Mostrando entradas con la etiqueta leer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta leer. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de julio de 2010

EL MEJOR MÉTODO PARA ENSEÑAR A LEER A LOS PEQUEÑOS




Pues sí. Yo conozco el mejor método para que un pequeño se convierta en un ser amante de la lectura.


La cosa es sencilla. Todo comienza por medio de un acto de brujería. Es la única forma, no hay otra, créanlo, además, es fácil.


La cuestión es más o menos así.


Mi iniciación y el hechizo comenzaron conmigo a muy temprana edad.


Yo no tenía la oportunidad de ver a mi padre todos los días, al contrario de muchos niños que alimentaron su infancia con los arrullos nocturnos de sus padres y la compañía grata de su ternura, yo sólo podía esperar ese momento los fines de semana.


La llegada de mi padre a casa ocasionaba todo un evento de carnaval que cambiaba el curso de los astros, la marea, los sueños, las motivaciones y los intereses.


A saber, su llegada desencadenaba en mí, dos intereses totalmente identificables: por un lado estaba el interés material, un interés tierno e inocente que se basaba en la reciprocidad de mi alegría al verlo llegar por el portón, atravesar el patio de la pila de tres fuentes, bajar por la verja diminuta del jardín de selva de mi madre y llegar hasta la puerta donde el mismo había puesto a funcionar un rudimentario mecanismo que la abría como por arte de magia.


Esa llegada era tumultuosa en risas y gritos y en un esculcar imperdonable de curiosidad.


El interés se centraba en lo que traía o podía traer, padre siempre llegaba con algo raro a la casa y ese fenómeno desconocido y secreto que revelaba poco a poco nos maravillaba a mi hermana y a mí.


Era impresionante ver sacar del bolsillo de su camisa una culebra manchada que inmediatamente comenzábamos a llamar con el nombre de Samantha, era asombroso encontrar en las cajas de padre, en sus maletas, no solo crayones de todos los colores para hacer los cuadros de la rayuela o caminos y laberintos infinitos para las hormigas o encontrar una bolsa repleta de boliches, maras, balines y demás bolitas del género que eran siempre las más raras que se podían hallar en toda la región. Padre siempre traía algo infinitamente singular; los cromos más difíciles de las chocolatinas jet para el álbum animal, tortugas, conejos, juegos misteriosos de puntillas, muñecos de madera que solía llamar marionetas y que parecían trapecistas, mascotas, juegos y extraños artefactos que alimentaron mi niñez en cada llegada.


Este interés sin embargo era disminuido por el poder del segundo interés que padre sabía hacer crecer en mí.


De pronto, en el momento menos esperado, mientras jugaba con el nuevo arco de caña brava, padre comenzaba a narrar una historia.


Pero aquellas historias, no eran forzadas, nacían espontáneamente, por medio de una mayéutica generosa que el inventaba y generaba en las situaciones precisas.


Una pregunta que retaba mis conocimientos pronto se metamorfoseaba en la frase que motivaba toda mi curiosidad hacia lo que padre podía enseñarme.


En un santiamén, mi interés material se convertía en un interés emocional o intelectual, es difícil definir cual de los dos, quizá era un interés ambiguo entre lo emocional y lo intelectual, el caso es que dicho interés me llevaba a perder horas y horas al lado de pa’.


Sus historias eran fantásticas ya que no solo las comenzaba con preguntas que retaban o que causaban mi curiosidad sino que las enriquecía con una pantomima de no creer, este gigante mestizo se convertía en todas las voces posibles, en todos los duendes, en todos los personajes posibles y los disparos y los aullidos salían de su voz inimaginable e hipnotizaban al niño que dejaba rodar la pelota sin importancia alguna por el patio.


Así pasaban aquellos tres días de estancia de mi pa’ en casa.


