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martes, 21 de septiembre de 2010

EL ARTE COMO NOÚMENO Y FENÓMENO TRASCENDENTAL.

EL ARTE COMO NOÚMENO Y FENÓMENO TRASCENDENTAL.
ESENCIA Y REPRESENTACIÓN.


max ernst - L'Ange du Foyer ou le Triomphe du Surréalisme (1937), óleo sobre tela.


El arte está hecho para ser sentido y no para ser comprendido. Por eso, cada vez que se quiere hablar de él según la inteligencia no se dicen más que tonterías.
Remy de Gourmont


La afirmación casi absolutista de que el arte es una mera reconstrucción recreativa que realiza el hombre a partir de la realidad para crear objetos estéticos, no es en sí, una premisa post-modernista e innovadora sino que su enunciado básico de justificar la obra de arte como acto secundario de las sensaciones o vivencias del artista se remonta a siglos de antigüedad bajo la estructuración de palabras y nociones similares. Es así, como Aristóteles en su época había ya planteado que el arte era mera imitación, en su Poética, el griego reflexiona acerca de la naturaleza de las artes y supone que éstas nacen como una necesidad intrínseca de expresión a partir de la imitación de las estructuras de la realidad.


La hipótesis de, no es la obra la que define la finalidad del arte sino más bien el artista como amanuense, en su labor imitativa o combinatoria quien hace posible la trascendencia del hecho estético, subyace a toda argumentación en pro o en contra de una búsqueda por el entendimiento de lo artístico.


En este sentido, la pregunta ¿es el arte invención o esencia? se adhiere a lo más profundo de la hipótesis de ver al creador como un mezclador y en consecuencia su formulación se problematiza en dos vertientes a saber: la primera que se plantea desde lo antropológico y arqueológico y la segunda que se justifica desde lo metafísico y axiológico.


Sin lugar a dudas no podemos negar la premisa fundamental de Aristóteles, pilar de casi todas las concepciones occidentales de nuestra cultura, su reflexión postula una verdad inamovible que a lo largo de los siglos sólo ha sido retomada, reconceptualizada y reforzada, sin embargo, y gracias a esta misma sentencia, muchos pensadores han llegado a ciertas tesis algo curiosas, ya sea en su forma o en su contenido.


La finalidad de esta disertación será en últimas la de intentar develar la naturaleza del arte, pronosticando desde luego que este ejercicio, por lo demás, sólo será una mera anticipación a investigaciones futuras que den un poco más de claridad acerca del tema.


El romántico alemán Goethe, influenciado quizá por el determinismo aristotélico, pensó gracias a la fuerte y asombrosa expresividad de sus contemporáneos que el arte estaba tocando su fin, que definitivamente había llegado la muerte del arte y que en consecuencia era necesario utilizar la filosofía como una salida para el enriquecimiento del entendimiento y la fabricación de soluciones a las preguntas esenciales de la naturaleza del universo. Su sistemático filosofar lo llevó a creer en un absoluto que estaba a punto de manifestarse ya sin la necesidad de las artes. Tal concepción netamente metafísica e interxtextual se basó en la concepción de la unificación de lo universal y en la explicación basada en fuentes históricas de la imposibilidad artística por producir nuevos géneros o clases de arte.


Dicha formulación pesimista llevaría a pensar, que el arte, fatigado en sus posibilidades de representación escasamente repite motivos universales dados desde la subjetividad del artista. Más, tal aseveración defendida por Walter Benjamín en su trabajo “La obra de arte y su reproductibilidad técnica” o por el filósofo Regis Debray quien define la muerte del arte a partir de una alienación dada por la manipulación de la imagen ante el espectador, solo nos conlleva a concluir que para dichos autores el arte como acto creativo ya no tiene más finalidad que la de recrear desde invenciones muertas necesidades endógenas al autor y que su única finalidad estribaría en la relación que se da entre el objeto artístico, la sensibilidad y expresión del artista y la interpretación y aprobación del espectador.


Tal relación, entonces, es preciso admitirlo, no demuestra una muerte del arte sino que demuestra es una degradación del hecho artístico. Teniendo esto claro, podemos ahora pasar a argumentar y discutir las dos vertientes bajo las cuales se ha dado en explicar el arte.


