, la angustia de las influencias.

Lo que ha sucedido puede deberse a que Borges alcanzó un estilo caprichoso y único que se basa en esa, como el mismo lo manifestara, sencilla complejidad. Para muchos, como el crítico Javier Xirau, Borges es simplemente un prosista que intentó hacer versos, para otros como el mexicano García Ponce el argentino es un poeta que logró prosas excepcionales, para la gran mayoría y en esta categoría también comulgan los ensayistas arriba mencionados, es claro que Borges ante todo fue un literato, un hombre erudito que supo manipular la maquinaria del lenguaje con magistral asombro. Por eso, alejándonos de estos razonamientos que buscan clasificar el estilo, Gabriel García Márquez, es quizá la figura más respetable y honesta que lejos de las exorbitantes bibliotecas exegéticas, y académicas que se han estructurado alrededor de Borges, logra una sentencia del todo original y justa, aunque Márquez se declara en guerra con la lectura borgiana, manifiesta con modestia y admiración que lo que logran los escritos del “vejete” son esa magistral instrucción inconsciente de enseñarnos a escribir. Borges sirve para una cosa según el Nóbel colombiano y es para aprender a escribir, el resto simplemente al parecer es mera molestia de un erudito que se pasea por la historia con la familiaridad de un especialista. Sin embargo, Márquez también cae vencido bajo la influencia borgiana, ya en sus Doce cuentos peregrinos, los laberintos y las artimañas borgianas parecen dirigir la inspiración del colombiano hasta el punto de que en “Me alquilo para soñar” Pablo Neruda, como personaje de su cuento, se despierta repentinamente y le comenta a la pareja Márquez que ha soñado con una mujer que al mismo tiempo también lo estaba soñando, El colombiano para tranquilizar a Neruda le dice que ese onirismo quizá ya es tema o será tema del argentino en una de sus narraciones. Las palabras del Nóbel son ineludibles: “Si no esta escrito lo va a escribir alguna vez. Será uno de sus laberintos”

Como vemos, nadie sale ileso después de haber leído a Borges, muchos de los escritores que han quedado en ese mutismo amoroso suelen verse en las calles lanzando a diestra y siniestra frases borgianas como si con ello lograran mostrar la erudición de que no fueron capaces, otros simplemente van y vienen con un libro bajo el brazo que se titula Ficciones o El Aleph y meditabundos se pasean como horribles criaturas llenas de pánico recordándonos la imagen fatal del filósofo neurasténico que describe magistralmente José Asunción Silva en su poema titulado “Psicopatía”.

Pero qué es lo que logra Borges con su escritura que hasta para él mismo fue asombrosa e inevitable. Ya en un homenaje póstumo Juan Gustavo Cobo Borda nos declara que su pasión por Borges fue tan desatinada que llegó a comprar durante cierto período todos los libros, revistas, artículos, ensayos, estudios, homenajes, testimonios, biografías y demás artificios que develaran algo nuevo sobre su mayor influencia. Esto que al parecer se advierte como una exageración u obsesión fue una realidad. Cada día el mercado y las bibliotecas, las universidades y la gente común reconocen en Borges no sólo un monstruo de las letras sino un monstruo de la pasión, de la seducción. Tal seducción nos aterra ya que su poder es tan extraordinario que nos conlleva a un estado hedónico por su literatura, hipnótico e irreversible. La lectura de Borges adquiere en casos extremos el mismo efecto que alcanza la argolla mágica de Tolkien; aquel artefacto mágico y siniestro que degeneraba a quienes lo tenían en su poder. Esta imagen que el autor británico en su obra El señor de los anillos, hace posible, a través de un ser que vive susurrando “mi tesoro” y que en su degradación angustiosa y bárbara relacionamos con la imagen última de todos los lectores de Borges: el tímido monstruo de las bibliotecas ensimismado en su arcano inconcebible, es quizá el efecto adverso que produce la obra borgiana en los más ingenuos lectores.

Borges observó o intuyó esta influencia y este terror, ya en su libro El Hacedor, nos confiesa que es el otro quien trama la literatura que finalmente quizá justifique sus días de anciano pero que nada al parecer logrará salvarlo. Él por su lado sólo es un viejo ciego que camina por Buenos Aires, que gusta de ciertas atracciones y ocios pero que en general se sobrevive para que el otro finalmente logre su objetivo que es la literatura:

Al otro, a Borges es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente (…) yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar.

