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domingo, 15 de agosto de 2010

Diccionario de nombres propios


(esbozo para estudio sobre la literatura Nothombiana)


La novela entera parecía empujarme, era vertiginosa, pero de pronto, sin esperarlo, el final me llegó y fue una cosa que me dejó abochornado ya que se dio demasiado encima, demasiado rápido, demasiado falaz como para creer que de veras había llegado. ¿Truco o defecto soltado sin más al final de un libro? Es difícil buscar una respuesta justa para este meollo. Lo cierto es que Diccionario de nombres propios sucumbe ante su propio poder hipnotizador.


Amélie Nothomb, la autora de este diminuto caos psicológico, es un escándalo bello en ya casi todo el mundo, sus libros se venden como pan comido en todas las librerías y sus traducciones no dejan de aumentar su fama. La versión de esta novela traducida al español por Sergi Pàmies es de una exquisita lectura y se puede sentenciar que toda la literatura de la pálida metafísica se encuentra allí.
Encontrar los mecanismos que hacen posible el universo de un escritor es en muchas ocasiones como desarmar a un soldado en la guerra, otras, simplemente son un recurso más, una ilusión de quinta que realza el misterio.


En el caso de Amélie los recursos de mago no están agotados aunque estos siempre sean los mismos. Su encanto radica en la manera única y diferente como nos narra el mismo tema en cada ocasión que tiene. A saber, los dominantes como señalaría alguna escuela crítica están ligados a su vida. Este revuelto que acabo de hacer con el estructuralismo y el formalismo sólo me sirven para asegurar todavía más que no se ha logrado crear una teoría global sobre la interpretación de la obra literaria. Las novelas de Nothomb son un ejemplo de esta discordia y de esta unión necesaria.


Sus novelas se leen de prisa y generalmente recaen en algo muy parecido al nouvelle roman, pero cierta realidad sanguinaria y sarcástica las despide de allí y las embota en los calabozos del humor negro y entonces el desarraigo se convierte en la fuente de su poder hipnótico, no pasa mucho tiempo y de pronto este calabozo se desploma, salvada por la técnica telegramática, muchas veces minificcional, Amélie sobrevive al recurso quemado por los escritores de betsellers y con la misma frescura con que se detiene para describir una escena de sadismo puro nos promueve hacia el naufragio en un realismo mágico que se desbarata con el primer síntoma de esbozo biográfico que deja escapar a medida que involucra dentro de la tercera persona cuasiomnisciente que narra la extraña cinta de moebius que la convierte en personaje fatal de sus desenlaces y a veces del encuentro mortal con los protagonistas que de pronto no saben que hacer con esta intrusa.
Este laberinto de divertimento que elabora Nothomb con las técnicas sólo realza el valor de su fórmica.


La anorexia cómo eje articulador de sus significados fórmicos tales como la infancia que monologa, el hambre que devora, el extrañamiento de la soledad o la alienación personal dados desde los deseos compulsivos que redimensionan los trastornos psicológicos le sirven como catapulta para enriquecer la explicación de las enfermedades mentales en las cuales basa la angustia de su universo literario.
Pero hay más, está también en esta belga grisácea esos formidables formables que hacen de su oficio un arte. "Abrir los ojos como platos" formable básico de su literatura se instaura siempre como expresión-tic de los asombros y que decir de su maravilloso formable de divinidad que nos manifiesta siempre su necesidad de ser dios en la infancia, esa pretensión mitológica que constantemente promulga, que ingesta y la devora.


Poetizar el delirio de la embriaguez personal por lo tenebroso constituye el copyright de la autora. Frases rotundas e hilarantes y los espasmos intertextuales con los cuales logra darle una solidez increíble a sus ideas demuestran en que sentido va leyendo ella misma su mundo. Todo lector encuentra sus propios intereses, ella encuentra su destino, el pasado de una enfermedad que dejó gracias a dichas lecturas.


Molière ya no como comediante trágico sino como metáfora de la condición irreal de su enfermedad, Ionesco como padrino de sus obsesiones y Woolf como estrella tutelar de su posesión literaria.
Todo libro tiene un hilo conductor, toda literatura, toda vida. Lo que hace que uno exista es el propósito, en el caso de una escritura como la de Amélie está claro que se basa en el binomio de su necesidad-satisfacción. Escribir es una necesidad urgente de sus ganas de entender como fue capaz de leer la vida con tanto misticismo y la satisfacción se resuelve en esa estabilidad concedida por su regocijo intenso de reelaborar su existencia dándole así la verdadera importancia a su trabajo literario.