Ambas, sin embargo, se desarrollan bajo el eje o pilar aristotélico, la primera antropológica y arqueológica no sólo busca reforzar la sentencia del griego sino que en su empeño argumentativo los autores aunados a esta vertiente procuran justificar retóricamente el hecho imitativo y la muerte o limitación en que recae el arte. Es así, como bajo esta cofradía de intelectuales encontramos autores estructuralistas, post-estructuralistas, racionalistas, empiristas escépticos y generalmente todo los críticos que deben su crítica a la obra de arte. Para este aprisco de rígidos pensadores la cuestión se centra en que lo único que se hace con el arte es llevar a cabo la expresión de sensaciones, impresiones o emociones referidas por la realidad a partir de técnicas desarrolladas y estructuradas en un lenguaje afín a un código común. Es así, como el curioso Levy Strauss sentencia su unión a lingüística susseriana concibiendo el arte como un sistema de signos, o como un conjunto de sistemas significativos revelando que la prioridad del arte es la de hacer posible la revelación de aquellas cosas que ancladas en el espíritu o en la cultura necesitan ser explícitamente expresadas por un medio común que las lleve a la comunión con lo universal. Su concepción observa el arte como ese conjunto semántico que a partir del signo logra producir el significado de la reunión de varios significantes.


El conjunto de estos significantes generan el significado, o sea, una nueva interpretación de lo que se siente o lo que se quiere manifestar. La visión estructuralista de Strauss se acerca más a la definición de signo de Lacan ya que es la reunión de varios significantes los que dan sentido al significado. En este sentido, no es la reunión de los significantes lo que vale en la obra de arte sino el significado, como tema, el que surte el efecto aprobatorio en el espectador. Este discurso antrópico, que a través de la decodificación del producto verdadero que subyace a toda obra busca reconstruir el sentido de la misma,[1] estaría relacionado directamente con lo que propone Roland Barthes con su afirmación de que no hay creadores sino solo combinadores. Con esta arqueología de los signos artísticos dados desde la antropología de Levy Strauss es que se justificarían los Ejercicios de estilo de Raymond Queneau, las formas escritúrales de Rouseull, basadas en la intertextualidad y en la azarosa combinación de los signos dados a partir de un tema cualquiera y también, el infatigable proyecto simbolista Golpe de dados de Mallarme.


Como podemos apreciar, los militantes de esta clase de argumentación se basan en que el arte es sólo el producto en conjunto de muchos signos que buscan expresar un tema ya dado y que por su misma ubicuidad o permanencia en el tiempo contiene en sí mismo atisbos intertextuales y limitados que hacen de su lectura un mero símbolo no de cosas singulares o inteligibles sino de cosas sensibles universales y comunes que son recreadas como improntas a través de las épocas y de las diferentes técnicas con que se cuente. El arte finalmente sería solo un instrumento utilizado por la humanidad para dar evidencia de sus invenciones semánticas, abstractas y definitorias de la cultura misma.


En este sentido, el artista sería solamente como dijo Vasconcelos, el obrero plástico de la doctrina revelada latente en cada época.


Sin embargo, este argumento antropológico ha sido severamente debatido y en consecuencia es necesario dar cuenta del segundo fundamento que teniendo como eje el determinismo aristotélico busca priorizar la subjetividad y la esencia del arte como arte.


El segundo argumento de carácter metafísico y axiológico pone en duda el tema, la formulación, el conjunto de significantes y el significado, destruye por completo la concepción estructuralista de ver el arte como un acto de intertextualidad y combinación y en su lugar propone la tesis de que el arte se basa en la necesidad de expresar algo intangible no dado antes y que se sirve de los recursos de la naturaleza para su representación como unidad única, en este sentido es una cosa que se pone más en el mundo, es un algo nuevo. El arte visto como un acto creativo que genera naturaleza nueva. El arte como revolución.


En esta tendencia encontramos la patafísica de Alfred Jarry quien a la cabeza de dicho movimiento establece que la finalidad del arte es explicar y estudiar las leyes que rigen las excepciones y explicar el universo complementario o, menos ambiciosamente, describir el universo que podemos ver y que tal vez debemos ver en lugar del tradicional, el arte como algo que puede comulgar con la vida y que puede en ella reproducir su finalidad imaginaria de generar cosas imposibles o mejores.


Desde esta vertiente el arte sería, como dijo Fernando González Ochoa, el modo de comunicar la desnudez de la vivencia. Se trata entonces de hallarle el sentido expresivo y estético que tiene el arte en si mismo. Bergson siendo un científico dado al determinismo y a la explicación de la conciencia a partir de las ciencias exactas admitía ante la pregunta “¿Cuál es el objeto del arte? que si la realidad golpeara directamente nuestros sentidos y nuestra conciencia, y si pudiéramos entrar en comunicación inmediata con las cosas y con nosotros mismos, realmente el arte sería inútil. En este sentido la obra de arte ya no enumera una serie de signos semánticos o de combinaciones intertextuales sino que es en si misma un producto que habla de algo nuevo. La obra de Dalí, de los surrealistas, de los dadaistas no se definiría por la técnica o su conjunción histórico-semántica sino por su evidenciación infalible ante el mundo, por esa secreta evidencia de ser otra cosa que debe estar comprendida bajo un lenguaje que tiene que ser, también, descubierto en la misma maraña bajo la cual la obra de arte se representa.


