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jueves, 3 de febrero de 2011

Se deja de escribir por Resentimiento.



“Hace tiempo ya que rastreo el amplio espectro del síndrome de Bartleby en la literatura, hace tiempo que estudio la enfermedad, el mal endémico de las letras contemporáneas, la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día, literalmente paralizados para siempre”.

Vila Matas

Atravesé la frontera como un perro abandonado que vagabundea su hocico entre ningún olor, el calor era insoportable para llamarlo calor, el bosque de soto parecía esperar el momento propicio para tragarse por completo el sendero; un sendero áspero, reseco y agrietado por una presencia infinita y sin sombra que rodeaba y celaba. Sin un sombrero al menos, sin un pedazo de trapo con el cual cobijarme la piel, el infierno parecía existir. Pero lo había decidido, si seguía, más adelante, sólo era cuestión de tiempo, los buitres me darían alcance, la sed, la fatiga y pronto la muerte. Me veía andar a tumbos y luego desplomarme sin siquiera rodar, caía seco, rotundo sin hacer el menor estruendo de agonía, como un tronco pero con el aplastamiento de un rostro desmayado y sibilante de socorros. Atrás no quedaba nada, hacía mucho que había dejado hasta los pensamientos, sólo me restaba esperar que anocheciera, que una brisa paradisiaca y soporífera me diera un engaño de soportar algo más.

Las más inclementes fronteras están en uno mismo leí alguna vez, pero la verdad en este punto, podía creer con todo el ateísmo del mundo que las fronteras son pasadizos simplemente que uno se inventa para llegar de nuevo al mismo punto de partida, en todo caso esto también es una mentira; uno es una frontera. Yo habitaba en la más atroz, atrás estaba la región del hastío, nada nuevo podía motivar mi vida, todo cuanto podía existir atrás era escombro y botadero, detrás de mí estaba la ruina: el desierto más pánico proviene de la geografía marginal de nuestros olvidos y desprecios, por eso uno es una frontera siempre.

Adelante estaba lo desconocido; la ansiedad, la corazonada de un misterio, el temor a algo que me inflamaba de coraje. El vértigo que comenzaba a arremolinarse en mis entrañas pedía un salto de fe para abandonarlo todo. Todo tiene sabor a riesgo y el primer paso es un abismo que tiene un aire nunca antes respirado. Uno es una frontera.

Cada lugar del mundo es el centro de uno mismo, el inició, la llegada. Dentro, sólo está quien vacila, quien anhela, quién se suministra fuerza para que la sangre prosiga y el corazón no se descorazone.

La fatalidad de todo impulso consiste en soñar, en platicar con la sombra de pequeñas reliquias y en atesorar con esmero un pútrido tesoro de nadas. Vaciarme fue imposible, después de que uno carga con la versión enamorada de uno mismo no hay nada que se pueda hacer para extinguirla. Morir es entregarse a la resignación de no haber luchado contra uno mismo pero vivir es conformarse a cargar con lo que no se pudo, lo mejor es olvidarse, convertirse en una frontera y comenzar a fatigar la memoria hasta que aborte todo, insistir en que algún día se pasará realmente la frontera y entonces habrá que iniciar todo, empezar por ir a un espejo, tocarse la piel, los ojos, mirar ese rostro y comenzar a descubrir al ser desconocido que logró la frontera, que ahora está en un lugar inhóspito.

Yo atravesé la frontera pero fallé, al otro lado solo había un muerto.

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¿En qué parte de Cristo me encuentro?

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Estaba demasiado cansado para dejarme sugestionar por cuentos de espantos. Dije buenas noches y me dejé caer sobre el colchón con la pesadez de un sueño que de pronto se derrumba a la menor presión. Me quedé dormido al instante, un sueño grueso que me dejó inconsciente en un santiamén.

Desperté cómo pude, luego no logré dormir jamás.

Las pesadillas tiene la amarga costumbre de dejarlo a uno con la desilusión de descubrir que eran sólo eso pesadillas, pero hay ciertas sensaciones en el sueño que parecen provenir de una dimensión paralela. Mi perro se había volcado a mi lado con esa grata y graciosa pose que tienen los perros de dormir boca arriba.

Esa fue mi última visión, luego el horror.

El indio me aplastó y me despertó en plena crisis de pánico, intenté gritar pero algo no me permitía proferir el menor quejido, el rostro del indio estaba decidido, su dorso desnudo y sudoroso se empujaba sobre mí con violencia, quería atraparme en mi cuerpo, no podía salir pero tampoco entrar del todo, el indio lo sabía y me inmovilizaba con todo su cuerpo. Estaba aterrorizado.

De pronto me di cuenta que era mi mano la que apretaba mi garganta y que su mano apretaba mi muñeca para que no lograra desatenazar el ahorcamiento.

Zafé mi mano y como pude golpee su vientre, lo golpeé con la fuerza de un niño desmayado pero pareció funcionar, el indio se esfumo y logré respirar y gritar y gritaaaarrr.

Algo volvió a mí, mi perro estaba de pie observándome, pero otro perro idéntico a él estaba echado boca arriba, inerte, ausente del mundo.

Mientras me recobraba, me di cuenta que empezaba a amanecer y que a mi lado sólo quedaba un solo animal.