Pero allí no termina todo. A medida que narraba su historia y la pausaba entre comidas, ocupaciones maritales y ocios de hombre-inventor, mi padre ocasionaba otro fenómeno extraño: en las tardes sacaba un libro, siempre el libro era diferente, repleto de ilustraciones, libros que fortuitamente y a veces, casualmente trataban la historia que su benévola paciencia iba desarrollando para mi hermana y para mí.


Lo fascinante de aquellos libros no era que multiplicaran la magia de la historia de turno, sino que pa’ esplendorosamente se embutía en una pelea de mil demonios con aquellos libros; reía, lloraba, rabiaba, los tiraba, les pegaba, los acariciaba. Era de locos ver aquel espectáculo del hombre que, sentado en el círculo de piedra que rodeaba la primera fuente de la pila, se la pasaba peleando con un libro.


Esos días pasaban llenos de dichos disparates, al final padre tenía que marchar y ese era el momento más temido por todas mis expectantes motivaciones.


Padre dejaba la historia a medio narrar, era doloroso sentir que aquella historia tan magnifica de pronto se iba a perder y olvidar en un palimpsesto indescifrable para mí


Yo solía rogarle siempre a padre que no se fuera sin por los menos terminar de contar la historia.


Pero pa’ respondía con ternura enfática algo parecido a una invitación. - Busca el libro, ahí está el final de la historia


En mi pueblo había una biblioteca. Yo corría hacia aquella casita cultural, para ver si allí iba a encontrar el libro pero casi nunca lo encontraba.


Pasaban los días y de pronto sucedía el milagro.


Era simplemente increible; a la llegada del colegio, a la llegada de jugar o de estar con los amigos, el libro aparecía en los lugares menos esperados: al abrir la puerta de la nevera, al destapar una olla, al meter mis zapatos en el armario o buscar ropa en el guarda-ropa al irme a acostar y meterme entre las cobijas, de pronto me tropezaba con aquel milagro. El libro aparecía, estaba ahí, para mi.


Yo corría con él, contento, Desaforado en una alegría que no me cabía en el cuerpo y me encerraba en el cucho, el viejo cuarto de sanalejo donde duraba horas y horas leyendo y descifrando los finales de las historias de pa’.


Imitando su voz, sus silbidos, sus amenazas a filibusteros o titanes, sus lloriqueos y hasta sus litúrgicos silencios.


Ahora que soy un adulto sé que esto nunca fue un acto de brujería, que sólo era la consciente y secreta forma de un pacto entre padre y madre que solían realizar para motivarme hacia la lectura.


Para mi fue siempre un hechizo.


Sólo hay un método para que cualquier pequeño ame la lectura, aquí lo comuniqué.


La única forma sólo es posible por medio de un acto de brujería. Mis padres, lo lograron.

jueves, 8 de julio de 2010

Saudade I


Ayer, buscando la palabra Copihue, sonora palabra con algo de fruto, me encontré con un viejo tesoro. Mientras revolcaba, literalmente mi alcoba en búsqueda de un diccionario, hallé, en un rincón, el pequeño Larousse ilustrado que tantas y tantas veces examiné intentando comprender el significado de alguna mágica palabra que escuchaba a mi padre.


No podía contener mi cerebro, una avalancha de recuerdos se desbordaban años atrás. Me sentí, niño de nuevo, asombrado, descubría los mismos talismanes, los tréboles, los pétalos secos, las mariposas disecadas, los almanaques , las estampillas, las notas realizadas en una legendaria letra cursiva, las postales y las miles de cosas más aparecían de nuevo entre sus hojas; este diccionario, no sólo era un diccionario, era una bodega, un cajón litúrgico repleto de objetos deslumbrantes.


Mi padre solía guardar allí cuanta cosa rara encontraba y yo seguí su obsesión.

Allí en ese libro-duende, aprendí muchas cosas, no sólo palabras, aprendí a tenerle cariño a los libros, a acariciarlos y olerlos, olfatear su piel, a manejarlos con caricias sólo prestas para leer. Recuerdo que a los cinco años este diccionario apenas si lograba sostenerlo sobre mis manitas, sin embargo, no pasaba día en que lo tumbara sobre el suelo dálmata de mi alcoba y comenzara a hojearlo, perdiéndome en sus láminas, en las colecciones de mi padre y en esas palabras que comenzaba a utilizar como un loco.