Así la aseveración de Paul Klee tendría todo el fervor y la honestidad de demostrar una verdad, al observar que el arte no reproduce lo visible, sino que hace visible lo que no siempre lo es. El arte ya no como representación de un algo sino como esencia misma de la cosa en sí.


Así el arte sería la producción ya no limitada de temas ya propuestos y contados sino que se basaría en la producción asombrosa de metáforas y objetos inimaginables pero aceptados en su momento de representación como fenómenos.


De esta forma la argumentación de ver el arte como esencia y posibilidad propia de creación de cosas nuevas, anularía la concepción antropológica y arqueológica del primer grupo y sustentaría con creces la enunciación del director Stanley Kubrirk de que la sensación de misterio es la única emoción que se experimenta más poderosamente en el arte que en la vida. Y por lo tanto en el arte es en lo único que podemos adentrarnos con mayor compromiso y modestia para hacer más llevadera nuestra existencia.


El artista, por lo demás, pasaría a ser el instrumento del arte, y en consecuencia su habilidad pictórica, narrativa, visual, dramática, auditiva o táctil, serviría para dar forma al noúmeno que angustia el alma de todo creador y que se hace tangible y se independiza de éste sólo en el momento en que el hombre como hacedor utilizando su técnica u oficio lo lanza hacia la vida, pero esta vez, como fenómeno artístico, como elemento sensible, y ya no intangible, que puede ser aprehendido por los demás.


Quizá, el arte sea a la vez las dos cosas; una invención en un primer momento, un simple noúmeno, una cosa impalpable anclada en la mente del artista, que se va consolidando con el pasar de los días, una invención que se edita y se organiza, un programa que se escribe y se corrige en la sagrada intimidad de cada artista y que luego pasa a ser esencia, cosa perceptible, veraz, producto que habla por si solo de lo que el mismo es o presiente. A lo mejor, el arte es noúmeno y fenómeno trascendental que hace posible la existencia del artista, y finalmente nuestro deber consista en ver en la obra de arte, como dijo Oscar Wilde, cosas, quizá, no vistas por el propio autor, porque, en últimas, el arte al ser esencia sería algo que el artista desahoga en el momento de su creación, sería un exorcismo y la obra de arte, ulteriormente, tan sólo tendría el deber único y poético de trasmitirnos un destino o al menos de darnos una vislumbre de él tal y como lo dijera el asombroso y fantástico Jorge Luis Borges.


En conclusión, el arte tiene ingredientes de los dos argumentos, pero en definitiva el objeto de arte y el arte no son el desenlace de una mera combinación dada por el azar o la técnica o por la hipertextualidad, sino que son sujetos propios que emanan definiciones diferentes en cada mente, en cada espectador y que sirven para desarrollar y evolucionar nuevas formas de ver, sentir, tocar, oír y gustar el universo.


Quizá, finalmente Aristóteles si se equivocó, y el arte no es imitación sino alumbramiento, éxtasis, evolución. Algunos dirán cosas diferentes, parecidas, en contra o a favor de esta disertación, lo que si es cierto y nadie podrá negar es que seguiremos creyendo en el arte como algo vivo y no muerto porque como afirmó, para toda la eternidad el colérico de Nietzsche: el arte es el gran estimulante de la vida.


Esto es lo mejor que puedo precisar, el resto lo dejo a ustedes porque creo firmemente al igual que Kipling que a un autor puede estarle permitido escribir una fábula, pero no su moraleja.

Notas

[1] La antropía estaría en este sentido definida como la investigación de la desintegración de las cosas que se producen.

martes, 31 de agosto de 2010

Estudio crítico de una pintura del Artista Fabio Vargas



Título: Saudade onírica de una íntima presencia.


Estilo: Expresionista
Técnica: Oleo sobre madera
Dimensión: 32 x 45 cm


Tema: la condición angustiosa y melancólica de la perseverancia erótica en la memoria y su permeabilidad desesperante en el equilibrio emocional del sujeto que la padece.