Pero ¿quién es ese fantasma, ese otro que ha logrado tal influencia y angustia, asombro y admiración, seducción y poder sobre la literatura y los lectores?

El fantasma borgiano sin duda existe, Borges lo declara, nosotros lo sentimos y sus obras lo delatan. Tal espectro es peligroso, para el lector inexperto o nuevo la lectura de Borges puede ser hasta contraproducente. Al parecer Borges sabe que ese otro existe y en ese viaje íntimo que es la mejor forma de acercarse a una filosofía del agonizante tal y como lo confesara el filósofo colombiano Fernando González Ochoa, reconoce que es necesario sobrevivirse en el otro y ya no en él y que los demás correrán ese mismo destino.

En el relato Borges y yo, el ciego nos confiesa su desesperación por librarse del fantasma y bajo esta desesperación es cuando por primera vez sentimos que Borges dice algo sincero:

Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy)

Sabe que su espectro, ese ser del lenguaje que lo habita ha logrado una autosuficiencia plena y que la misión última de este fantasma es sobrevivirse en la eternidad de los libros.

Por eso cabe decir que el argentino con su relato Borges y yo, no sólo pretende mostrarnos su fatal destino sino que busca advertirnos la presencia del otro:

Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con el infinito, pero esos juegos son de Borges ahora.

El erudito narrador intenta con prosa lo que muy bien se hubiera podido ahorrar con los versos de Jorge Gaitán Durán.

Lector, hermano incompetente,

mi ajeno yo, converso, te reclama.

Y es seguro que nos reclama y que en esa demanda nos sabemos poseídos porque a través de toda la literatura borgiana asistimos peligrosamente a esa exhortación y trampa sensual que nos propone el espectro.

La dialéctica entre la identidad esencial y la identidad accidental que tras cada relato de Borges se da es un acto desgarrador de la sensibilidad artística y lo podemos observar no sólo en el argentino sino en muchos otros escritores como Artaud, Pizarnik, Nerval y Ducasse ya que se basa en el problema del doble. La obsesión de saber cosas, verdades inexpresables llevan al artista a sentirse perdido y en consecuencia a gritar.

Voy enloqueciendo

Corriendo en busca de maestro...

Está dentro de mí.

Esta sentencia del filósofo colombiano Fernando González es la primera sensación que se sufre al saberse que se tiene un algo dentro que puede expresarse y sentirse al extremo, pero que esa sensación y esa expresión serán en últimas inasibles, esa desgarradura que se sufre en las entrañas por el sentimiento doloroso de esta verdad son las causas inaugurales que dan lugar a la gran mutación del escritor y que en el caso de Borges lo llevaron a elucubrarse una hiperestesia similar a la de Artaud o Ducasse. El artista procura liberarse de su traje mortal y sobrevivirse en un personaje histórico-fantástico que para su esperanza será siempre eterno.

Al igual que Artaud que se convierte en su padre, madre e hijo, al igual que Nerval que se sabe tenebroso y al igual que Rimbaud que se entiende maestro de fantasmagorías, Borges se delata a sí mismo en el poema Un lector como un aprendiz y en su Borges y yo observa su vida como una fuga:

Así mi vida es fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido o del otro

El verdadero hacedor entonces es el fantasma, y nosotros, hasta nosotros mismos después de ser testigos de esta confidencia sentimos que el mundo y nuestra carne son mera sombra; estas palabras que están destinadas al lector del poema A quien está leyéndome sólo buscan el estremecimiento de esa perdida batalla entre el hombre y su alma.

Sin embargo, tenemos aún una salida y es la de reconocer este artilugio y concentrarnos en comprender ese ser heterónimo que con el mismo nombre logró justificar la existencia de un Borges que pudo haberse disipado en sólo ternura.

Por el contrario de los heterónimos de Pessoa, personalidades disímiles y a veces hasta desconocidas hasta para el mismo portugués, la personalidad que sobrenada en los textos de Borges es la presentación fidedigna de un ser que se busca hacedor, que se quiere a sí mismo como creador de mundos, de un ser que quiere gobernar la voluntad y los acontecimientos pero de forma secreta, arrogante e inevitable.