Una vez mi madre tuvo que sacarme un gusano de la boca, lo tenía allí adentro, sintiendo como se retorcía, no lo masticaba, sólo lo empujaba de vez en cuando hacia los dientes para no tragarlo. Sentía unas cosquillas enormes. Mudo, casi en trance, esperaba inocentemente. Por haber encontrado la palabra crisálida yo tenía preso a aquel gusanito esperando que de mi boca saliera transformado en mariposa.


Era raro todo aquello, buscar la palabra “orate”, y ofender a mis amigos con ese eufemismo que no lograban si quiera pronunciar.


Ayer cuando pasaba las hojas del diccionario volví a quedarme perplejo ante la fotografía de Rasputín que alimentó tantas hazañas en el niño que fui y comencé a navegar de nuevo entre las biografías, la fauna, la flora que este enanito lleno de palabras tenía y que jamás he vuelto a ver en ningún otro.


Un libro con más de mil páginas que no cansa, que incita la curiosidad, que motiva con sus ilustraciones en blanco y negro diminutas.


Un bello instrumento que alumbró mi niñez y que ayer me ocasionó otra vez la felicidad.


Ayer supe, gracias a este hallazgo, que escribir y leer no fueron actos aprendidos, fueron actos naturales, algo que en mí se tenía que dar.


Qué niño de cinco años prefiere encerrase en su cuarto a leer el diccionario en vez de estarle fregando la vida al mundo con pataletas y caprichos.


No me cabe en la cabeza, sin embargo, yo lo fui.

domingo, 4 de julio de 2010

¿Y entonces la vida qué?

“Porque el mundo del que somos responsables es éste de aquí: el único que nos hiere con el dolor y la desdicha, pero también el único que nos da la plenitud de la existencia, esta sangre, este fuego, este amor, esta espera de la muerte”.
Ernesto Sábato.





Aunque parezca extraño el hombre es ante todo una convención simbólica y pretérita.


Siempre buscamos una historia, siempre buscamos algo que contar, siempre procuramos el pasado y siempre anhelamos el recuerdo como encuentro. Somos ante todo unos seres egoístas repletos de ansias ilimites de celebridad y gozo. Sea en la tarea más sencilla o en el oficio más degradante nuestra alma egoísta busca relevancia. El mundo se nos presenta ajeno e impreciso. Los otros; esas caras que se sobreviven paralelamente en todas las esquinas, sueñan con ser mañana una imagen fundida en otras conciencias, en otros ojos, en otros pensamientos. Pasamos toda nuestra vida creando, diseñando y construyendo ese mágico pasillo de fama y gloria que hemos considerado llamar de la forma más agradable como “recuerdo”.


Hasta en la acción más generosa existe siempre un interés oculto que reclama su satisfacción; por eso lloramos, por eso mismo maldecimos cuando a quien ayudamos nos maldice, por eso mismo sentimos que el dolor de los otros es un dolor propio, no porque lo entendamos, sino porque ese dolor nos satisface, nos tranquiliza. En nuestra soledad consideramos nuestras conductas de forma favorable, más, hay momentos en que el silencio mismo de nuestros equívocos nos lleva a considerar nuestros comportamientos de forma maliciosa y radical. A veces lleva años entender esta situación utilitarista, funcional o pragmática en la que hemos caído; pero no está mal desear estas cosas, ya que muchas veces estas acciones las llevamos a cabo sin saberlo.


En ocasiones, nos acercamos a alguien, que esta acongojado, con el fin de consolarlo no porque queramos sentirnos bien sino porque algo en nosotros nos empuja a querer ayudar al otro; este caso especial en que el instinto nos lleva a realizar una actuación particular en pro de lo que va más allá de nosotros tan sólo determina el carácter trágico de nuestras necesidades personales.