Amélie no hace hablar la infancia, la entiende de forma siniestra y la hace decir cosas que se insertan con credibilidad en nuestra mente. Decir que esta autora no tiene deudas con Maurois, con Bolaño, con Calvino, con Mishima, con Céline o con el mismísimo Murakami sería despreciar su pasión de asidua lectora. Es más, ella es una apostilla de estos autores unidos en una masa amorfa. "Sin duda cada ser tiene, en el universo de lo escrito, una obra que le convertirá en lector, suponiendo que el destino favorezca su encuentro." Afirma ya casi a final de su relato y con esto nos recuerda a uno de los más grandes de todos los escritores: Borges.


"Sólo existe una llave para acceder a la sabiduría, y es el deseo" dice en su Diccionario de nombres propios y parece proclamar con esto la inauguración de su don. Cada vez que Amélie se aleja de su historia dentro de la narración se produce algo mágico, sus apreciaciones parecen nacer de un suspenso inmediato que se da en ese breve espacio en que el gozo de su escritura es interrumpida por una que otra idea brillante que no puede dejar a un lado. Injertarla al remolino de su novela de turno es un leitmotiv constante en su escritura.
Tal es el caso de esta perla encontrada en el libro citado anteriormente: "Para el niño, el amigo es aquel que lo elige. El amigo es quien le ofrece lo que nadie le debe. Así pues, la amistad es para el niño el lujo supremo - y el lujo es aquello de lo que las almas nobles tienen la más ardiente necesidad-. La amistad proporciona al niño el sentido fastuoso de la existencia". Estas elucubraciones intelectuales verdaderamente intensas se forman alrededor de sus historias no como pies de página necesarios para promover la ilustración de su mórbida tensión dada entre la trama que inventa y la idea que encarna sino que son incisos que se confunden y se ajustan con la voz que narra y se incrustan muy rápido en los formables que ya hemos mencionado y que caracterizan su voz.


Con tal disciplina impuesta, una historia por más corta que sea debe generar una tensión o una liberación monstruosa, el resultado espasmódico de dichos esfuerzos se encuentra en sus finales.
Como toda obra de arte verdadera, sus novelas, parecen todavía inacabadas.
A pesar de ello, el agotamiento que se nota en cada lectura no deja de sorprender. A igual que Plectudre, Amélie se abalanza con furor sobre sus propias obsesiones hasta quedar exhausta. Vale la pena entonces leer estos maratónicos extremos que no se cansa de inventar la dama de la tenebrosa identidad.

sábado, 14 de agosto de 2010

El síndrome de Bangladesch

El síndrome de Bangladesch*
(ejemplo del síndrome)





Yo ansiaba ser escritor, un escritor fatalmente innovador de formas y estructuras narrativas y poéticas, sin embargo y a pesar del gran abismo intelectual que nos separaba por lecturas a mi padre y a mí, la escritura nos remitía a veces a los mismos rincones del recuerdo.


Ambos habíamos vivido ciertas experiencias, él con la fortaleza y el arrojo de un padre que comenzaba a experimentar la maduración juvenil de sus costumbres progenitora, patriarcal y docente y yo con el aturdimiento y la curiosidad de un hijo que comenzaba a gastar la maduración plena de su infancia.


Estas improntas solicitaban de nosotros las mismas motivaciones e imprecaban a escribir los mismos motivos dominantes. Era como si la percepción sensible de aquellos hechos hubiese sido perpetrada de forma contagiosa en nuestras mentes con iguales intenciones.