Su doble llega al vértice mismo de la incertidumbre confesada. De un diálogo íntimo que se declara con la confrontación que desde el psicoanálisis denominaríamos como aquella lucha que se da en el trastorno de personalidad múltiple donde las diferentes personalidades se enfrentan intentando dirigir esa maquinaria de huesos y vísceras que son el hombre. En el relato de “El otro” que se encuentra en su “Libro de arena” podemos observar cómo el argentino inicia el ensueño de la dialéctica peligrosa consigo mismo, un diálogo terrorífico por su irrealidad y también por la confirmación de que el hecho de ese encuentro puede hacer perder la razón de quien lo experimenta pero que se acepta como se acepta el escarabajo de Kafka o la panteísta personalidad de Withman que encontramos en Hojas de hierba. Ya en este relato de “El otro” Borges busca enfrentar su pasado a través de un recuerdo que le ocurrió sentado en un banco de Cambridge cuando de pronto se vio acompañado por un joven de menos de veinte años que era él mismo, quizá la realidad y la fantasía se entrelazan en la remembranza, sin embargo, sospechamos que el anciano es Borges y que el otro, ese sueño, ese alter ego creyente de la invención o descubrimiento de metáforas nuevas es el fantasma vanidoso y soberbio que descree de las cosas verdaderas que son Borges, el Borges que camina por Buenos Aires, que humildemente cree en la vejez y en el ocaso. La petulancia del joven que recuerda Borges es la exposición expresionista, sobre el lienzo de la psicología, de esa personalidad que terminó por abordarlo totalmente. Por eso el encuentro no será recordado por el joven ya que para él ese hecho inusual e imposible sólo fue factible en el mundo de los sueños, lo que nos afirma, que finalmente para él todo fue una ficción y por eso es posible el olvido; cosa distinta a lo que le sucede al anciano que en la vigilia de su cercana muerte entrevió el macabro ser que lo habitaba y entonces desde 1969 asediado por dicho fenómeno, desesperado y en un último intento por deshacerse de su alucinación, se da en proponerlo como cuento, conjeturando “la imposible fecha en el dólar” que él en 1972, mientras escribía la historia, jamás llegaría a encontrar en ninguno de sus billetes como tampoco lo lograría el otro.

Ese fantasma aparece no sólo como un interlocutor erudito y como una excelente escucha sino que en muchos de los textos literarios podemos observar otra clase de sospecha que deja en claro la personalidad dislocada del argentino. Borges, se puede llegar a temer, es sencillamente ese ser que a través de los años y de rumiar y rumiar pensamientos y sensaciones se encuentra consigo mismo, se hace a sí mismo espejo y se ausculta en busca de su verdad. Borges con su fantasma precisa este misterio y nos devela cuando es la mejor forma para lograrlo así:

“Cuando el hombre madura, está listo para enfrentarse consigo mismo y con su soledad”

Y ya que sólo la maduración nos prepara para el enfrentamiento vital, Borges provoca otra exclamación que incita al verdadero desafío:

Al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma”.

Por lo cual quedamos advertidos que madurar y recordar tienen en sí un pernicioso poder y que tal poder puede lanzarnos a la zozobra y convertirnos en unos eternos insatisfechos o en célebres fantasmas.

En El tamaño de mi esperanza libro inexistente para él, el escritor que se decía de profesión: fe literaria, pensaba:

Mi postulado: toda literatura es autobiográfica, finalmente.

En el poema “El centinela” cada verso, cada palabra son la denuncia de ese otro que lo habita, de ese fantasma, Borges lo revela, lo hace público y lo blasfema hasta el punto mismo de reconocer en ese centinela, en ese carcelero su propia prisión y su propia incertidumbre.

Está en mis pasos, en mi voz.

(…………………………………….)

Nos conocemos demasiado, inseparable hermano.

Bebes el agua de mi copa y devoras mi pan.

Ese fantasma que le impone las miserias de cada día, la condición humana, lo lleva a reconocerse como un enfermero de sí mismo. Quizá la maravilla de Borges esté en este conjunto nefasto que hace posible la representación espectral de un yo apariencial que logró sobrepasar con terrible ignominia a su propio creador. Quizá el fantasma borgiano sea simplemente la proyección de un personaje ficticio que intentó eliminar desde sí mismo sus más deshonrosas intimidades. Lo que no podemos negar es su influencia y su poder de atracción.

Al final sólo podemos entender una cosa y es que Borges intuyó siempre la presencia del otro como una inexorable filosofía que se sufre y se recuerda y que a través de los develamientos, los descubrimientos y las invenciones lo que inmerecidamente conoció y recordó fue siempre su arquetipo platónico, arquetipo que por lo demás se basó en, y esto es quizá otra fantasía terrible de Borges, no haber sido feliz.