Sin estos pequeños fenómenos, que aunados a nuestra vida logran darle sentido a nuestras ideas, sería imposible existir.


El amor, la tolerancia, la paciencia, la sabiduría, el bienestar y la paz sólo pueden provenir de hechos netamente egoístas pero profundamente altruistas; este concepto egoísta no se señala como un algo narcista o egocéntrico que procura deliberadamente riquezas fraudulentas ya sean materiales o puras sino que deviene de un entendimiento universal de lo humano. El egoísmo viene de un sentir especial de lo que somos, de un amor desmedidamente consciente de lo que valemos y de lo que tenemos.


Este sentir egoísta-altruista que impulsa todas nuestras acciones posibilita en nosotros esa capacidad de querer comprender lo otro, siempre nos alejamos de nosotros egoísta y altruistamente no para mostrarnos sino para abandonarnos en los otros. Tenemos una rotunda sed de prevalecer en el pasado de quienes formamos alguna vez parte. Esta vía de entendimiento ha planteado la estructura simple de la historia universal. Algunos personifican el grado sumo del heroísmo indefinido o del protagonismo total, otros, acechan en los párrafos trasparentes del recuerdo con posiciones que siempre señalan y especifican un determinado ser y una determinada historia y desde allí simbólicamente manifiestan su victoria sobre el olvido.


Entonces la vida, esa que cargamos de aquí para allá y de allá para acá, se nos presenta vestida elegantemente; la vida entonces, se nos hace digna, no porque pensemos que lo que hacemos es importante para el devenir potencial de la evolución humana sino porque voluntariamente accedemos a ser células vivas de un desarrollo maravilloso.


Por eso nuestra búsqueda no se instaura en el futuro sino en el pasado, ese espacio vivido en el cual logramos la hazaña de la parábola y de la narración; ese lugar inexistente donde todo termina es donde procuramos realizar el sueño de relatar lo que fuimos.


Es gracias al pasado donde logramos reencontrarnos y logramos el compromiso; son las experiencias que quedan, la charla, el abrazo, el beso, la mirada, son los pasos que dimos, las cosas que vimos, las que exitosamente nos conducen al recuerdo.


La sensación placentera de saber que nos escuchan, la sensación orgásmica de comprender que lo hecho estuvo bien, la impresión incorruptible de sabernos vivos nace del egoísmo comunicacional de nuestros propios deseos.


Sin embargo, hay seres que han trasformado su egoísmo-altruismo humanista en un egoísmo fatal, en un egoísmo mortal. Tal es el caso de los que olvidan, tal es el caso de los que proceden según sus leyes y sus propios acuerdos, tal es el caso de los famélicos bárbaros que andan en la vida destrozando corazones.


En el mundo hay dos razas: la una que se inclina en el espejo para ver como los otros han logrado iluminarlo y la otra que se asoma en el azogue con el único fin de romper la luz que desde el fondo del cristal se instaura como verdad. Ambas razas son egoístas, pero la primera se busca eróticamente, procura el artilugio de saberse responsable de un mundo, de una vida, de una historia; la otra por su lado sólo acciona un egoísmo rencoroso, un egoísmo que se sabe construido y que niega su origen como quien niega a sus amigos.


Estos últimos seres, son seres angustiados por la expectativa, por la ansiedad de saberse inacabados. Hay una gran sed de inmortalidad en sus corazones que no les permite reconocer su eternidad, su infinitud. Esa raza de solitarios y de proclives, desde su incomoda posición de insatisfechos, ultrajan el mundo y a los hombres creyéndose iconoclastas verdaderos.


Pero esta devastación por el contrario de lograr el exterminio del progreso comulgante de los egoístas trascendentes lo que decreta es la convocatoria de una militancia activa hacia la orientación directa y personalizada.