Nunca más pude volver a dormir. Había derrotado al indio esa noche pero el me perseguiría por siempre, en búsqueda de un cuerpo para habitar. El mío era el que tanto había esperado. El cuento no era de espanto, era de horror.

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Un escrito más, producto para nada, ocio de un inservible.

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Tenía demasiado que decir. El mundo me calló.

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Cuando se presencia asombrado y más estupefacto que cualquiera el respirar, cuando a la sombra que va otorgando el color a los estanques se pierde por otro espejismo que es papel esfumado entre las nubes, cuando uno apenas comienza a creer que de algo sirve saberlo todo con ese cuerpo que adoramos, cuando la ansiedad de fugarse de la infancia despuebla de todo el sabor por sentirse amado con tanta piel plegada en las costillas, cuando todo esto comience, tan pronto se nos acabé el ardor, entonces parece asaltarnos por sorpresa la pregunta: ¿y ahora qué hacer con tanta ala en los costados?

jueves, 5 de agosto de 2010

NO QUIERO IR NADA MÁS QUE HASTA EL FONDO


Tengo que admitirlo, odio terriblemente la influencia de Pizarnik en mí, odio terriblemente que, cuando le comparto a alguna adolescente de esas que impactan por lo raras y maravillosas, los textos de Buma terminen convirtiéndomelas en seres tanáticos.
Yo no sabía mucho de la muerte, algunas ganas a veces de llamar la atención de mi soledad con depresiones y arranques de querer botarlo todo y arrojarme por el primer orificio de tranquilidad y nada. De resto, no sabía mucho. Pero llegó Pizarnik y todo lo que hasta entonces podía saber sobre retórica o poesía se me fue al cesto de la basura, también lo que sabía sobre el suicidio.
Alejandra es de aquellas mujeres al estilo Silvia Plath, Ane Sexton, Janes Joplin o Angelita ( la de Caicedo) que poco a poco se van ensombreciendo por su gran genialidad, su inteligencia y esa incertidumbre de no hallarse cómodas en lo mujer que son. Las va arrastrando su rareza hacia la locura tenaz. Me imagino el alma de la adolescente Pizarnik siendo jalada por un "Jack el destripador" hacia algún callejón sin salida mientras esta entierra a zarpazos sangrientos sus uñas en el barro.
Esto fue lo que sucedió con la niña-anciana. Su poesía es esclarecedora de esta involución, de esta degradación absoluta. Si analizamos bien el nombre de los títulos de sus libros en una línea cronológica, descubriremos que la poeta poco a poco, con cada libro, nos enuncia sus estadios espirituales de degeneración. Su primer libro se titula raramente “La tierra más ajena”, pero esta rareza es reveladora de su infortunio, en este pequeño poemario, Pizarnik ya lanza una alarma: todo cuanto ha vivido le es extraño, la literatura es la forma de señalar esa rareza. Pizarnik vive circundada por una errancia que sólo es satisfecha en sus lecturas y en sus salidas solitarias hacia el puerto. Este libro es precursor de sus más bellos poemas.
Los versos del poema número 13 del "Árbol de diana":
“explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome”
son tan sólo el resultado de una angustia reflejada en su primer opúsculo que deja entrever en varios de sus poemas. Cabe citar por el ejemplo “Lejanía” o los versos que declaran este desesperado deseo así:
Si. Hundirse una noche en las calles del puerto
Caminar, caminar [...]
Si. Sola. Siempre sola [...]
Si. Tirar el ancla. Si. Muy junto a ese
barco gigante de rayas rojas y blancas y
verdes [...] irse, y no volver
Muchos declaran que este primer poemario es sólo el resultado de ejercicios lingüísticos; yo diría algo más, es el manifiesto de una clarividencia. La enamorada del viento rubrica aquí sus runas, sus símbolos precisos que darán pie a su literatura. Pero algo más, este libro nos devela la maquinaria psíquica de la poeta. Aquí se postula el origen de la enfermedad pizarnikeana. Primero está la soledad, segundo, los libros leídos que van configurando su obsesión y sus depresiones y tercero, está la henchida vela de su desencanto que sera su principio vital en todo de todo cuanto experimente. Una adolescente histriónica, con pequeños resplandores ya de neurastenia.
Un año después deja en claro este diagnóstico en su libro “La última inocencia”. Casi continuación del primero, ya que comienza con el tema del barco, de su errancia, de su desesperado huir. La escritura se le revela contradictoriamente como amiga y enemiga. Pizarnik comienza a manejar las técnicas poéticas con mayor precisión, ahora hay un manejo de los sintagmas; su fórmula: el dualismo prodigioso. Pero sobre todas las cosas, el texto en sí, configura tres ideas básicas:
1. La inocencia se pierde debido al conocimiento de la muerte.
2. La soledad y el insomnio se observan como salidas o escapes y
3. La literatura se hace íntima metamorfoseando a Pizarnik en un ser literario.
La pequeña bestezuela, la calígrafa de sombras, se pierde en el reflejo de sus locos adorados: Hölderlin, Artaud o Ducasse y otros, que será necesario mencionar más adelante.
Asistimos pues aun deterioro de la mente, a un trastorno maniaco-obsesivo que es recurrente entre los escritores. Leer enferma. Este daño sólo es posible en seres altamente sensibles con una alta dosis de talento lingüístico.
La observación es precisa, ya el último poema es definitorio de ese vértigo en el cual va cayendo Alejandra, baste terminar el análisis de este segundo libro con el poema que lo cierra. De este, se ha dicho que es el más hermoso, más hermético, más innovador, sin embargo, es tan sólo una impostura lanzada a Rimbaud, al cual le vivirá lanzando tantas.
El poema reza:
“Alejandra
Debajo estoy yo
Alejandra.”