Acaso, lo que pretendió Borges con esta personalidad inclemente, con este fantasma maravilloso, fue simplemente algo muy concreto y honorable, algo a lo mejor justo y que al final podemos simplemente resumir con las palabras de Beckett:

Vivir e inventar. Lo intenté.

sábado, 25 de septiembre de 2010

EL CIEGO QUE SE LEYÓ EL UNIVERSO.



“El escritor creativo hace lo mismo que el niño cuando juega. Crea un mundo de fantasía que toma muy en serio, es decir, en el que invierte grandes recursos emocionales”
Sigmund Freud




Alguna vez, en uno de sus magníficos poemas, Borges afirmó que si el paraíso existía, entonces éste tendría irremediablemente que subordinarse al espacio de una biblioteca.[1] Quizá ésta invención un tanto esperanzadora para sí mismo era una salida de escape que el autor de «Ficciones» intentó creerse ya que su mundo se redujo al infinito fenómeno de la literatura. Desde muy pequeño sintió una conmovedora seducción por los libros, tal manifestación lo llevó a internarse durante horas en el mágico mundo de la biblioteca de su padre, de la cual, nos dice años más tarde, nunca salió.[2]
Pero el destino que en algunas ocasiones puede ser alcahueta de las decisiones de los hombres, decidió, para infortunio de Borges, ser déspota, otorgándole gradualmente una ceguera absoluta de donde ocasionalmente resucitaba con cierta borrosidad el eterno amarillo de sus tigres y el rojo sangriento de la luna de Quevedo[3]. Quizá esta desagradable estrella que lo acompañó durante el resto de su vida fue como él mismo nos dice, cuando se refiere al encarcelamiento que tuvo que afrontar Cervantes[4], la causa fortuita para ser lo que tenía que ser. Siempre ambicionó ser escritor, no podía darse otra oportunidad, otro oficio hubiese sido un delito moral contra su talento.[5] Su naturaleza, la misma que iluminó a sus maestros: Schopenhauer Berkeley, Shakespeare, Kafka, Chesterton, Poe, Lugones y Macedonio Fernández, consistía en ese amor infatigable y casi obsesivo por la literatura. Pero, ¿a qué se debe qué Borges haya decidido leerse, valga la hipérbole, el universo entero?
Argentina como tantos otros países latinoamericanos gozaba de aquella influencia casi protectora del conocimiento de occidente. Europa era para aquel triangulo de países sureños de nuestra América el precepto a seguir en cuanto a facultades intelectuales y avances tecnológicos. Los países latinoamericanos fueron contagiados con el modernismo, pero muy lejos de ese hipócrita mundo de plagio e ilusión, en una habitación repleta de libros, un niño demasiado curioso para su edad renunciaba a los escritores de su época, por entretenerse leyendo a solas un texto que figuraba sus historias en los cálidos desiertos del mundo árabe. Aquel niño abandonado a la suerte de unos cuantos libros figuraba en las paredes de su hogar las imágenes del «bucanero ciego de Stevenson, agonizado bajo las patas de los caballos, y el traidor que abandonó a su amigo en la Luna, y el viajero del tiempo que trajo del porvenir una flor marchita, y el genio encarcelado durante siglos en el cántaro salomónico y el profeta velado del Jorasán, que detrás de las piedras y de la seda ocultaba la lepra»[6]; ese niño arrojado a aquel espacio habitado por el silencio era Borges.
Para Borges la juventud fue un distractor desconsiderado de sus verdaderas convicciones. La juventud hipnotiza el ser dejándolo en muchas ocasiones náufrago de sus propias penas. La juventud lo maravilló con la ilusión de una Europa que buscaba nuevas formas de crear; hacia allí marchó el joven ensimismado aún en un recuerdo que jamás olvidaría: su infancia.
Borges creyó siempre en la vocación innata, en el talento espontáneo, afirmaba esto porque descubrió tarde, después de muchos plagios y después de intentar muchos errores barrocos, que su verdadero lenguaje no se hallaba en Europa sino que éste estaba en su lejana tierra, en aquella biblioteca, en aquel barrio de compadritos y cuchillos.
