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sábado, 14 de agosto de 2010

El síndrome de Bangladesch

El síndrome de Bangladesch*
(ejemplo del síndrome)





Yo ansiaba ser escritor, un escritor fatalmente innovador de formas y estructuras narrativas y poéticas, sin embargo y a pesar del gran abismo intelectual que nos separaba por lecturas a mi padre y a mí, la escritura nos remitía a veces a los mismos rincones del recuerdo.


Ambos habíamos vivido ciertas experiencias, él con la fortaleza y el arrojo de un padre que comenzaba a experimentar la maduración juvenil de sus costumbres progenitora, patriarcal y docente y yo con el aturdimiento y la curiosidad de un hijo que comenzaba a gastar la maduración plena de su infancia.


Estas improntas solicitaban de nosotros las mismas motivaciones e imprecaban a escribir los mismos motivos dominantes. Era como si la percepción sensible de aquellos hechos hubiese sido perpetrada de forma contagiosa en nuestras mentes con iguales intenciones.


Leernos no solo nos demostraba la mágica cercanía que tenían nuestras escrituras sino nuestras vidas. A pesar de que él había crecido bajo la tutela de una retórica barroca que había logrado eclosionar hacia un modernismo y costumbrismo enconado en denunciar las profundidades del infierno humano: Vargas Vila, Gonzalez Ochoa, Carrasquilla Naranjo los nacionales y Ernest Hemingway, Victor Hugo, Fiódor Dostoyevski los extranjeros y a pesar de que yo había madurado con la postmoderna insistencia de una literatura mutante dada por la polifonía de las culturas y el testimonio local de globalizar todos los experimentos de escritura en narraciones inconcebibles y descarnadamente testimoniales: Herazo, Marquez, Caicedo, los nacionales; Artaud, Beckett, Cabrera, los extranjeros, a la hora de poner sobre el papel los recuerdos; las ficciones enumeraban los mismos patrones convulsivos, las mismas metáforas sentidas y las mismas escenas rotundas.


Leernos era afirmarnos como testigos de un mundo que había logrado marcar nuestras vidas para siempre y era descubrir que inesperadamente llevábamos el mismo hombre en las entrañas que sin algún Dios para culpar se había empeñado en sobrevivirse en la perdición misma de sus más profundas fantasías y desvelos.




* Síndrome de Bangladesch

He denominado síndome de Bangladesch al extraño caso que afecta a un conjunto de personas conocidas o desconocidas entre si que al ser inducidas a describir una experiencia compartida esta se ve caracterizada por un patrón de percepciones idénticas las cuales se convierten en improntas traumáticas o pasionales memorizadas con la misma intensidad emocional en cada uno de los seres afectados.


El sindrome de Bangladesch deviene su nombre curiosamente de una casualidad. Algunos días atrás padre y yo veníamos discutiendo sobre la identificación de recuerdos similares en nuestras narraciones, yo intuí algo en ese fenómeno más no sabía darle un nombre hasta que me encontré con la asombrosa historia que está en el libro “Biografía del hambre” de la escritora belga Amélie Nothomb; anecdota donde la autora como su hermana, las cuales, encontrándose en una Bangladesch ambientada por la guerra y el hambre, al ser exhortadas por sus padres de escribir una carta al abuelo, estas, sin comicarse, terminan narrando con exactitud los mismos acontecmientos de zozobra experimentandos en la ciudad.
A contiuación se puede leer el texto mencionado:


“En aquella época, Bangladesh intentaba practicar la democracia. El valiente presidente Zia ur-Rahman quería desmentir el tópico según el cual la extremada miseria engendraba la dictadura. Se esforzaba para que su país fuera una república digna de tal nombre. Apelando a su deseo de libertad de prensa, promovió la existencia no sólo de un periódico independiente sino de dos rotativos independientes, con el fin de que hubiera debate. Así nacieron el Bangladesh Times y el Bangladesh Observer.
Por desgracia, tan nobles intenciones tuvieron un resultado asombroso: cada mañana, cuando aparecían ambos periódicos, uno se daba cuenta de que, palabra por palabra, coma por coma, foto por foto, eran la réplica el uno del otro. Por más que se investigó, no se encontró una explicación. Y la maldición periodística continuó.