He aquí una clave; el significante "Alejandra" sobre el significado "Alejandra" encadenado por una serie de significados (al mejor estilo Lacan): “debajo estoy yo”. Es como decir: “yo, soy otro”, y es decir aún más, es afirmar la imposibilidad de una epifanía. El primer "Alejandra", contiene la grandeza, se lee con elocuencia, pero luego sobreviene la reflexión y por último el señalamiento de una "Alejandra" acongojada, este "Alejandra" se lee con tristeza, con sombra. He ahí la clave del hermético poema, Pizarnik nos muestra su postura, sabe de algo que llegará a ser pero nos habla también de la vulnerable criatura que se esconde debajo de ese nombre sonoro.
Todo en la joven argentina, que se enamoró de Gaitán Durán, es decisivo. Cada palabra sólo es una rotulación a su desvarío, a su transformación. Ella como Artaud o Michaux o Borrogouhs, se convierte en la mejor examinadora de su espíritu y su mutación.
Qué vemos en “Las aventuras perdidas”. Contagiada, esta vez por George Trakl y por Blake, la embriagada se reduce a un descubrimiento desastroso para sí misma; el lenguaje, ese juego absoluto que la hacía sentir viva y la mantenía equilibrada, pierde todo sentido. Si los dos poemarios anteriores eran conjuros, este, es un exorcismo fracasado. Ahora Pizarnik quiere huir, declara su posesión y desea salvarse. Pero ya es tarde, anegada en su vicio, la palabra le da alcance y fatalmente recae en los abscesos de desesperación. El libro es un grito, todo él, es, ya no una alarma, sino un terrible aullido, ella ve que su mente se está perdiendo.
Dos constantes en este estadio. La soledad con deseos de volar, de ser más que soledad y la palabra como esclarecedora de la inútil descripción de la noche que tanto tortura.
Declaraciones como las que se leen en el poema “Jaula” o “La carencia” o “El despertar” entre tantos otros, son la reacción natural de la locura descubierta.
Ahora la muerte ya no cita la inocencia, ahora ésta, sumerge a Pizarnik en su salvedad, en un enamoramiento tranquilizador que elogia con cada palabra, ya se sabe naufraga, ya sabe que no pudo huir, pero ahora intenta otra obsesión, ahora se convierte en tanática y es justo ahora, cuando la terrible enfermedad la devora por completo.
El poema quizá más esclarecedor sea “La única herida”. En él asistimos a una declaración total de espiritualidad, de conocimiento profundo de su ser dual. Si en “Solo un nombre”, Alejandra nos dejaba ver su espejo triste, en este, ella examina el carácter de su dicotomía. La digresión consiste en reconocer la Alejandra que vive y la Alejandra que mata. La que tiene sed de gozar y la que siniestramente busca el constante aniquilamiento. Aristotélica en suma, parece señalar el cielo como ideal y la tierra como espacio pragmático y veraz. ¿Cual saldrá entonces para salvarla?
Ya sustenté evidentemente como ciertos autores son el resultado de sus lecturas. Enumeremos un poco los nombres de las mayores influencias que tuvo "El bicho". A saber son:
Dostoyevski, Blake, Nerval, Artaud, Michaux, Trakl, Rimbaud, Hölderlin, mejor dicho, para que seguir, esta lista y la misma Pizarnik sirven como ejemplo para demostrar la tesis, de que leer, enferma o metamorfosea. Dime que lees y te diré quien eres. En el caso de nuestro espécimen, es claro: autodestrucción, marginalidad.
¿A qué se debe este rasgo, este carácter?. Esto daría para un tratado sobre "la literatura que asesina", pero intentaré resumir ese libro inexistente en dos párrafos:
1. Sólo son contaminados por este trastorno o padecimiento, seres ciclotímicos, hipersensibles, con fuertes dosis de abreación y con personalidad dependiente y obsesiva, marcados en su infancia por una inteligencia avasalladora y feerica.
2. El tipo de lecturas en estos seres determina un estado constante de crispación tanática y neurasténica, la bipolaridad se concentra como eje de la soledad y el pensamiento.
En Pizarnik se dio todo esto. “Árbol de Diana” es su siguiente libro, ya estamos en una etapa adulta, ya no es la adolescente, ahora estamos frente a una mujer que ha logrado ciertos estudios, cierta pequeña fama y algunos trabajos como traductora.
Octavio Paz se ofrece a realizar el prólogo, la entrada, la invitación a la lectura de este opúsculo, la verborrea del "mono gramático" da algunas luces:
“cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas. El producto no contiene una sola partícula de mentira”.
He citado la primera definición que se encuentra. El prólogo es un compendio de definiciones sobre dicho objeto: El árbol de Diana. “Amalgama”, correcto Paz, “altas temperaturas”, quizá. El meollo de este libro es sencillo, fácil de destejer. La profeta, el oráculo, es Pizarnik, o más bien, su palabra. En el anterior trabajo la poeta dilucida bien su quehacer y embriagada por su locura comienza a encerrarse en su taller a vomitar esos augurios que serán su poemario.
Como ella misma lo afirma, lo que nos propone son tan solo agujeros, mundos invisibles que hacen temblar las paredes.
El estado del éxtasis: el loco se reconoce loco genial, todos pasan por eso y luego el advenimiento del abismo y la declaración de la frustración.
Ya veremos más delante como se da este proceso. Por ahora centrémonos en el Árbol. Qué nos proyecta, que nos secreta. El bicho ha cosechado fama y ha reunido en su cofre algunas amistades: Octavio Paz, Julio Cortázar, Enrique Molina, Olga Orozco, entre otros y quienes no se cansan de comentar, como en visita de tinto a la sala, que esta señorita, era en verdad un caso singular, asombroso y perdido. La viajera del vaso vacío se encuentra extasiada, ahora la muerte se encuentra un poco lejana, quiere cantar y al mejor estilo witmaniniano o mejor es decirlo valeryniano, se declara panteísta. Se reproduce en cada cosa de manera delirada. Es este libro revelador, porque solo la locura cuando está en su cúspide es reveladora realmente (así lo demuestran los más delirantes; Zoroastro cuando sale corriendo de su guarida, Jesús cuando abandona el desierto y llega incendiado de palabras a los pueblos o Arquímedes con su Eureka a grito vivo por las calles). Lo más lindo de Pizarnik se encuentra en este libro; están sus lilas, sus estrellas, sus palabras como piedras preciosas, los poemas que no merece, el amor de los espejos, los barcos, los ángeles y Dios.