Su forzoso altruismo, ensayo literario que le valió un escaso reconocimiento le enseñó la forma correcta no de escribir sino de fundar. Por eso regresa a su Argentina, por eso decide ensimismarse en un lenguaje para él aún desconocido. Siempre había visto el lenguaje no como una facultad del pensamiento sino como la mejor herramienta para comunicarse; desde niño tuvo que comprender que no existía un solo idioma sino varios y que cada uno de ellos servía para poder hablar con alguien. Borges sin saberlo hablaba desde muy temprana edad un inglés perfecto para jugar, conversar y en otras escuchar a su abuela; este idioma tan sólo era para él esa forma casual y maravillosa de hablar con un ser admirable; pero había otro idioma, ese español con el cual solía dialogar sorprendentemente con su padre; a estos idiomas les correspondió la familiaridad pero también esa infancia oculta: la de los libros, esa maravillosa magia de «escuchar con los ojos»[7] en dos idiomas distintos. Al regresar de Europa observa que el español que tan “bien” manejaba era aun parco para alcanzar sus intereses. Sabía que su misión era fundar, y que artificiosamente esa fundación estaba maquinada en otro idioma, un idioma que descubrió en los gauchos y en el malevaje de los puertos, en la lectura de una historia de una Argentina olvidada. Es allí donde encuentra su lenguaje, esa sorprendente y magistral, como lo afirma él mismo, «modesta complejidad»[8]; para Borges entonces todo está claro, su destino es ser escritor, pero éste artificio no se lo debe a una reflexión tardía de su propio talento, éste develamiento se debe a que quizá alejado de su hogar y de sus libros, iluminado en Ginebra por los ardientes juicios de los clásicos, advirtiera que gracias a la biblioteca de su padre era que debía su pasión, su infatigable hedonismo por la literatura.
La madre de Borges solía comentar con agradable sumisión que después del incidente que sufriera su hijo mientras subía las escalas que llevaban a su apartamento, y el cual lo tuviese durante cierto tiempo casi al borde de la muerte, al salir de dicho trance, no volvió a ser el mismo. En su juventud intentó desligarse de su infancia, la veía (imagino) parca, por tal razón desafió nuevos horizontes, en “El tamaño de mi esperanza” se puede advertir tal rebelión, tal búsqueda de un estilo, pero de un estilo ajeno. Quiero creer que gracias a ese incidente que lo tuvo al borde de la muerte fue que pudo lograr su ulterior estilo, el propio, esa voz que tanto ha maravillado. Imaginemos a Borges asediado por un sin fin de delirios, la fiebre, la incomodidad de la cama, el sudor en su frente, su madre y su hermana llorando y rezando por que piensan que no saldrá victorioso de la enfermedad, analicemos este Borges delirante, visitado por su infancia, por esa infancia que había olvidado, y que regresa a él para torturarlo con las visiones obsesivas que tanto había cultivado su imaginación, pero no las observemos tan complejas como el solía plantearlas, no imaginemos el espejo y la duplicación como ilusiones abstractas, tampoco el tigre, y la espada, y la más compleja de imaginar, la palabra que da nombre a los objetos[9], figurémonos a Borges en su delirio, ¿cómo llegarían a él estas obsesiones, cómo lo asediarían día y noche? Me es factible pensar en un atropello de ilusiones similar al que sufrió el pintor francés Toulouse–Lautrec cuando se fracturó las piernas y donde se cuenta que el dolor era tan insoportable que el artista vivía constantemente repleto de delirios aterrorizantes.
Por eso tengo para mí que Borges nunca maduró, a Borges le estaba dado ser niño siempre. Luego de salir de tan delirante mundo “Georgie” como solían llamarlo, se levanta de su cama y su madre y su hermana entienden que su Borges jamás volverá a ser el mismo. La consecuencia de tan caprichoso fenómeno que hemos citado es que Jorge Luis comprende que nunca tuvo que haber salido de la biblioteca de su padre, que su búsqueda a terminado al fin, que el lenguaje y el estilo han llegado a él, o lo que es más descabellado, siempre estuvieron en él.[10] Si observamos la vasta y maestra obra de Borges podremos darnos cuenta de este hecho. Borges afirma que al incidente que sufrió debe su posterior creación de cuentos fantásticos, yo sé que no es a esa enfermedad, sino a su infancia que harta de ser discriminada por el intelectual, ya fatigada de querer formar parte de la historia de ese hombre inescrupuloso decidió visitarlo con cruentas arengas ilusorias.