El domingo por la noche, a mi hermana y a mí se nos constreñía a escribir una carta a nuestro abuelo materno, que vivía en Bruselas: el correo saldría a la mañana siguiente por valija diplomática. Se nos entregaba una hoja en blanco con la misión de rellenarla. Era terrible: no teníamos nada que decir. «¡Vamos, un poco de buena voluntad!», insistía nuestra madre.


Juliette ocupaba un extremo del sofá, yo el otro. Sin ayudarnos mutuamente, escarbábamos en nuestras cabezas, a la búsqueda de algo: acabábamos por encontrar palabras que escribíamos con la letra más grande posible con el fin de ocupar más superficie. Al final de la página, estábamos agotadas. Papá recogía nuestras copias y se las llevaba a su habitación.


Lo escuchábamos gritar de risa. A nuestras cartas las llamaba el Bangladesh Times y el Bangladesh Observer; y cada semana volvía a producirse el milagro, que si bien era menos extraordinario que la traducción de la Biblia por los Setenta, no por ello dejaba de ser menos edificante: palabra por palabra, coma por coma, mi hermana y yo no dejábamos de escribir rigurosamente la misma carta, idénticas la una de la otra. Nos sentíamos humilladas.


Sin saberlo, quizás estábamos aportando una explicación al misterio periodístico de Bangladesh: si dos seres distintos intentaran comentar la actualidad de un país, una fatalidad verbal les haría escribir textos de una perturbadora similitud.”
Biografía del hambre
Amélie Nothomb

lunes, 19 de julio de 2010

EL MEJOR MÉTODO PARA ENSEÑAR A LEER A LOS PEQUEÑOS




Pues sí. Yo conozco el mejor método para que un pequeño se convierta en un ser amante de la lectura.


La cosa es sencilla. Todo comienza por medio de un acto de brujería. Es la única forma, no hay otra, créanlo, además, es fácil.


La cuestión es más o menos así.


Mi iniciación y el hechizo comenzaron conmigo a muy temprana edad.


Yo no tenía la oportunidad de ver a mi padre todos los días, al contrario de muchos niños que alimentaron su infancia con los arrullos nocturnos de sus padres y la compañía grata de su ternura, yo sólo podía esperar ese momento los fines de semana.


La llegada de mi padre a casa ocasionaba todo un evento de carnaval que cambiaba el curso de los astros, la marea, los sueños, las motivaciones y los intereses.


A saber, su llegada desencadenaba en mí, dos intereses totalmente identificables: por un lado estaba el interés material, un interés tierno e inocente que se basaba en la reciprocidad de mi alegría al verlo llegar por el portón, atravesar el patio de la pila de tres fuentes, bajar por la verja diminuta del jardín de selva de mi madre y llegar hasta la puerta donde el mismo había puesto a funcionar un rudimentario mecanismo que la abría como por arte de magia.


Esa llegada era tumultuosa en risas y gritos y en un esculcar imperdonable de curiosidad.


El interés se centraba en lo que traía o podía traer, padre siempre llegaba con algo raro a la casa y ese fenómeno desconocido y secreto que revelaba poco a poco nos maravillaba a mi hermana y a mí.