Es un periodo productivo repleto de posibilidades y ocupaciones, distracciones, ocios bien enlazados con sus gustos y amigos que ayudan mucho para que los días sean resistibles. No hay abandono y por lo tanto Pizarnik tampoco se abandona. Está enamorada y se deja abarcar de todos.
Para comprender mejor este arriesgado comentario sería necesario repasar un poco los diarios íntimos de la autora, pero antes de adentrarnos en este rincón pizarnikeano vale una pequeña introducción.
Recordemos que Alejandra es quizá una de las mejores diaristas de Latinoamérica, y lo fue porque fue una gran lectora de diarios. Pizarnik leyó casi todos los diarios existentes para su época, su colección comprende desde los de Katherine Mansfield, Virginia Woolf y Franz Kafka, hasta los de Charles Du Bos. Muchos definen como influencia radical de sus textos de almohada, los diarios de Kafka, yo digo que son los de Charles Du Bos. Es más, en algunas partes del libro, si hacemos un estudio comparado, encontraremos palabras idénticas, formas de decir o escribir y hasta conjunciones homogenizadas dadas en la técnica diarista. Claro está que fue gracias a la compra de Kafka que ella emprendió su diario desde 1936 hasta casi su muerte.
Pero seccionemos el diario. De allí también podemos sacar luces para sustentar todo lo dicho, sin embargo no retrocederé para dibujar polifonías sino que más bien me detendré en la sección del diario que publicó la revista “Mito”. Jorge Gaitán Durán, publica, allá, por los años en que “Árbol de Diana” ve la luz, fragmentos del diario de Alejandra, en estos fragmentos se nota la búsqueda de ser feliz, ya en un fragmento de 1960 Pizarnik anota:
“Que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear, ni ser otras, [….] que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo, que me sea dado el interesarme por el mundo”. Un verdadero deseo. En el 61 escribe: “Si trato de escribir de mí, es para conjurarme”. Cuatro años de éxtasis, de afirmación de la vida. Pizarnik en este periodo nos grita, sin vergüenza, que al fin a enfermado conscientemente. Estos “silencios” como ella llamaba a sus anotaciones, son en verdad esclarecedores. Pizarnik vive estos años como si viviera en una primavera; no la del 68 sino una primavera poética. La palabra se convierte en restituidora de vida. Temporalmente asistimos a una cura de la enfermedad, pero también a una enfermedad deliciosa o a una enfermedad que se padece con alegría. Pizarnik viaja, gana becas, traduce, lee, y de nuevo se envenena.
Si “Árbol de Diana” da un respiro instantáneo a sus miedos, en 1965 asistimos a una etapa cruel. “Los trabajos y la noches” son un libro difícil, Pizarnik, vuelve a ostentar su máscara de locura. Esta vez con más cigarrillos, con más soledad, con más insomnio.
Repleto de juegos semánticos, de novedades que hacen respirable el lenguaje desde otras sonoridades Pizarnik parece resignarse a su oficio y sustentar su genialidad.
Su enfermedad es manejada, controlada a distancia por el poema, lo aprisiona allí y es allí de donde proviene su teoría del poema mural. De este libro emana su ideal de poema, su búsqueda intelectual, que más que una búsqueda es un intento por descuartizar, despellejar o colgar en poemas sus más íntimos miedos y deseos.
La etapa culminante de su enfermedad está llegando, la aporía se acerca.
Ya los dos últimos libros son en realidad ese advenimiento: “La condesa sangrienta” y “El infierno musical”
He aquí la desesperación en su totalidad. Aunque el último libro se divide en cuatro partes y cada parte en una muestra de un recurso formal casi perfecto, diseñado con el fin de refrescar el lenguaje o de hacerlo decir más, en este se nota que la verdadera razón es el ocultamiento, Pizarnik ya no puede vivir más, ya sólo desea ocultarse en el leguaje, ser un poema.
Muchos de los textos de este libro lo confirman y no los citaré para no dañar el gozo lector. La poseída entre las lilas, deviene en ocultamiento, esta palabra simboliza su último periodo, aquí es donde Alejandra ya no puede aguantar más, vive de sanatorio en sanatorio y en una de esas salidas, se mata.
La enfermedad trágicamente le gana la jugada. La muerte la alcanza, el deseo de morir se hace realidad. Pero asalta una duda: ¿Por qué escribir entonces esas últimas palabras quizá de ella o de Isidoro: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”
Válgame la última declaración a modo de conclusión.
La angustia en Pizarnik tenía un origen que ya estudiamos en sumo grado, sin embargo la cura estaba en el amor y la ocupación constante en distracciones severas que le causaran felicidad y continua errancia. Quizá este método hubiese alargado unos años más su vida. Pero Pizarnik lo supo, al igual que Trakl, Jattin y Nerval, Alejandra se cansó de vivir.
La experiencia de su vida la había logrado, le costó locura, sufrimiento, soledad, pero lo logró. Qué le quedaba por hacer; decir lo mismo con otras palabras hubiese sido torturante, ella tenía que vivir otra experiencia, una experiencia como escape, como salida a su angustia instantánea, inmediata y a la vez constante. Por eso las últimas palabras. Por eso Isidoro. Y es por eso mismo que la odio. Ahora Pizarnik es un ser tutelar propagador de la enfermedad. Ella irradia como Rimbaud o Ciorán, el gran virus de la angustia. Pizarnik es la muerte y quizá la mejor manera para brindar un tributo a esta muerte sea: “Oh muerte, yo te amo, pero te adoro, vida”