«Soy muy haragán»[11] afirmó en alguna ocasión; a esa haraganería debemos la carencia de novelas en la obra borgiana, pero para qué, Borges no pretendía crear una obra sublime que se extendiera en la historia como un hito magnífico del intelecto de un hombre y de una época; Borges buscaba recrearse, jugaba como un niño al rol de ser escritor, empleaba los mismos métodos que inconscientemente emplean los infantes: ensueño, asombro, ironía, alegría, placer y esa infinita curiosidad casi intelectual que los profundiza en largos silencios cuando lo que están haciendo los logra sacar de la realidad. Borges hacía lo mismo con su literatura, escribía jugando, yuxtaponiendo diferentes eventos, los enfrentaba en un mismo fenómeno y los hacia participes de una realidad imposible. Así mismo leyó y lo esclarece fácilmente: « yo he hojeado libros, no creo haber leído ningún libro del principio hasta el fin»,[12] y claro que no lo hizo, lo que sacaba de los libros no era una hermenéutica que luego interiorizara y después lúcidamente presentara en uno que otro diálogo de forma sorprendente, lo que Borges hacía era observar, escuchar, leer una que otra cosa que lo estimulara; era un curioso, lo maravillaba que pudiese existir esa forma de comunicarse, ésa silenciosa representación de expresar algo, la escritura fue para Borges ese -como afirmó Freud- lenguaje del ausente, y le gustaba eso, por tal razón él confesaba que si hubiera recuperado la vista indudablemente se hubiera quedado en la casa de su padre, «hojeando enciclopedias, ya que para él era la mejor lectura que podía tener»[13].
Borges se describe «ocioso» quizá porque era la mejor y más secreta forma de darse el título de algo que muy pocos sabían. Thomas Hobbes sentenció para la humanidad que «el ocio es la madre de la filosofía», entonces, qué mejor título que llamarse ocioso, y es que lo que sorprende siempre en Borges es esa Lucidez y erudición con la cual deambula por todos los campos del conocimiento, a Borges no le hizo falta la vista, ya su niñez le había brindado el máximo secreto de su lucidez: el asombro. «Si no me hubieran dicho que leer y escribir eran facultades innatas, lo hubiera creído»[14] se lo hubiera creído porque para él estas actividades eran totalmente naturales como respirar o caminar.
«El hombre que sueña es un gran poeta y cuando despierta vuelve a ser un pobre hombre», lo afirmó y de una u otra forma su meta consistió no en el olvido porque para él a éste ya había llegado antes[15]; su meta era la utopía. Cuando Borges logra ser universal y es asediado por un lado y por el otro, es cuando entiende a Quevedo y al igual que este poeta se dedica a buscar la utopía: «el lugar que no existe». Borges a sus setenta años recupera un poco la vista y es visitado por una de sus amigas de la juventud luego de aquélla visita nos dice: «Me es preferible seguir en las tinieblas», ya el mundo de su época era un lugar desconocido, él era un fantasma reconocido mundialmente, el tartamudeo de su voz era el eco de algo que siempre ocultaba y que dejaba entrever sólo a través de una insinuada sonrisa; sus tinieblas no eran tinieblas, él nos ocultaba algo, este fantasma que solía sobrevivir en un mundo que no era el suyo buscaba la puerta que lo devolvería a su secreto. Hay una persona que sé, compartiría este comentario[16], Borges siempre tuvo la puerta hacia el otro mundo, la tuvo a su lado hecha mujer, esposa y cómplice de sus travesuras literarias, en su vejez se dedicó a enriquecerla con elogios y con esa escasa pero eterna compañía, Borges sabía de antemano que Kodama en Japonés quería decir pequeña esfera, que esa pequeña esfera se remitía a su Aleph infinito y que ese Aleph era la puerta para volver hacia su infancia, a la utopía, a aquella niñez que era su mayor atributo porque de ella emergía su prolijidad literaria, su enorme evocación enciclopédica y su vastísimo y arduo idioma fantástico.