Era impresionante ver sacar del bolsillo de su camisa una culebra manchada que inmediatamente comenzábamos a llamar con el nombre de Samantha, era asombroso encontrar en las cajas de padre, en sus maletas, no solo crayones de todos los colores para hacer los cuadros de la rayuela o caminos y laberintos infinitos para las hormigas o encontrar una bolsa repleta de boliches, maras, balines y demás bolitas del género que eran siempre las más raras que se podían hallar en toda la región. Padre siempre traía algo infinitamente singular; los cromos más difíciles de las chocolatinas jet para el álbum animal, tortugas, conejos, juegos misteriosos de puntillas, muñecos de madera que solía llamar marionetas y que parecían trapecistas, mascotas, juegos y extraños artefactos que alimentaron mi niñez en cada llegada.


Este interés sin embargo era disminuido por el poder del segundo interés que padre sabía hacer crecer en mí.


De pronto, en el momento menos esperado, mientras jugaba con el nuevo arco de caña brava, padre comenzaba a narrar una historia.


Pero aquellas historias, no eran forzadas, nacían espontáneamente, por medio de una mayéutica generosa que el inventaba y generaba en las situaciones precisas.


Una pregunta que retaba mis conocimientos pronto se metamorfoseaba en la frase que motivaba toda mi curiosidad hacia lo que padre podía enseñarme.


En un santiamén, mi interés material se convertía en un interés emocional o intelectual, es difícil definir cual de los dos, quizá era un interés ambiguo entre lo emocional y lo intelectual, el caso es que dicho interés me llevaba a perder horas y horas al lado de pa’.


Sus historias eran fantásticas ya que no solo las comenzaba con preguntas que retaban o que causaban mi curiosidad sino que las enriquecía con una pantomima de no creer, este gigante mestizo se convertía en todas las voces posibles, en todos los duendes, en todos los personajes posibles y los disparos y los aullidos salían de su voz inimaginable e hipnotizaban al niño que dejaba rodar la pelota sin importancia alguna por el patio.


Así pasaban aquellos tres días de estancia de mi pa’ en casa.


Pero allí no termina todo. A medida que narraba su historia y la pausaba entre comidas, ocupaciones maritales y ocios de hombre-inventor, mi padre ocasionaba otro fenómeno extraño: en las tardes sacaba un libro, siempre el libro era diferente, repleto de ilustraciones, libros que fortuitamente y a veces, casualmente trataban la historia que su benévola paciencia iba desarrollando para mi hermana y para mí.


Lo fascinante de aquellos libros no era que multiplicaran la magia de la historia de turno, sino que pa’ esplendorosamente se embutía en una pelea de mil demonios con aquellos libros; reía, lloraba, rabiaba, los tiraba, les pegaba, los acariciaba. Era de locos ver aquel espectáculo del hombre que, sentado en el círculo de piedra que rodeaba la primera fuente de la pila, se la pasaba peleando con un libro.


Esos días pasaban llenos de dichos disparates, al final padre tenía que marchar y ese era el momento más temido por todas mis expectantes motivaciones.


Padre dejaba la historia a medio narrar, era doloroso sentir que aquella historia tan magnifica de pronto se iba a perder y olvidar en un palimpsesto indescifrable para mí


Yo solía rogarle siempre a padre que no se fuera sin por los menos terminar de contar la historia.


Pero pa’ respondía con ternura enfática algo parecido a una invitación. - Busca el libro, ahí está el final de la historia


En mi pueblo había una biblioteca. Yo corría hacia aquella casita cultural, para ver si allí iba a encontrar el libro pero casi nunca lo encontraba.


Pasaban los días y de pronto sucedía el milagro.


Era simplemente increible; a la llegada del colegio, a la llegada de jugar o de estar con los amigos, el libro aparecía en los lugares menos esperados: al abrir la puerta de la nevera, al destapar una olla, al meter mis zapatos en el armario o buscar ropa en el guarda-ropa al irme a acostar y meterme entre las cobijas, de pronto me tropezaba con aquel milagro. El libro aparecía, estaba ahí, para mi.


Yo corría con él, contento, Desaforado en una alegría que no me cabía en el cuerpo y me encerraba en el cucho, el viejo cuarto de sanalejo donde duraba horas y horas leyendo y descifrando los finales de las historias de pa’.