domingo, 4 de julio de 2010

Sobre una supuesta “Especie” en vía de extinción.

Avatares del libro, la lectura y el lector.






"Para cada individuo existe una selección especial de los libros que le son afines y comprensibles, queridos y valiosos”[1]
Herman Hesse.


Resulta ineludible y lo qué es más impresionante hoy en día, urgente, que al hablar del tema de la lectura, los libros, los lectores, la incitación al leer o como suelen denominarlo los estadistas y conocedores de la industria editorial: “el mercado del libro”, tengamos que priorizar ciertos interrogantes, casi siempre, que tienen que ver con el deterioro de la memoria, el olvido, la indiferencia, la importancia y la utilidad que en nuestro siglo, de supuestamente globalización, puede seguir teniendo el hecho de fomentar lectores y sujetos amantes de los libros.


Hay una gran angustia y necesidad por parte de escritores, gobernantes, profesores y personas apasionadas por el libro. Sin embargo estos sujetos, la más de las veces, atiborrados de incertidumbre y escepticismo, en un intento desesperado por fomentar la lectura, lo que resultan fomentado en las defensas por el objeto de su pasión trasmitidas a través de apologías, estudios críticos y demás elucubraciones retóricas, es la exposición escueta y trágica de lo que sus propios temores proyectan: la muerte del libro.


Cada vez que se hace una feria del libro, sea en nuestro país o en cualquier otro, industrializado o no, primer mundista o tercer mundista, se revela, con increíble tasa de de aumento, el dossier de los cuidadores y salvadores de la extinción (imaginada o pronosticada) de una de las especies más antiguas de la memoria: El libro.


El pregón que realiza Saramago[2] en la feria del librode Granada no dista mucho del discurso pronunciado por Joseph Brodsky[3] en la Feria del libro de Turín o de las no menos conocidas disertaciones que en cada feria del libro de Medellín hacen nuestros poetas Juan Manuel Roca, Federico Díaz Granados, Mario Rivero, entre tantos otros cultores y precursores de los reconocidos movimientos de lectura en nuestro país.


Esta situación que se repite en cada rincón del planeta, en cada feria, en cada encuentro y cenáculo construido alrededor de la providencia de la lectura ha colmado nuestra historia contemporánea con citas demasiado similares como para poder considerarlas hijas de un solo autor. Ya Paul Valery confesaba con humildad y genialidad que “todos los autores somos un solo autor”.


He aquí una categoría básica de la emergencia que ha producido la extinción del libro: ha dado para la publicación de más libros, de más textos, de más letras, de más y más lectores y escritores.


Lo que Saramago se cuestiona en Granada con varios interrogantes tales, cómo:


¿Se está haciendo todo lo que se puede para promocionar la lectura?
¿La escuela enseña a amar el libro?
¿La escuela enseña a entender lo que está en un libro?


Se encuentran así mismo en los fatigosos estudios del erudito mexicano Carlos Monsiváis; en los del Historiador colombiano Jorge Orlando Melo[4]; y en los ensayos de la novelista norteamericana Susan Sontang[5].