Leernos no solo nos demostraba la mágica cercanía que tenían nuestras escrituras sino nuestras vidas. A pesar de que él había crecido bajo la tutela de una retórica barroca que había logrado eclosionar hacia un modernismo y costumbrismo enconado en denunciar las profundidades del infierno humano: Vargas Vila, Gonzalez Ochoa, Carrasquilla Naranjo los nacionales y Ernest Hemingway, Victor Hugo, Fiódor Dostoyevski los extranjeros y a pesar de que yo había madurado con la postmoderna insistencia de una literatura mutante dada por la polifonía de las culturas y el testimonio local de globalizar todos los experimentos de escritura en narraciones inconcebibles y descarnadamente testimoniales: Herazo, Marquez, Caicedo, los nacionales; Artaud, Beckett, Cabrera, los extranjeros, a la hora de poner sobre el papel los recuerdos; las ficciones enumeraban los mismos patrones convulsivos, las mismas metáforas sentidas y las mismas escenas rotundas.


Leernos era afirmarnos como testigos de un mundo que había logrado marcar nuestras vidas para siempre y era descubrir que inesperadamente llevábamos el mismo hombre en las entrañas que sin algún Dios para culpar se había empeñado en sobrevivirse en la perdición misma de sus más profundas fantasías y desvelos.




* Síndrome de Bangladesch

He denominado síndome de Bangladesch al extraño caso que afecta a un conjunto de personas conocidas o desconocidas entre si que al ser inducidas a describir una experiencia compartida esta se ve caracterizada por un patrón de percepciones idénticas las cuales se convierten en improntas traumáticas o pasionales memorizadas con la misma intensidad emocional en cada uno de los seres afectados.


El sindrome de Bangladesch deviene su nombre curiosamente de una casualidad. Algunos días atrás padre y yo veníamos discutiendo sobre la identificación de recuerdos similares en nuestras narraciones, yo intuí algo en ese fenómeno más no sabía darle un nombre hasta que me encontré con la asombrosa historia que está en el libro “Biografía del hambre” de la escritora belga Amélie Nothomb; anecdota donde la autora como su hermana, las cuales, encontrándose en una Bangladesch ambientada por la guerra y el hambre, al ser exhortadas por sus padres de escribir una carta al abuelo, estas, sin comicarse, terminan narrando con exactitud los mismos acontecmientos de zozobra experimentandos en la ciudad.
A contiuación se puede leer el texto mencionado:


“En aquella época, Bangladesh intentaba practicar la democracia. El valiente presidente Zia ur-Rahman quería desmentir el tópico según el cual la extremada miseria engendraba la dictadura. Se esforzaba para que su país fuera una república digna de tal nombre. Apelando a su deseo de libertad de prensa, promovió la existencia no sólo de un periódico independiente sino de dos rotativos independientes, con el fin de que hubiera debate. Así nacieron el Bangladesh Times y el Bangladesh Observer.
Por desgracia, tan nobles intenciones tuvieron un resultado asombroso: cada mañana, cuando aparecían ambos periódicos, uno se daba cuenta de que, palabra por palabra, coma por coma, foto por foto, eran la réplica el uno del otro. Por más que se investigó, no se encontró una explicación. Y la maldición periodística continuó.


El domingo por la noche, a mi hermana y a mí se nos constreñía a escribir una carta a nuestro abuelo materno, que vivía en Bruselas: el correo saldría a la mañana siguiente por valija diplomática. Se nos entregaba una hoja en blanco con la misión de rellenarla. Era terrible: no teníamos nada que decir. «¡Vamos, un poco de buena voluntad!», insistía nuestra madre.


Juliette ocupaba un extremo del sofá, yo el otro. Sin ayudarnos mutuamente, escarbábamos en nuestras cabezas, a la búsqueda de algo: acabábamos por encontrar palabras que escribíamos con la letra más grande posible con el fin de ocupar más superficie. Al final de la página, estábamos agotadas. Papá recogía nuestras copias y se las llevaba a su habitación.


Lo escuchábamos gritar de risa. A nuestras cartas las llamaba el Bangladesh Times y el Bangladesh Observer; y cada semana volvía a producirse el milagro, que si bien era menos extraordinario que la traducción de la Biblia por los Setenta, no por ello dejaba de ser menos edificante: palabra por palabra, coma por coma, mi hermana y yo no dejábamos de escribir rigurosamente la misma carta, idénticas la una de la otra. Nos sentíamos humilladas.


Sin saberlo, quizás estábamos aportando una explicación al misterio periodístico de Bangladesh: si dos seres distintos intentaran comentar la actualidad de un país, una fatalidad verbal les haría escribir textos de una perturbadora similitud.”
Biografía del hambre
Amélie Nothomb