Sólo cuando reconocemos que el hombre pasa por tres etapas esenciales en su vida, donde la primera imprime la rebelión y la racionalización; donde la segunda figura lo emocional y lo constructivo y donde la tercera configura la sabiduría y el recuerdo, es cuando comprendemos el sin-sentido de los humanos que obnubilados en el ensueño de las sospechas gestionan la guerra como sentido.


Todos fuimos o seremos en algún grado esa raza demente e ignorante, más todos maduramos o maduraremos y lograremos el ascenso hacia el egoísmo-altruista verdadero.


Hay que sentirse feliz de saber que se es un buen egoísta-altruista, de saber que lo que se sueña, que lo que se desea, de que esa sed de protagonismo y de trascendencia que le imprimimos a todo cuanto hacemos indudablemente tiene sentido, porque no es un egoísmo de afuera, no es un egoísmo rencoroso sino que es un moderado egoísmo que nace en nosotros como necesidad de la historia.


Cuando logremos interiorizar que el amor propio es lo que nos da el argumento necesario para predicar nuestra existencia como un estilo de vida que procura observar al hombre como valor central del universo entonces es cuando podremos dar respuesta acertada y alegre a la pregunta: ¿y entonces la vida que?


Nuestra respuesta por lo demás, tan sólo será: Pues que la vida vale la pena, pues que la vida es necesariamente imprescindible, pues que la vida en definitiva es el divino atributo que nos hace posibles, que nos hace sentir que somos algo, un algo que va más allá de unas ganas, de un querer, de unos sueños, de un sentir, de un luchar.

Sobre una supuesta “Especie” en vía de extinción.

Avatares del libro, la lectura y el lector.






"Para cada individuo existe una selección especial de los libros que le son afines y comprensibles, queridos y valiosos”[1]
Herman Hesse.


Resulta ineludible y lo qué es más impresionante hoy en día, urgente, que al hablar del tema de la lectura, los libros, los lectores, la incitación al leer o como suelen denominarlo los estadistas y conocedores de la industria editorial: “el mercado del libro”, tengamos que priorizar ciertos interrogantes, casi siempre, que tienen que ver con el deterioro de la memoria, el olvido, la indiferencia, la importancia y la utilidad que en nuestro siglo, de supuestamente globalización, puede seguir teniendo el hecho de fomentar lectores y sujetos amantes de los libros.


Hay una gran angustia y necesidad por parte de escritores, gobernantes, profesores y personas apasionadas por el libro. Sin embargo estos sujetos, la más de las veces, atiborrados de incertidumbre y escepticismo, en un intento desesperado por fomentar la lectura, lo que resultan fomentado en las defensas por el objeto de su pasión trasmitidas a través de apologías, estudios críticos y demás elucubraciones retóricas, es la exposición escueta y trágica de lo que sus propios temores proyectan: la muerte del libro.


Cada vez que se hace una feria del libro, sea en nuestro país o en cualquier otro, industrializado o no, primer mundista o tercer mundista, se revela, con increíble tasa de de aumento, el dossier de los cuidadores y salvadores de la extinción (imaginada o pronosticada) de una de las especies más antiguas de la memoria: El libro.


El pregón que realiza Saramago[2] en la feria del librode Granada no dista mucho del discurso pronunciado por Joseph Brodsky[3] en la Feria del libro de Turín o de las no menos conocidas disertaciones que en cada feria del libro de Medellín hacen nuestros poetas Juan Manuel Roca, Federico Díaz Granados, Mario Rivero, entre tantos otros cultores y precursores de los reconocidos movimientos de lectura en nuestro país.


Esta situación que se repite en cada rincón del planeta, en cada feria, en cada encuentro y cenáculo construido alrededor de la providencia de la lectura ha colmado nuestra historia contemporánea con citas demasiado similares como para poder considerarlas hijas de un solo autor. Ya Paul Valery confesaba con humildad y genialidad que “todos los autores somos un solo autor”.


He aquí una categoría básica de la emergencia que ha producido la extinción del libro: ha dado para la publicación de más libros, de más textos, de más letras, de más y más lectores y escritores.