Y es que lo que preocupa a estos escritores es algo que va más allá del placer que produce leer. El ilustrado escritor venezolano Fernando Báez, hoy en día con reconocida trayectoria cultural, demuestra que “Para saber lo que importan los libros, basta decir que en 56 túneles de las montañas Chiltan en la comunidad islámica de Quetta, en Pakistán, un grupo de sirvientes se desvive hoy por custodiar un camposanto con 70.000 bolsas que resguardan ejemplares dañados del Corán. Estos depósitos son llamados Jabal-E-Noor-Ul-Quran”[6].


Que existan cementerios de libros, que denominemos a ciertos libros como sagrados y que llamemos a otros: “joyas de la inmortalidad”, es la mejor forma para determinar que los libros son parte incuestionable de nuestra evolución y que además hacen parte integral de las necesidades humanas.


Saramago , idealista, dice que “la lectura es una devoción, una pasión, un amor”, Ospina por su lado un tanto más humanista, nos refiere que “leer siempre equivale a leernos”, Monsivais por su lado, panteísta, afirma: “Gracias a la lectura, cada persona se multiplica a lo largo del día” y Juan Luís Mejía, didáctico, promueve una linda sentencia: “Uno se hace lector la noche del asombro”.


No se trata de que el libro esté llegando a su fin, el bosquejo de Monsivais es extravagante y exagerado:

  • El avasallamiento de las industrias culturales de Norteamérica,

  • Internet

  • El lector se considera cada vez más representante de los lectores, debido al proceso que a todos, en algún nivel, nos vuelve emblemáticos de lo global.

  • Las industrias editoriales, por fuerza, tienden a integrarse a grandes holdings, y el gran mérito de las editoriales pequeñas es y será convertir su resistencia en una alternativa institucional.

  • Se unifican de modo constante las visiones educativas y se globaliza el proceso de la enseñanza superior.

  • El universo de la imagen, la iconosfera, desplaza en la vida colectiva al universo del libro.




Estos y los demás ítems a los que recurre son sólo variables arbitrarias que el estudioso realiza para exagerar un problema que tiene su fuente más en el carácter educativo que en el carácter civil y globalizado.


Por ejemplo, Juan Luis Mejía en su ensayo lo demuestra, nuestra nación ha sido un lugar de censura para la libertad del libro y en esa medida no se ha educado para leer. No es culpa de agentes externos sino de nosotros mismos que no hemos sido capaces de transgredir ciertas variables de la historia las que nos mantienen analfabetos todavía.


Si en lugar del 2%[7] que generalmente se presupuesta para las bibliotecas en las universidades se lograra un monto mayor con didácticas proyectadas a la estimación de los libros y la lectura; sin en lugar de realizar el fomento de campañas de lectura con afiches y folletos se obsequiaran kits de libros a cada familia de estratos menos favorecidos, se podría ya comenzar a lograra un cambio rotundo a nuestra incapacidad de enseñar a leer.


Si de veras intentamos generarnos un criterio propio sobre las problemáticas que afectan al libro, la lectura y todo lo concerniente a este, denominémoslo: “espacio cultural”, tendríamos que admitir que el punto centrífugo de la discusión se ajusta a los inconvenientes y contrariedades que afectan la educación y la crianza.


“Muy poco se consigue si se quiere obligar a la lectura a las personas o a las comunidades”, asevera Monsiváis y no se equivoca y más aún en un mundo dónde todavía el libro no es un objeto globalizado, donde la lectura no es un objeto global, refiriéndonos al tema con mayor flexibilidad, podemos lanzar una conjetura aún más temeraria: leer es un acto local y más aún: íntimo.


Los lindes de la lectura hasta ahora están comenzado a ser sobrepasados. Todavía existen muchas comunidades donde las obras más universales son un tema desconocido, aun hay tribus donde la televisión y el celular son objetos más conocidos que un libro y aun subsisten comunidades triviales donde la carencia de la escritura es abominablemente duradera.


Ahora, para darle mayor comprensión a una idea tan excéntrica, el libro no es un objeto global ya que lo que allí se busca promocionar no es un evento todavía común en el mundo entero, la lectura es un evento netamente individual que promociona grandes emociones grupales, inmensas manifestaciones históricas y comunica demasiados saberes e intereses comunes pero no es todavía un acto que sea ordinariamente reconocido por cada ser humano en el planeta.


Recordemos la frase de Ospina: “A los libros se llega por el camino de la tentación, de la seducción”, en un mundo globalizado donde el Internet, la televisión por cable y los sistemas digitales hacen posible la globalización de muchas cosas, la lectura resiste todavía a ser un mero producto de la masa.


Esto no quiere decir que dicha resistencia conlleve a una extinción. Por el contrario. Lo que posibilita es algo más grande que la extinción o la globalización, la lectura y el libro posibilitan el acercamiento siempre íntimo con lo universal.


La gran proliferación de lecturas e hipertextos dados por la herramienta digital no debe preocuparnos, el libro siempre existirá. El libro más que un objeto se convierte en una parte insoslayable de nuestro destino, todo libro sentenció Fernando Gonzáles Ochoa, “debería caber en el bolsillo”[8]. Por que un libro, el Libro, es en definitiva una gran parte visceral de nuestra existencia.