Descripción de forma y contenido: El plano básico de la obra concentra su expresión icónica en el sector inferior estableciendo su peso visual en la zona izquierda. El cuadro esta dividido por dos ejes uno descendente que va del vértice superior izquierdo y que se dirige al vértice inferior derecho, este representa la división de las cargas visuales. El otro eje, lo constituye la línea horizontal que divide al plano inferior del plano superior representando dos conceptos: el peso y la levedad.
Hay cuatro centros en la obra: la mujer acostada que enmarca la expresión angustiante; el hombre que levita sobre la mujer y que establece la desesperación de su levedad a la vez nos proporciona el elemento onírico; el tercer centro definido por la silueta de la mujer invisible que carga al cuadro con el concepto del equilibrio emocional: elemento intencional de la obra y por último la silueta de un hombre sin rostro parado al fondo y que trasmite la carga melancólica al resto del cuadro.


Estudio.

El soporte de la pintura está configurado por medio de la efigie de la mujer en primer plano y ubicada en la zona pesada del rectángulo Su peso allí es tolerado por la descomposición fundida de la mujer dentro de la línea de horizonte. Al amalgamarse con el plano, los colores apagados equilibran la gravedad de la imagen sobre el resto de las figuras; además, observamos que los trazos de pincel, a pesar de ser suaves, expresan furia y cierto rasgo rústico o tosco que es sello del estilo del artista para configurar las tensiones en sus obras.
El segundo soporte está dado por la figura incompleta de la mujer que se establece verticalmente atravesando la parte liviana y pesada del sector derecho del plano y que concentra su fuerza expresiva como contraste acompañante del centro sobre el que se recarga toda la obra. El vestido blanco colma al cuadro con el clima de languidez y onirismo que es reforzado por la atmosfera de colores luminosos que invade y degrada el sector izquierdo.
La luz penetrante por el sector derecho dispone al cuadro de un signo icónico tácito: la invasión en el universo del sueño.
El espectador en esta medida no se identifica afuera del cuadro sino dentro del cuadro como semejante a la silueta del hombre sin rostro que invade desde atrás la realidad propuesta. Así, el hombre desdibujado, oxidado y añejado por colores ocres y pinceladas fuertes de color verde, señala el punto visual en el cual ubicar la mirada del espectador.
El cuadro es un reto que se basa en el patrón de la ley de apertura de visión[1]. La obra pictórica establece esta ley desde el signo icónico tácito de la luz entrante y desde la señalización empática que representa la silueta melancólica con el espectador.
Al ubicar al espectador detrás de lo que sucede, las figuras oníricas cobran una realidad objetiva metamorfoseando en ficción al que observa-invade. Justamente por este artilugio es que entendemos porque las figuras constituidamente como firmes y explícitamente identificables son las del mundo onírico y la silueta invasora una representación imaginaria sin forma específica. El anonimato entonces es claramente completado por la identidad de cada espectador que se sumerge en la obra pictórica.
El centro dispuesto en el sector superior izquierdo a pesar de formar parte del conjunto objetivo del universo onírico define el carácter angustiante de levedad que separa lo pesado de lo liviano.
La imagen del hombre a pesar de esta significación emocional se ve rígida y su rigidez está basada en la conjunción de los elementos que constituyen toda la obra; su forma está configurada por las todas las partes elementales que conforman el rectángulo artístico. El hombre, primero que todo está incompleto, segundo, los trazos conciertan una mezcla entre lo indefinido y lo definido, entre lo firme y lo desdibujado y la a vez su levitación representa un desconcierto.
En la parte inferior vemos que el brazo de la mujer se extiende hacia el plano liviano atravesando la figura del hombre pero este brazo que no está totalmente ilustrado, debido a que la luz que entra no logra iluminarlo del todo, constituye la desesperación de la mujer por preservar en el plano liviano.
Ahora, como todos los cuadros del autor, el título: que es lenguaje escrito y la obra que es lenguaje visual, representan una de las necesidades más importantes del artista en la concepción de su estilo y que es a saber: la fusión de la poesía y la pintura.
El cuadro no puede comprenderse del todo sin la incrustación deconstructiva de todos los elementos que componen lingüísticamente el título. El cuadro es la representación poética visual del poema denominado: “Saudade onírica de una íntima presencia.
La obra pictórica sólo es posible concebirla como una Mapepitoruna[2].
A través del estudio formal de las estructuras icónicas hemos podido establecer los versos recreados visualmente: la saudade, lo onírico y la presencia. Pero hay un signo que no ha sido considerado y es la intimidad.
A saber, este signo es el cierre connotativo que deja al descubierto la invasión causada. De aquí que se pueda explicar porque la efigie de la mujer, que ocupa el vestido blanco, es trasparente.
La intención se basa en la ley de causa y efecto; al invadir un universo este se ve súbitamente sorprendido, lo que genera perturbación; la brisa que es un elemento tácito que da movimiento al cuadro también establece la sorpresa y en consecuencia la mujer desaparece estableciendo esta transparencia como mecanismo de ocultamiento para mantener su intimidad.
Sin embargo, este ocultamiento es a la vez una provocación ya que sólo se hace transparente más no abandona el vestido; ella sigue ocupado el espacio, manteniendo la perseverancia de la presencia pero de un modo fantasmal, la silueta es entonces, un signo insinuador hacia el que invade.
La intimidad, finalmente, no sólo se encuentra en el cuadro sino que permea la impresión del espectador, afectándolo y provocando la ilusión de un recuerdo angustiante. Somos en este sentido, la saudade.
Espero que realizado este estudio, el mismo se establezca como un leitmotiv que el lector pueda utilizar para conocer más profundamente la obra de este artista.