Sus mejores amigos fueron siempre, aquellos que ya no estaban en el mundo de los vivos, unos amigos que le hablaban desde las tímidas hojas, a éstos debe su clásica frase: «que otros se jacten de los libros que han escrito yo me jacto de los que he leído» considero que Borges no sólo leyó el universo sino que lo releyó y lo interpretó de formas diferentes. En su cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Borges deja entrever una nueva interpretación del universo, una un tanto más metafísica, un tanto más sublime y esclarecedora; En “La Lotería de Babilonia”, un universo perverso, bárbaro, caótico, inverosímil; En “La Biblioteca de Babel”, el universo más cercano a su propia fortuna, a su propio destino; En “El Inmortal”, quizá la más bárbara y monstruosa; en un “Teólogo en la Muerte”, quizá la que se está viviendo; la de ilusión; en el “Aleph”, la más milagrosa y religiosa; En “Ragnarök”, la más mítica e infantil; en “El Informe de Brodie”, la más cercana a nuestra literatura fantástica, pero es quizá en “Utopía de un Hombre que esta Cansado” donde podemos encontrar la lectura de la profecía quizá más justa del porvenir de nuestro tiempo.
Para Borges, conversar tan sutilmente de temas complejos era en si la forma más fácil de acceder a la infancia, toda su vida esta plagada de esa época, toda su obra y anarquía inofensiva tiene el sello distintivo de una niñez profunda; Quizá si Borges hubiera olvidado su niñez no hubiera sido tan asequible, quizá hubiera abandonado la literatura y su fino humor, quizá no hubiera deseado viajar tanto.
Que otros lo elogien y lo critiquen ya que esta es la maldición que pesa sobre todo inmortal, a mí sólo me queda afirmarlo como el hombre que supo en todas las edades de su vida mantenerse en una que lo describiera y lo representara, esta sin lugar a dudas se remite a una habitación repleta de libros y láminas, se remite a las conversaciones complejas de su padre que siempre le hacían creer a “Georgie” que el mundo y el universo podían desaparecer en cualquier momento[17]; a esta época, a esta niñez eterna es que Borges debe su obsesión por leerse el universo fenomenológico de la literatura.
«Siempre la gloria es una simplificación y a veces una perversión de la realidad; no hay hombre célebre a quien no lo calumnie un poco su gloria»[18], Borges lo predijo y lo aceptó con cariño como un niño que sabe que sus triquiñuelas serán juzgadas pero siempre perdonadas. Toda su escritura es una obra de arte y hace que todo individuo que la analice la observe como algo que tiene que aceptar o como lo afirmara él mismo; «cuando las cosas están muy bien hechas parecen no sólo fáciles sino inevitables»[19]
«Yo querría saber que sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron»”[20] aquel día en que por fin logró olvidar sus obsesiones y su infancia; donde el mundo indiferente a tal acontecimiento siguió girando ya sin él. Acaso lo visitarían los delirios, sus hábitos, o tan sólo la mágica palabra que dejó escapar el poeta del “Espejo y la Mascara”[21]. Quizá fue éste su último deseo, quizá lo logró; ya había leído el universo entero lo último que le faltaba era el símbolo que lo resumiera, a lo mejor aquel 14 de junio de 1986 Borges descubrió cual era la palabra, aquel día “Georgie”, el niño prodigio, se llevó para siempre el signo que resume el universo, a lo mejor fue así.
Zeuxis Vargas Álvarez.
[1] El poema que se cita es el “Poema de los dones” Borges Jorge Luis. El hacedor, Emecé Editores, Buenos Aires, Argentina, Enero de 1972, pág 54, verso veintitrés:
“Yo, que me figuraba el paraíso
Bajo la especie de una biblioteca”
[2] En el prólogo a su libro de poemas “El otro, el mismo” afirma. «Menos que las escuelas me ha educado una biblioteca – la de mi padre –» Jorge Luis Borges. Obras Completas, Emecé, Editores, Buenos Aires, Argentina, 1974, pág, 858. También en el prólogo de su libro “Evaristo carriego” se encuentra: «Yo creí, durante años, haberme criado en un suburbio de Buenos Aires ... Lo cierto es que me crié en un jardín detrás de una verja de lanzas y una biblioteca de ilimitados libros ingleses» Jorge Luis Borges. Obras Completas, Emecé, Editores, Buenos Aires , Argentina, 1974, pág, 101
[3] Esta afirmación se encuentra en el poema “la luna” en el verso treinta y dos: «Y la luna sangrienta de Quevedo» Borges Jorge Luis. El hacedor, Emecé Editores, Buenos Aires, Argentina, Enero de 1972, pág 68. El verso original reza así: «Y su epitafio la sangrienta luna» del poema “Memoria inmortal de don Pedro Girón duque de Osuna, muerto en la prisión” Quevedo Francisco de, Antología poética, Editorial Norma, Bogotá Colombia, 1998, pág 10