Por eso lo más que podemos decir, es que el libro, la lectura, ese ámbito misterioso repleto de placer jamás dejará de existir y que las acciones coyunturales a ese acto como: “leer en voz alta o en voz baja, de pie o sentado, o en cuclillas o tendido en un sofá o cama, de día o de noche, acompañado o solo, - nada de eso será factor determinante de su desaparición-. Si se lee bien y si el libro es excelente, lo demás queda justificado”[9]


El verdadero lector, el “hedónico lector”[10] como alguna vez se denominó así mismo Borges, jamás se extinguirá porque, para finalizar y no dejar dudas, como lo dijo Roberto Bolaño. “Uno nunca termina de leer, aunque los libros se acaben”[11] si es que eso, es posible.


Notas

[1] Citado en el ensayo “Leer y no leer” Fernando Báez. Mérida (Venezuela) junio de 1989
[2] Cada vez que se haga citación de los autores: Saramago, Juan Luís Mejía, Ospina y Monsiváis, debe tenerse en cuenta que esta bibliografía se sostiene en las fotocopias proporcionadas como fuentes para el ensayo por parte del seminario y que los comentarios citados se encuentran en dichos folios.
[3] “Como leer un libro”. Joseph Brodsky, revista el mal pensante número 50
[4] “Mensaje de error: la educación superior y las bibliotecas”. Jorge Orlando Melo. Revista el mal pensante, Número32
[5] “escribir” Susan Sontag. Revista el mal pensante. Número 30
[6] “Leer y no leer” Fernando Báez. Mérida (Venezuela) junio de 1989
[7] “Mensaje de error: la educación superior y las bibliotecas”. Jorge Orlando Melo. Revista el mal pensante, Número32
[8] “Libro de los viajes y de las presencias”. Fernando Gonzáles Ochoa. Bedout. 1969.
[9] “Leer y no leer” Fernando Báez. Mérida (Venezuela) junio de 1989
[10] Obras completas. Jorge Luis Borges. Emecé. 1978
[11] Roberto Bolaño, Putas asesinas, Anagrama

miércoles, 26 de marzo de 2008

LA NOCHE DEVASTADA.

una verdadera obra, felicitaciones creador.!


A veces un disparo despertaba en la noche nuestro terror
entonces
nuestra carne como las colas de las zarigueyas
comenzaba a heder esplendente
ante la presencia asustada de los ojos
que aún no reconocían por cual esquina del pueblo
es que arreciaría la muerte con su tropa de lamentos.


El mundo entonces era una gran noche
tiritando entre el abrazo compartido
de seres sabiéndose espantados.
No había espacio para las lágrimas
prematuramente deshilvanadas
sobre la piel que comenzaba a tiritar
ni tampoco tiempo para despedirse
con un beso perpetrado sin hielo entre los labios.
Tan sólo estaba la inutilidad de la sombra
bregando a ocultar la taquicardia
puesta de improviso en las costillas
y un vaho de pánico
preparando el cuerpo para la quietud de los huesos.


Era todo entonces tan inservible
para el escondite de nuestras venas
hinchadas de familia.
La noche dilatada en el escalofrío de los árboles
y en el silencio de los grillos
parecía a veces reanudar su tierno cauce
de sueño y copula estrellada
mas regresaba el estertor de un mudo ruido
formando la corriente eléctrica del miedo
y entonces los labios invocaban el abrazo
de las alas franquicias más cercanas
a nuestros asolados estremecimientos.


El niño y el adulto eran
una masa informe de pavor y desmayo.
Nada entonces valía la pena
salvo una muerte rápida
sin ningún dolor entre las manos.
Se anhelaba la desaparición
como algo que al fin dejara
calmada la casa para siempre
y el último deseo era que
al cerrar los ojos todo por fin finalizara.


Esos momentos siguen respirando
en la piel que aprendió el color de los fantasmas.
A veces regresan con todo el tumulto de su espanto
como si empujaran el sueño
hacia el último despertar .

miércoles, 2 de enero de 2008

PRECOCIDAD PASIONAL




- ¿Quieres salir conmigo este domingo?
- No sé, tengo que preguntar.
- Diles que saldrás conmigo (le aconsejó el niño de seis años).
- Bueno. (le contestó la niña de cinco).

ANTE LAS PUERTAS DEL EDÉN.




(Casi un soneto)


Esta misma cosa que seguimos siendo
a pesar de la brisa en las pupilas
o del canto resurgiendo por las manos
tiene escandio denso entre los labios.


El error consistió en caminar siempre
llevando un ataúd de firmamentos:
se sabe que fue labrado sin misterio
en la orilla de nuestro propio llanto…


pero olvidamos aquella cofradía
y mostrando nuestros deslucidos dientes
fuimos a hacer vida entre las hullas.


Cada uno cargó su sombra en brazos
Sospechando, que no íbamos partiendo
sino sólo buscando el epitafio.

EL CANTO DE LAS SIRENAS.




El cuerno tronador, lejos de la proa asombrada,
en el extremo de la bancada donde los remeros olvidan,
ya teme, con melancolía ahumada en niebla,
su metamorfosis de caracola.


El más joven de los griegos cuelga la noche en el espolón
y con un pedernal de hielo comienza a escribir la Iliada sobre la regala.