Imitando su voz, sus silbidos, sus amenazas a filibusteros o titanes, sus lloriqueos y hasta sus litúrgicos silencios.


Ahora que soy un adulto sé que esto nunca fue un acto de brujería, que sólo era la consciente y secreta forma de un pacto entre padre y madre que solían realizar para motivarme hacia la lectura.


Para mi fue siempre un hechizo.


Sólo hay un método para que cualquier pequeño ame la lectura, aquí lo comuniqué.


La única forma sólo es posible por medio de un acto de brujería. Mis padres, lo lograron.

lunes, 31 de diciembre de 2007

RAZONES DE SOBRA.



“Siempre pienso que una de las cosas felices que me han ocurrido en la vida es haber conocido a Don Quijote.”
Borges.



El Quijote. Óleo sobre lienzo. Fabio Vargas



He podido comprobar hace algunos días, sin mayor asombro, que la lectura de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, ya no seduce el espíritu de los jóvenes como en tiempos pasados.




Tal acontecimiento se debe no tanto a su desactualización y declive como obra moderna, sino más bien al rasgo meramente sugestivo que radica en la motivación de los lectores hacia el texto. Las preguntas, entonces, serían: ¿por qué leer el Quijote?, ¿para qué leer el Quijote?




Esta clase de cuestionamientos, contienen de por si un problema axiológico y pedagógico, que por su misma naturaleza, regulan las razones y propósitos de una posible reivindicación de El Caballero de la triste figura”.




Alejándonos de la crítica; que desde hace cuatrocientos años ha posibilitado una descomunal biblioteca quijotesca, y donde es posible advertir infinidad de estudios sobre temas particulares acerca de la obra resueltos desde lo psicológico, lo lingüístico, lo social, lo político, lo religioso, entre otros; lo necesario aquí, será intentar restablecer y promover la naturaleza cosmopolita y el sentido didáctico del Quijote dentro de las actuales condiciones del mundo contemporáneo.




Sin lugar a dudas, la obra de Cervantes está inmersa dentro del modernismo y, a su vez, tal y como dijo Mario Vargas Llosa, la obra “sentó las bases sobre las que nacería la novela moderna (Vargas Llosa, 2004:XXIII); este descubrimiento que fue referido también por otros autores,[1] facilita la orientación de una posible estrategia lectora para motivar a la juventud por el maravilloso mundo del Caballero de la Fe como lo llamó en alguna ocasión Miguel de Unamuno (Zubiría, 1998: 66-82).




El mundo actual está repleto de una literatura que se basa principalmente en el género novelístico. Los jóvenes de hoy prefieren El señor de los anillos, El código da Vinci, El club Dante o las aventuras de Harry Potter sin reconocer que estos representantes de la prosa moderna juvenil son los hijos “menores” de Cervantes. Invitar a los adolescentes hacia el develamiento del origen de las novelas contemporáneas, de sus relaciones con el pasado literario sería un primer contacto con un objeto extraño para ellos como lo es el ingenioso manchego.




Sin embargo, este primer acercamiento no debe llevarse a cabo en solitario, es indispensable tener en cuenta que la motivación debe centrarse en los intereses actuales de los adolescentes que según el ensayista colombiano Arturo Cruz Kronfly, se caracterizan por su profundo hedonismo ante la vida.[1]




Aventuras extremas e irreflexivas son las que suelen llevar a cabo los ciudadanos que habitan el mundo consumista de nuestros días: disputas individuales o grupales, conflictos afectivos, protestas contra el orden establecido, rebeldías morales, revoluciones éticas, búsquedas de identidad y creación de momentos placenteros son los rasgos que identifican la sociedad del siglo XXI. Estas y otras cualidades que hacen legitima la vida de nuestros jóvenes contemporáneos pueden verse minimizadas ante la gran proliferación de afluencias[2] que logran encontrarse, con mayor sorpresa, en la Novela Paradigma del Español.