[4]Para Borges la obra de Cervantes no hubiera sido posible si éste no hubiese tenido que pasar por la cárcel, para Borges la cárcel fue la causa secreta que nos deparó a las letras universales el Quijote. En uno de sus poemas de Trece monedas del Libro “El oro de los Tigres”, de Jorge Luis Borges, Obras Completas, Emecé Editores, Buenos Aires, Argentina, 1974. Págs, 1091-1092., defiende tal pensamiento exaltando el destino de Cervantes y su obra:
Miguel de Cervantes.
Crueles estrellas y propicias estrellas
Procedieron la noche de mi génesis
Debo a las últimas la cárcel
En que soñé el Quijote.
[5] Al respecto: «Este es mi destino; lo supe siempre. Yo no imagino ningún otro que no sea éste. Yo quiero ser feliz a la manera de todos. También Miltón Intuyó ser escritor antes de serlo y lo fue. Toda mi vida he sido un escritor mas o menos secreto…» En “Borges, el palabrista”, de Esteban Peicovich.
[6] Borges Jorge Luis, Obras Completas, Evaristo Carriego, Emecé, Editores, Buenos Aires , Argentina, 1974, pág, 101
[7] La cita es de Quevedo, El verso original reza así: «Y escucho con mis ojos a los muertos» del poema “Desde la Torre” Quevedo Francisco de, Antología poética, Editorial Norma, Bogotá Colombia, 1998, pág 24
[8] Al respecto Borges afirma: «Es curiosa la suerte del escritor. Al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad». Jorge Luis Borges. Obras Completas, Emecé, Editores, Buenos Aires , Argentina, 1974, pág, 858
[9] Borges al respecto complementa: «Lo determinante de la palabra es su función de unidad representativa y en lo tornadizo y contingente de esa función» Tomado de “El Idioma de los argentinos” pág 21, para mayor lustración consúltese el ensayo “Borges: El reloj de arena y el tigre mutilado” de Mark Garnett de la University of Exeter.
[10] Al respecto Borges expone: «Yo antes escribía de una manera barroca, muy artificiosa, me pasaba lo que le pasa a muchos escritores jóvenes, creo. Por timidez, creía que si hablaba sencillamente la gente creería que no sabía escribir. Sentía la necesidad de demostrar que sabía muchas palabras raras y que sabía combinarlas de un modo sorprendente. Yo creía que la literatura era técnica y nada más, pero ya no estoy de acuerdo con eso» James E. Irby, “Encuentro con Borges” Vida universitaria, Pág 14
[11] «El cuento corresponde a una unidad estética según lo advirtió Edgar Allan Poe. La novela en cambio suele ser una mera acumulación. En segundo término, soy muy haragán» El espectador Domingo, 15 de Junio de 1986 página 12-A
[12] El comentario reza así: «No, no yo he hojeado libros. No creo haber leído ningún libro del principio hasta el fin, o muy pocos» En Magazín dominical de “El Espectador” Nº 100 febrero 24 de 1985. Entrevista por Ángel Beccassino, pág 6
[13] El texto original reza así: «Si yo recuperara la vista; yo me quedaría en esta casa hojeando enciclopedias, la mejor lectura que puede tener un hombre ocioso y curioso como yo» En Magazín dominical de “El Espectador” Nº 100 febrero 24 de 1985. Entrevista por Ángel Beccassino, pág 6
[14] «Si me hubieran dicho que leer y escribir eran facultades innatas, lo hubiera creído» En Magazín dominical de “El Espectador” Nº 588 de Agosto de 1994 entrevista por Ramón Chao e Ignacio Ramonet
[15] Borges denuncia esta creencia en uno de sus grandes poemas de la colección “Trece monedas” del Libro “El oro de los Tigres”, de Obras Completas Emecé Editores, Buenos Aires, Argentina, 1974. Págs, 1091-1092:
Un poeta menor.
La meta es el olvido
Yo he llegado antes.
[16] Maria Kodama, esposa de Borges ya que solía afirmar con afecto que Borges era un soñador y un niño.
[17] «Yo era chico, tenía nueve años y fuimos a Montevideo. Mi padre me dijo: quiero que te fijes en las banderas, en las aduanas, en los uniformes, en los militares, en los cuarteles, en los curas, porque todo eso va a desaparecer y podrás contarle a tus hijos que lo has visto» En Magazín dominical de “El Espectador” Nº 588 de Agosto de 1994 entrevista por Ramón Chao e Ignacio Ramonet.
[18] El espectador Martes 24 de agosto de 1999 página 1-C
[19] Consejos de Borges a un joven escritor, declaración a Rita Guibert en 1968
[20] Borges Jorge Luis, El cautivo del libro “El hacedor” Emecé Editores, Buenos Aires, Argentina, Enero de 1972, pág 18.
[21] Borges Jorge Luis. “El espejo y la mascara” del libro “El libro de arena” Alianza Editorial S.A. Madrid 2000.