[1]Ley concebida por el autor de este artículo y que define que en que toda observación de un espacio determinado, este será siempre modificado por el punto de referencia del observador, así el espacio tiene múltiples opciones visuales que alteran su constitución. Todo artista a través de esta ley busca determinar el punto desde el cual obliga al espectador a mirar la obra. La apertura se establece como elemento que señala desde donde observar.
[2] Neologismo creado por el autor de este artículo que a través de un anagrama une las palabras poema-pintura

lunes, 30 de agosto de 2010

Un cazador de naderías en busca de su estilo.


En las entrañas de un Expresionista.
(Estudio artístico realizado a dos manos)


Todas las imágenes fueron realizadas por el artista Fabio Vargas y los derechos de autor son exclusivamente de él.

Octavio paz, el gran crítico mexicano, y quizás hoy por hoy el último gran intelectual importante de América que vale la pena leer después de Borges, siempre atento al porvenir del arte buscó acuciosamente un algo que relacionara la pintura con la poesía; no obstante, lo logró.


En uno de sus primeros escritos intentó dar una definición acerca del objeto de la pintura, argumentando que “El cuadro [era] un sistema de relaciones, valores y signos; y [que] cada cuadro [era, según sus palabras] una investigación y una crítica de sí mismo”. Más adelante un poco más convencido de su investigación afirmó que “el pintor es aquel que traduce la palabra en imágenes plásticas”.


Quizás no erraba al decir aquello, Antes Kandinsky, ese gran elaborador de garabatos infantiles y seriamente pensados por un Dios, intentó crear una semiótica del arte a partir de una teoría sintética de lo abstracto que fue más una deconstrucción de la línea en el color. Dalí profundizó con ansia en un método que sirviera para canalizar los trastornos; buscó a través de su paranoicismo-crítico controlar el material inconsciente y produjo con ello una innovadora secuencia de obras oníricas; Baudelaire, el gran poeta que traficó con la palabra y nos comerció la mejor producción de todos los siglos, le gustaba mucho hablar de un arte moderno o de una postura moderna, que fue esencia de aquella cría de pseudo-pensadores que bautizaron un período de la historia con la definición del alcohólico parisino.


Adorno y Benjamín lucharon por arranncar de las tendencias industriales a la estética por medio de un alegato poético que buscaba deslegitimar los discursos del arte y el compromiso y reivindicar esa sabia y surrealista frase de los parnasianistas “del arte por el arte”. Todos intentaron cosas fervorosas, ninguno, sin embargo, procuro interpretar en el arte lo único que este es; posibilidad de descarga íntima que tiene un ser que ha sufrido la hipertrofia de la sensibilidad.


Puedo defender este postulado. Desde niño me vi rodeado por el arte, este fue para mí una fuente de conocimiento, de comunicación, de consuelo, de desahogo, de percepción y trascendencia. Si lo místico existe está en el arte. Pero sobre todo en la pintura.


Nadie como Fabio Vargas para darle argumento a mi tesis. Este artista, que se autoproclamó como “cazador de naderías” me trasmitió de manera secreta, iniciática y disimulada lo que era el arte.


Arrastrado desde su infancia por el asombro que le producían las narraciones de su abuelo y las figuras en balso que creaba su padre, el curioso campesino comenzó un deleitable vicio por los colores y las palabras. Primero fue el rapto a los ojos de la virgen, luego las mil historietas de vaqueros y la biblioteca roída de un difunto. Así fue creciendo, buscando verdes o rosicleres puestos de improviso ante su felicidad.
Cuando se aburrió de aquello que ya no podían decirle las hojas de plátano que perseguía su buey descomunal y manso, comenzó entonces una travesía de caudal desde aquella finca ajena hasta la ciudad que esplendorosamente solía llamar “la perla del Otún”.
Allí Rubén Jaramillo lo aceptó como un hijo perdido y le fue trasmitiendo los secretos de un oficio milenario; pero su ansiedad y afán por volverse ignorante, abarcando cada día, más conocimiento, lo desesperaba.