Hacer inverosímiles o ingenuas las aventuras de nuestros estudiantes ante los exorbitantes y exagerados incidentes de nuestro caballero andante, sería una forma de estimular el acercamiento de éstos a la obra.




Más, quizá, lo importante estaría en mostrar cómo el estilo espontáneo de Cervantes posibilitó, a través de dos personajes, la inmortalización y caracterización de los dos tipos de seres existentes en el planeta. A diferencia de Borges que, citando a Coleridge, establece que los hombres nacen aristotélicos o Platónicos ¿Borges, 1974: 718,745?; Cervantes con su obra maestra parece afirmar que los hombres nacemos Quijotescos o Sanchescos; los primeros dados al idealismo, a la confirmación de la voluntad de ser, del hacer-se, del ser-se, creyentes de su verdad, de su sueño y atados a un mundo interior repleto de actitudes románticas y optimistas; los últimos en cambio; realistas, centrados en el materialismo, dados al orden del mundo exterior, prácticos, empiristas, escépticos y pesimistas por antonomasia; El primero un rebelde; el segundo un conformista; Sancho mostrando siempre su situación trágica de mortal y el Quijote demostrando constantemente la posibilidad de la trascendencia.



He aquí uno de los mejores argumentos para sugerir la lectura de El Quijote. No se trata de auscultar la obra en búsqueda de un algo importante o legítimo sino de establecer en los lectores la sensibilidad necesaria para que éstos “extraigan de la obra de arte el máximo provecho” (Betto, 2005:1).




El ideal fundamental del Quijote no se centra en la posibilidad crítica de la obra ante el mundo ni en la de una contextualización lingüística o académica sino en la polisemia que pueda llegar a tener el libro ante los hombres y ante los siglos.




Desde este punto, El Quijote es más asequible a cualquiera o como lo dijera el bachiller Sansón Carrasco: “es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran” (II parte, cap. III).




Además, la obra es en si misma un espacio propicio para el entretenimiento, “para que el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla” (Prologo de Cervantes a al primera parte de El Quijote).




Novalis, pensando, quizá, en la ética lectora, afirmó, en alguna ocasión, que al verdadero lector le era preciso ser el autor por extensión (Novalis, 1948: 93). Leer en este sentido es encontrar, es confirmar, es conocer y en algunos casos magníficos es trasmutar. Este sorprendente fenómeno, que convierte al lector en un verdadero “autor por extensión”, lo consiguió el “bueno” de Alonso Quijano que tras le lectura de innumerables libros de caballería soñó con el destino diferente pero ese sueño teatral, ficticio por excelencia, lo llevo al extremo mismo no de representar a otro sino de convertirse en Otro; en el Quijote olvidando por completo, mientras duró su andante aventura, a su primogénita personalidad, al ocioso Quijano: el vejete dado a la simple divagación de las historias medievales.




Cervantes, tristemente Sanchesco, logró por medio de su literatura lo que no pudo su espíritu, que harto de cárceles y aburrido ante las estériles tierras de la Mancha se dio en la tarea de recrear su “alter ego” para que éste lo sobreviviera. Por eso Cervantes está presente durante toda su obra; unas como comentador, otras, como autor de libros, siempre como personaje y en últimas como amigo entrañable y apasionado lector. Este infinito juego de espejos y etruskas que se encuentran en la novela enriquece más su poder de seducción y la sitúa dentro de la literatura universal como una de las obras de más alta competencia ante los intentos de escritores modernos por lograr alguna innovación.