El frío como rocío tanático pellizca los pectorales hasta hacer brotar erizamientos.


Un gris silencio recorriendo la pasarela mantiene en suspenso la legión.


Empuñados a la espada, al escudo,
se presienten abandonados,
sin embargo,
la barba del timador, desgarrada en jirones famélicos,
siente la aguda insistencia de los ojos
puestos en olfatear el canto en la oscuridad.


Hay hambre y oxido. Los remos han sido desertados
y por entre las deshilachadas velas los siete bueyes dormitan eternidad.


De pronto, desde la atalaya derruida, el más decrepito de los griegos
muere observando la espada de Orión.


Las algas podridas se endurecen coralinamente
y un desierto de escollos parece habitar el infinito.


El ingenioso capitán se hace amarrar por sus somnolientos guerreros
mientras cree reconocer en el aullido de las focas
la voz de Penélope o Calipso.


Desgonzado, sabiendo que nadie le soltará las amarras
entrevé en su agonía a Jasón que tras la bruma
parece obsequiarle el vellocino.


La galera se precipita en silencio hacia el abismo.


Las sirenas callan.

CASUALIDAD EN UN PARQUE.




Se me acercó borrosamente
y me dijo que nadie se percataba de él
sólo entonces, supe,
que ambos éramos fantasmas.

CONFESIÓN DE UN ÁNGEL




Miré un poco más allá de lo que me estaba debido ver
y sin pensarlo me lancé en picada libre hacia el abismo,
las alas hicieron combustión en el aire y mientras caía
crearon el color ensangrentado del crepúsculo.


El mar me atiborró el cuerpo con humedad y sal
y me sentí, de pronto, denso por dentro.


Al alcanzar la playa
pensaron que era ICARO.

DE CRUELDAD INFANTIL.




Los niños pensaron que se podría salvar
mientras la rueda del bus destripaba su cuerpo.


Sólo quedó intacta sobre el asfalto
el ala lastimada
de la paloma.

La verdadera historia de Bachue




La mujer lo arrastró hasta la orilla
Le susurró su secreta identidad,
lo silenció con sus senos desnudos
Y le limpió el barro
que comenzaba a borrarle la inocencia.
Detrás quedaban los juncos
y las diminutas huellas de un niño
Sin nombre.


Una grieta de niebla
a lo lejos insistía en recomenzar la madrugada
Pero la diosa estaba decidida,
Arrastrándolo de una manita
lo sacó del espejo de agua
Y trazándole oscuras pectorales en el sueño
le forjó el coraje de una raza.


Año tras año
lo fue alimentando con un calostro entristecido
que le iba endureciendo el sexo y la mirada.
Del niño solo quedaron
las huellas en la orilla de la laguna
como fósiles que de pronto
hubiesen salido a tomar el sol del mediodía.


A la mujer le fue costando retenerlo entre sus brazos
Ya no podía alzarlo y sujetarle las muñecas
hasta dejarle tatuados sus deseos en la carne
Ahora era un hombre con callo en los talones
y un centenar de nombres
Que le servían para nombrar las cosas urgentes de su alma.


Un día la diosa avistó en la criatura adormilada
Un extraño palpitar creciéndole en el pecho,
los ojos parecían lujuriosas fieras acechando.


El hombre se abalanzó sobre su cuidadora
apretándole los senos con afán y riesgo
La diosa solo gemía abrazando el cuerpo eréctil
y feliz dejaba que el placer la penetrara.


Las escuálidas formas fueron poblando la tierra
con labios siempre prestos al gemido y al abrazo
Y el mundo pronto fue llenándose
de una raza inútil solo presta a la caricia
y al paso enmohecido del los días.


Ya viejos, casi sin poder retener
un olor de alegría en su mirada
Abandonaron la aldea.


La diosa esperó que el anciano
se calzara las huellas dejadas en la orilla
Y luego fue arrastrando al niño
hasta el fondo del agua para siempre.

Promesas




Te prometo que jamás haré silencio
Ni siquiera
En la tumba…
Porque seré llanto y grito
Remordiendo los recuerdos.


Te prometo que jamás dejaré
De caminar…
Me inventaré senderos,
Huellas,
Distancias que prolonguen
El sueño o la espera.


Te prometo que seré feliz
Sin dientes
Con lágrimas,
Sonriendo
En los abismos,
Cribando el sudor
Que le nace a las semillas.


Te prometo dejarte para siempre algún día,
Con todo
Sin ti siquiera,
Sin sabernos,
En alguna esquina,
Apenas escribiendo
Viento para no ser beso.

Algunos propósitos verdaderos de los días





Los días que se van tendiendo
delante de nosotros,
sin nosotros.


Los días completamente vacíos:
ni una telaraña avisando
que hay distancia, tiempo o
simplemente polvo en los rincones.


Ni un grito adelantándose,
ni un sólo fósforo
encendiendo las estrellas.


Los días se van tendiendo
como muertos sin memoria
esperando que les caiga encima un alma
de improviso.


Algunos optan en la acera
por el cambio de semáforo
y la luz verde que teje hojas en los árboles.


Otros, simplemente,
doblan en la esquina,
Esperándome…
para asaltarme
por sorpresa