Como todos, comenzó replicando obras que configuraban el estudio de la figura humana y que de alguna forma buscaban ser abstractas. Sin embargo algo, parecido al presentimiento de los silbidos del viento en la noche lo llevaron a lanzar una moneda al aire dejando al azar la suerte de su arte.


Vagabundo, erró por casi toda la geografía colombiana y bajo el alias de “Zeuxis” comenzó a promulgar con colores, los mitos y leyendas que recogía de cada región. Sus formas todavía apegadas al espectro y el desgarramiento le hicieron concebir mohanes gordiflones parecidos a un hombre increíble borracho y sátiro.


Los años poco a poco le fueron otorgando la tierra y entre tanta maraña fue consumando el terruño. Su obra no puede concebirse sin esa cualidad genial que llevan los rebeldes y los creadores, los que ven duendes donde sólo los demás observan lodo. Capaz de darle vida a las piedras de las quebradas o de metamorfosear hasta la hojarasca en pieza de color esencial para los paisajes, el cazador de naderías logró después de tanta búsqueda concebir su mejor método.



Su expresionismo no obedece a una deformación de la realidad ni tampoco proclama la expresión subjetiva de lo que el universo encarna en el hombre. No. Su visión expresionista, es una caza de intimidades, de agonías. Así su literatura y su poesía. Su método es la exploración de todos los estilos posibles dejando en cada uno de ellos el suyo propio. Un sello que se basa en la expresión de un tema convertido en desgarramiento por medio de cualquier técnica. Su pintura trasmite una enfermiza preocupación por la condición de la sensibilidad humana. Su arte es la muestra de aquellas crisis de hipertrofia consumadas bajo el avasallador tormento de la felicidad.


Este ser que sufrió la capacidad aterradora de poder captar con toda la sensibilidad el alma de las cosas, también, es necesario decirlo, convirtió mi vida y me bautizó no sólo con su seudónimo artístico otorgándomelo como una runa que marcaría mi destino sino que a la vez logró inundarme en un baño de leyenda donde el mito ritualizó mi piel siempre presta para el asombro. Ese hombre, que plagó mi infancia con la maravilla y que imaginé como el mejor de los hombres posibles, fue mi primer maestro y quizás el último. Ese hombre, el Hombre, es mi padre.


He aquí una mínima muestra de su trabajo:


Título: Pesadilla del leñador

Técnica: Acrílico sobre triple

Tema: La obra es una alegoría a la trashumancia de los colonos que domeñando la montaña a punta de hacha domesticaron el paisaje sometidos al rigor de una labor titánica.

Descripción de la forma y contenido: El cuadro en sí esta concebido a partir de tres líneas de tensión. La primera un tercio del espacio limitado por el horizonte filoso de las hachas, la segunda, la línea vertical de la figura humana que da un salto de suspenso para el espectador comprendido entre ese mar filoso y la punta del tronco que sobre su cabeza recuerda la espada de Damocles sumada a la línea oblicua de la tortura como tercera línea tensión. La figura muestra la parte obsesiva que convive con un hacer consuetudinario lo que provoca un clímax febril en el subconsciente del individuo el cual involucra al espectador en un asombro por la seguridad con que lo vemos saltar sobre el horizonte de su hacer común el cual oscila de manera insólita como un abandono de los troncos yuxtaponiendo la fuerza ascendente de las hachas que le brindan seguridad porque sabe que es el asidero de su diario vivir, en contraste paradójico con el tronco descendente y el travesaño que es a la vez tormento de un destino al que no puede escapar.
Color: la atmosfera se somete a unos colores fríos que van del amarillo al verde indicando su relación con el bosque. La luz se nace como una reflexión ascendente de las hachas que bañan al conjunto en un ambiente de suspenso en contraste con una luz que entra por la derecha desde la parte superior circunvalando en un fuego de iluminación que provee de vigor a la figura del leñador.


Titulo: Disgregación del último desconcierto


Técnica: Vinilo sobre madeflex

Tema: es la fuerza de una semblanza atónita que retoma su antecedente en la historicidad anecdótica de la destrucción causada por el efecto de las bombas que los carteles del narcotráfico causaron dolor a Colombia en la década de los ochenta.