El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha no sólo es una novela de entretenimiento o regocijo sino que es “todo un conjunto de alusiones simbólicas al sentido universal de la vida” (Rabanales, 1998: 1). Por eso, después de haber encontrado tantas evidencias de actualización y vigencia en El Quijote, si me fuera preciso ese mismo juego fantástico que realizó Cervantes de trastocar lo real con lo irreal, no dudaría en confesarle: “Dígote de verdad que tú has contado una de las más nuevas consejas, cuento o historia que nadie pudo pensar en el mundo, y que tal modo de contarla ni dejarla jamás se podrá ver ni habrá visto en toda la vida” (I parte cap. XX), y no porque su historia sea una de las mejores de la literatura universal sino porque su narración no admite escepticismo, dudas o incertidumbres sino antes aumenta la aceptación, la fe, hace posible el asombro y provoca, tal y como lo advirtiera el contemplativo Coleridge, la relectura (Borges, 1999: 5).



A cuatrocientos años de su invención, el Quijote sigue siendo ese amigo entrañable, contemporáneo, vigente y necesario.




“Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento” (II parte, cap. LVIII) por eso a lo mejor una de las mayores razones para incitar a los jóvenes hacia la lectura de El Quijote sería la de decirles que si a alguien deben este mundo moderno provisto de atributos globalizantes, mestizos y técnico-instrumentales, es sin duda al más universal de los seres posibles: Miguel de Cervantes Saavedra.


La obra de Cervantes es un elaborado documento que prefigura el destino parcial de la sociedad moderna. Su narración deja entrever la naturaleza soñadora del hombre y el tipo de relación que tejería en el futuro la humanidad globaliza y neoliberal, sin embargo, la novela, no sólo se remite a ser un oráculo sino que anuncia la locura final de los hombres atrapados en su laberíntico saber. Mas no por esto, la novela pasa a ser una fuente pesimista sino que antes se instaura en la historia como un recurso pedagógico ya que promete una solución, una tierna felicidad que se descubre para nosotros en el eterno retorno; en una razón que abandonando el mundo material se da en construir uno propio, más propicio, más amable y más natural habitado por poetas con inocente locura.



Además, estoy de acuerdo con Borges en que “los hombres seguirán pensando en Don Quijote porque después de todo hay una cosa que no queremos olvidar: una cosa que nos da vida de tanto en tanto, y que tal vez nos la quita, y esa cosa es la felicidad. Y, a pesar de los muchos infortunios de Don Quijote, el libro nos da como sentimiento final la felicidad.” (Borges, 1999: 6). Por esto, “vengan más quijotadas, embista don Quijote y hable Sancho Panza” (II parte cap. VI).






NOTAS




[1] Al respecto Zubiría nos dice que “la colosal invención, inauguraba un nuevo género de escritura, la novela, cuya vitalidad, de entonces, no ha conocido mengua”, más adelante para reafirmar su argumento cita a Meléndez y Pelayo quien observa en El Quijote “el último de los libros de caballerías, el definitivo y perfecto, el que concentró en un foco la materia difusa, a la vez que, elevando los casos de la vida familiar a la dignidad de la epopeya, dio el primero y no superado modelo de la novela realista moderna” (Zubiría, 1998: 66-82). William Ospina al referirse al siglo de oro español concluye que este siglo “finalmente recogió su fuerza expresiva y su capacidad de testificar a la vez la muerte de una época y el nacimiento de otra, al fundar en la obra de Cervantes el género literario típico de la edad moderna: la novela” (Ospina, 2003:59)
[2] El término ques e encuentra en el texto: Aproximación a Cervantes de Ramón Zubiría es del escritor Pedro Salinas quien dice: “Cervantes crea la gran novela inclusiva, suficiente, con capacidad bastante para contener, en torno a la figura equivoca y misteriosa del caballero don Quijote, todo un mundo de pastores y burgueses, doncellas desgraciadas y pícaros, cautivos de los moros y bachilleres del pueblo. El Quijote es obra de afluencias y se la mira en su lugar histórico con el mismo asombro que un descubridor que no hubiese visto más que modestas corrientes fluviales, ríos de menor cuantía, debió de sentir al encararse por vez primera con el Amazonas, suma de ríos, ejemplos de afluencias