Lo que Saramago se cuestiona en Granada con varios interrogantes tales, cómo:


¿Se está haciendo todo lo que se puede para promocionar la lectura?
¿La escuela enseña a amar el libro?
¿La escuela enseña a entender lo que está en un libro?


Se encuentran así mismo en los fatigosos estudios del erudito mexicano Carlos Monsiváis; en los del Historiador colombiano Jorge Orlando Melo[4]; y en los ensayos de la novelista norteamericana Susan Sontang[5].


Y es que lo que preocupa a estos escritores es algo que va más allá del placer que produce leer. El ilustrado escritor venezolano Fernando Báez, hoy en día con reconocida trayectoria cultural, demuestra que “Para saber lo que importan los libros, basta decir que en 56 túneles de las montañas Chiltan en la comunidad islámica de Quetta, en Pakistán, un grupo de sirvientes se desvive hoy por custodiar un camposanto con 70.000 bolsas que resguardan ejemplares dañados del Corán. Estos depósitos son llamados Jabal-E-Noor-Ul-Quran”[6].


Que existan cementerios de libros, que denominemos a ciertos libros como sagrados y que llamemos a otros: “joyas de la inmortalidad”, es la mejor forma para determinar que los libros son parte incuestionable de nuestra evolución y que además hacen parte integral de las necesidades humanas.


Saramago , idealista, dice que “la lectura es una devoción, una pasión, un amor”, Ospina por su lado un tanto más humanista, nos refiere que “leer siempre equivale a leernos”, Monsivais por su lado, panteísta, afirma: “Gracias a la lectura, cada persona se multiplica a lo largo del día” y Juan Luís Mejía, didáctico, promueve una linda sentencia: “Uno se hace lector la noche del asombro”.


No se trata de que el libro esté llegando a su fin, el bosquejo de Monsivais es extravagante y exagerado:

  • El avasallamiento de las industrias culturales de Norteamérica,

  • Internet

  • El lector se considera cada vez más representante de los lectores, debido al proceso que a todos, en algún nivel, nos vuelve emblemáticos de lo global.

  • Las industrias editoriales, por fuerza, tienden a integrarse a grandes holdings, y el gran mérito de las editoriales pequeñas es y será convertir su resistencia en una alternativa institucional.

  • Se unifican de modo constante las visiones educativas y se globaliza el proceso de la enseñanza superior.

  • El universo de la imagen, la iconosfera, desplaza en la vida colectiva al universo del libro.




Estos y los demás ítems a los que recurre son sólo variables arbitrarias que el estudioso realiza para exagerar un problema que tiene su fuente más en el carácter educativo que en el carácter civil y globalizado.


Por ejemplo, Juan Luis Mejía en su ensayo lo demuestra, nuestra nación ha sido un lugar de censura para la libertad del libro y en esa medida no se ha educado para leer. No es culpa de agentes externos sino de nosotros mismos que no hemos sido capaces de transgredir ciertas variables de la historia las que nos mantienen analfabetos todavía.


Si en lugar del 2%[7] que generalmente se presupuesta para las bibliotecas en las universidades se lograra un monto mayor con didácticas proyectadas a la estimación de los libros y la lectura; sin en lugar de realizar el fomento de campañas de lectura con afiches y folletos se obsequiaran kits de libros a cada familia de estratos menos favorecidos, se podría ya comenzar a lograra un cambio rotundo a nuestra incapacidad de enseñar a leer.


Si de veras intentamos generarnos un criterio propio sobre las problemáticas que afectan al libro, la lectura y todo lo concerniente a este, denominémoslo: “espacio cultural”, tendríamos que admitir que el punto centrífugo de la discusión se ajusta a los inconvenientes y contrariedades que afectan la educación y la crianza.