Descripción de la forma y contenido: la tensión parte del principio de líneas que van hacia el centro en punto de fuga con un extraño juego inverso que connota la expansión la cual arranca del punto centro (la explosión de la bomba), hacia el frente distorsionada por la posición vertical de las figuras que ajenas a un acontecer se desgarran en descuartizamiento de desconciertos donde no se atina a concretar que pasó ene l momento ahí la razón del desconcierto. Es un testimonio desgarrador del alma y cuerpo. Los rostros reflejan el último desconcierto.
Color: El color refleja pasión abrupta, explosión, muerte, sangre.


Titulo: Hombre!... te confundí con la bestia


Técnica: Oleo sobre madeflex


Tema: el artista se obsesiona con la violencia no solamente nacional sino mundial. Aquí toca un aspecto a nivel universal que involucra al espectador en una crítica del acontecimiento bélico que conlleva a la deshumanización. De ahí el título que en el que el autor juega con hilaridad fría
Descripción de la forma y contenido: la tensión del cuadro es global con una extraña fuerza apocalíptica que hace recordar el paso de uno de los jinetes del Apocalipsis sin desvincularnos de una realidad tangible a la cual no podemos ser ajenos; el acabamiento del hombre por el hombre. Da a entender que la bestia es más humana que el hombre en sí. La figura que cabalga porta un misil que apunta lo terrenal. Bajo las patas de la bestia vemos dos figuras que alegorizan a los caídos y de manera cruel el irrespeto a la violentación de la paz la cual se muestra pisoteada.
El cuadro en general es una vulneración absoluta y dolorosa que tiene por fondo el horror de las bombas nucleares.
Es un cuadro de alegorías.
Color: los colores se trabajan escandalosamente cálidos. La figura del jinete está tocada en colores violeta que indican tragedia permanente. En desigual contraste con el color explosivo que tensiona el centro encontramos el azul profundo de silencio y muerte.


Título: Pabellón de los estresados irredimibles

Técnica: Oleo sobre triple
Tema: trata de la angustia existencial de seres que tensionados por su tragedia se alienan y se derrotan sin alcanzara la luz en el laberinto de lo irredimible.
Descripción de la forma y contenido: todas las líneas dirigen una tensión de fuga hacia el centro contextualizado por un laberinto de salidas y entradas sin punto fijo, se aprecian figuras colgantes de suicidas y de yentes y vinientes sin derrotero que marchan ignorando la luz del centro. No hay escapatoria. El conjunto en general visto a distancia configura la máscara de la muerte. Los paralelogramos flotantes son una alegoría a la situación de ingravidez de los alienados. Desconcierta la presencia de la figura superior en primer plano de la cual no sabemos si desciende o asciende. En sí es cuadro derrotista.
Color: es un juego de colores que van de los semi cálidos a lo fríos.

miércoles, 2 de enero de 2008

PRECOCIDAD PASIONAL




- ¿Quieres salir conmigo este domingo?
- No sé, tengo que preguntar.
- Diles que saldrás conmigo (le aconsejó el niño de seis años).
- Bueno. (le contestó la niña de cinco).

ANTE LAS PUERTAS DEL EDÉN.




(Casi un soneto)


Esta misma cosa que seguimos siendo
a pesar de la brisa en las pupilas
o del canto resurgiendo por las manos
tiene escandio denso entre los labios.


El error consistió en caminar siempre
llevando un ataúd de firmamentos:
se sabe que fue labrado sin misterio
en la orilla de nuestro propio llanto…


pero olvidamos aquella cofradía
y mostrando nuestros deslucidos dientes
fuimos a hacer vida entre las hullas.


Cada uno cargó su sombra en brazos
Sospechando, que no íbamos partiendo
sino sólo buscando el epitafio.

EL CANTO DE LAS SIRENAS.




El cuerno tronador, lejos de la proa asombrada,
en el extremo de la bancada donde los remeros olvidan,
ya teme, con melancolía ahumada en niebla,
su metamorfosis de caracola.


El más joven de los griegos cuelga la noche en el espolón
y con un pedernal de hielo comienza a escribir la Iliada sobre la regala.


El frío como rocío tanático pellizca los pectorales hasta hacer brotar erizamientos.


Un gris silencio recorriendo la pasarela mantiene en suspenso la legión.


Empuñados a la espada, al escudo,
se presienten abandonados,
sin embargo,
la barba del timador, desgarrada en jirones famélicos,
siente la aguda insistencia de los ojos
puestos en olfatear el canto en la oscuridad.


Hay hambre y oxido. Los remos han sido desertados
y por entre las deshilachadas velas los siete bueyes dormitan eternidad.


De pronto, desde la atalaya derruida, el más decrepito de los griegos
muere observando la espada de Orión.


Las algas podridas se endurecen coralinamente
y un desierto de escollos parece habitar el infinito.


El ingenioso capitán se hace amarrar por sus somnolientos guerreros
mientras cree reconocer en el aullido de las focas
la voz de Penélope o Calipso.


Desgonzado, sabiendo que nadie le soltará las amarras
entrevé en su agonía a Jasón que tras la bruma
parece obsequiarle el vellocino.


La galera se precipita en silencio hacia el abismo.


Las sirenas callan.

CASUALIDAD EN UN PARQUE.




Se me acercó borrosamente
y me dijo que nadie se percataba de él
sólo entonces, supe,
que ambos éramos fantasmas.

CONFESIÓN DE UN ÁNGEL




Miré un poco más allá de lo que me estaba debido ver
y sin pensarlo me lancé en picada libre hacia el abismo,
las alas hicieron combustión en el aire y mientras caía
crearon el color ensangrentado del crepúsculo.


El mar me atiborró el cuerpo con humedad y sal
y me sentí, de pronto, denso por dentro.


Al alcanzar la playa
pensaron que era ICARO.

DE CRUELDAD INFANTIL.




Los niños pensaron que se podría salvar
mientras la rueda del bus destripaba su cuerpo.


Sólo quedó intacta sobre el asfalto
el ala lastimada
de la paloma.

La verdadera historia de Bachue




La mujer lo arrastró hasta la orilla
Le susurró su secreta identidad,
lo silenció con sus senos desnudos
Y le limpió el barro
que comenzaba a borrarle la inocencia.
Detrás quedaban los juncos
y las diminutas huellas de un niño
Sin nombre.


Una grieta de niebla
a lo lejos insistía en recomenzar la madrugada
Pero la diosa estaba decidida,
Arrastrándolo de una manita
lo sacó del espejo de agua
Y trazándole oscuras pectorales en el sueño
le forjó el coraje de una raza.


Año tras año
lo fue alimentando con un calostro entristecido
que le iba endureciendo el sexo y la mirada.
Del niño solo quedaron
las huellas en la orilla de la laguna
como fósiles que de pronto
hubiesen salido a tomar el sol del mediodía.


A la mujer le fue costando retenerlo entre sus brazos
Ya no podía alzarlo y sujetarle las muñecas
hasta dejarle tatuados sus deseos en la carne
Ahora era un hombre con callo en los talones
y un centenar de nombres
Que le servían para nombrar las cosas urgentes de su alma.


Un día la diosa avistó en la criatura adormilada
Un extraño palpitar creciéndole en el pecho,
los ojos parecían lujuriosas fieras acechando.


El hombre se abalanzó sobre su cuidadora
apretándole los senos con afán y riesgo
La diosa solo gemía abrazando el cuerpo eréctil
y feliz dejaba que el placer la penetrara.


Las escuálidas formas fueron poblando la tierra
con labios siempre prestos al gemido y al abrazo
Y el mundo pronto fue llenándose
de una raza inútil solo presta a la caricia
y al paso enmohecido del los días.


Ya viejos, casi sin poder retener
un olor de alegría en su mirada
Abandonaron la aldea.


La diosa esperó que el anciano
se calzara las huellas dejadas en la orilla
Y luego fue arrastrando al niño
hasta el fondo del agua para siempre.

Promesas




Te prometo que jamás haré silencio
Ni siquiera
En la tumba…
Porque seré llanto y grito
Remordiendo los recuerdos.


Te prometo que jamás dejaré
De caminar…
Me inventaré senderos,
Huellas,
Distancias que prolonguen
El sueño o la espera.


Te prometo que seré feliz
Sin dientes
Con lágrimas,
Sonriendo
En los abismos,
Cribando el sudor
Que le nace a las semillas.


Te prometo dejarte para siempre algún día,
Con todo
Sin ti siquiera,
Sin sabernos,
En alguna esquina,
Apenas escribiendo
Viento para no ser beso.

Algunos propósitos verdaderos de los días





Los días que se van tendiendo
delante de nosotros,
sin nosotros.


Los días completamente vacíos:
ni una telaraña avisando
que hay distancia, tiempo o
simplemente polvo en los rincones.


Ni un grito adelantándose,
ni un sólo fósforo
encendiendo las estrellas.


Los días se van tendiendo
como muertos sin memoria
esperando que les caiga encima un alma
de improviso.


Algunos optan en la acera
por el cambio de semáforo
y la luz verde que teje hojas en los árboles.


Otros, simplemente,
doblan en la esquina,
Esperándome…
para asaltarme
por sorpresa