“Muy poco se consigue si se quiere obligar a la lectura a las personas o a las comunidades”, asevera Monsiváis y no se equivoca y más aún en un mundo dónde todavía el libro no es un objeto globalizado, donde la lectura no es un objeto global, refiriéndonos al tema con mayor flexibilidad, podemos lanzar una conjetura aún más temeraria: leer es un acto local y más aún: íntimo.


Los lindes de la lectura hasta ahora están comenzado a ser sobrepasados. Todavía existen muchas comunidades donde las obras más universales son un tema desconocido, aun hay tribus donde la televisión y el celular son objetos más conocidos que un libro y aun subsisten comunidades triviales donde la carencia de la escritura es abominablemente duradera.


Ahora, para darle mayor comprensión a una idea tan excéntrica, el libro no es un objeto global ya que lo que allí se busca promocionar no es un evento todavía común en el mundo entero, la lectura es un evento netamente individual que promociona grandes emociones grupales, inmensas manifestaciones históricas y comunica demasiados saberes e intereses comunes pero no es todavía un acto que sea ordinariamente reconocido por cada ser humano en el planeta.


Recordemos la frase de Ospina: “A los libros se llega por el camino de la tentación, de la seducción”, en un mundo globalizado donde el Internet, la televisión por cable y los sistemas digitales hacen posible la globalización de muchas cosas, la lectura resiste todavía a ser un mero producto de la masa.


Esto no quiere decir que dicha resistencia conlleve a una extinción. Por el contrario. Lo que posibilita es algo más grande que la extinción o la globalización, la lectura y el libro posibilitan el acercamiento siempre íntimo con lo universal.


La gran proliferación de lecturas e hipertextos dados por la herramienta digital no debe preocuparnos, el libro siempre existirá. El libro más que un objeto se convierte en una parte insoslayable de nuestro destino, todo libro sentenció Fernando Gonzáles Ochoa, “debería caber en el bolsillo”[8]. Por que un libro, el Libro, es en definitiva una gran parte visceral de nuestra existencia.


Por eso lo más que podemos decir, es que el libro, la lectura, ese ámbito misterioso repleto de placer jamás dejará de existir y que las acciones coyunturales a ese acto como: “leer en voz alta o en voz baja, de pie o sentado, o en cuclillas o tendido en un sofá o cama, de día o de noche, acompañado o solo, - nada de eso será factor determinante de su desaparición-. Si se lee bien y si el libro es excelente, lo demás queda justificado”[9]


El verdadero lector, el “hedónico lector”[10] como alguna vez se denominó así mismo Borges, jamás se extinguirá porque, para finalizar y no dejar dudas, como lo dijo Roberto Bolaño. “Uno nunca termina de leer, aunque los libros se acaben”[11] si es que eso, es posible.


Notas

[1] Citado en el ensayo “Leer y no leer” Fernando Báez. Mérida (Venezuela) junio de 1989
[2] Cada vez que se haga citación de los autores: Saramago, Juan Luís Mejía, Ospina y Monsiváis, debe tenerse en cuenta que esta bibliografía se sostiene en las fotocopias proporcionadas como fuentes para el ensayo por parte del seminario y que los comentarios citados se encuentran en dichos folios.
[3] “Como leer un libro”. Joseph Brodsky, revista el mal pensante número 50
[4] “Mensaje de error: la educación superior y las bibliotecas”. Jorge Orlando Melo. Revista el mal pensante, Número32
[5] “escribir” Susan Sontag. Revista el mal pensante. Número 30
[6] “Leer y no leer” Fernando Báez. Mérida (Venezuela) junio de 1989
[7] “Mensaje de error: la educación superior y las bibliotecas”. Jorge Orlando Melo. Revista el mal pensante, Número32
[8] “Libro de los viajes y de las presencias”. Fernando Gonzáles Ochoa. Bedout. 1969.
[9] “Leer y no leer” Fernando Báez. Mérida (Venezuela) junio de 1989
[10] Obras completas. Jorge Luis Borges. Emecé. 1978
[11] Roberto Bolaño, Putas asesinas, Anagrama