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jueves, 2 de septiembre de 2010

La Mina


Exclusiva: primera entrevista documental sobre la tragedia de los mineros atrapados.

Noticiero Profecía - Y cuéntenos. Cuál fue el mejor Reality show que se vivió en aquella época.


Michel de San José - Hubo muchos, la verdad cada dictador buscaba mantener la sociedad hipnotizada bajo el furor enfermizo de una propuesta consumible y chatarra que homogenizara el pensamiento colectivo hacia situaciones humanas recurrentes.


N. P.: - ¿Cómo es eso?, explíquenos un poco sobre este aspecto con más detalle, por favor.


M.S.J.: - Sí, por supuesto, verá, En el mundo que me tocó sobrevivir había muchos desequilibrios y necesidades, todos los países por más que se vistieran de gala, sufrían espasmos intestinos que oscilaban entre la guerra de poder económico y territorial tranzado por el control político. Espero se comprenda mi lenguaje poético, debo disculparme, de antemano y advertir que soy miembro de una sociedad trágica, y que como bien recordará usted, el lenguaje natural de las sociedades trágicas, es la poesía.


N. P.: - No hay problema, a pesar de ser un idioma en desuso, tenemos un traductor simultáneo perteneciente a la vieja guardia e invitado hoy a nuestro programa. Siga, qué consecuencias traía consigo dicha trilogía.


M.S.J.: - Ah!, sí, pues que todo se convertía en un ciclo: la economía había que controlarla por medio de la ley pero esta debía legitimarse a través de un tipo de violencia que permitiera a cada país mantener su soberanía. Éramos, muy cortos de vista en cuestión de gestión axiológica y moral. No habíamos logrado concebir un gobierno mundial, ni tampoco referencias a territorios culturales abastecedores. La verdad, todos queríamos joder de alguna manera al vecino. La cuestión era sencilla, nuestros dirigentes se hacían ancianos en sus tronos reformulando la guerra y consumiendo todos los recursos de sus naciones. No obstante, era necesario mantener cierta ilusión de seguridad y tranquilidad al interior de cada cultura. ¿Me hago entender?


N. P.: - Claro, ja, ja, ja, siga.


M.S.J.: - La gente moría de hambre, no había empleos, quienes se percataban de los desequilibrios, comenzaban más guerras en lugar de aportar soluciones y en consecuencia el mundo parecía convertirse en un vertiginoso desastre.
Pero los consejeros de cada gobierno encontraron una forma para mantener a la sociedad pasmada.
Se basaron en la ley de ilusión de satisfacción de deseos. Así fue como nacieron los realitys que luego se reprodujeron por el mundo entero como shows; a decir verdad, eran plataformas de distracción.
Uno de los más grandes realitys ocurrió después del otoño del Patriarca.
Meses después de que don Seba subiera al poder, algunos intelectuales comenzaron a señalar el gusano en la manzana. Si el Patriarca había sido un asesino natural, un depredador; don Seba era un carroñero, el más grande.
El primero había matado, desaparecido y torturado para abastecerse de poder y fortuna, Don Seba, tenía también un oscuro secreto que se basaba en el asesinato radical del emprendimiento, el era el único emprendedor, El país ya era suyo antes de ser dirigente.


N. P.: - ¿Afirma usted que a don Seba no le era necesario ser presidente?


M.S.J.: - No, no digo eso, digo que gobernaba sin tener el título, que de alguna forma eso, en su caso, era una gran limitación a pesar de tener casi todo; esa necesidad fue lo que lo apeó a promover el circo que lo llevaría a ganar las elecciones. Pero deje que le explique sobre los realitys.


N. P.: - Por supuesto, prosiga, la noche es suya.


M.S.J.: - Cuando los intelectuales comenzaron a sacarle los trapitos al sol, los consejeros de don Seba, decidieron canalizar la atención de las personas en otra dirección. Fue así como nació La Mina.


N. P.: - Vaaaaya!, fabuloso!, se ve que usted conoció bien toda la situación.


M.S.J.: - Un poco.


N. P.: - Pero, cuéntenos, ¿por qué ese reality show, la Mina, logra consolidarse como el más importante?; si seguimos su teoría, todos los países utilizaron el reality show con las mismas intenciones.


M.S.J.: -Exacto, me ha entendido. A este punto quería llegar. Mire usted, la cuestión está en que me preguntó cual fue el mejor reality. Pues bien, la Mina lo fue todo.


N. P.: - Por qué dice eso?, acaso Gran Hermano no tuvo acogida casi durante más de una década estableciéndose con un porcentaje muy alto de riting. ¿Cómo es posible que un reality, que apenas duró dos meses, sobrepase el formato que le formulo?


M.S.J.: - Verá. Gran Hermano se basaba en la magia de recrear la convivencia humana en espacios unisociables; en un mismo espacio hacia convivir a personas desconocidas que iban demostrando las fases normales del comportamiento humano dentro de las dinámicas de convivencia. Así, las familias eran un espejo de dicha convivencia, llegar a casa constituía llegar a ver un programa que de alguna manera nos hablara de nosotros mismos, era asomarse a un espejo.
La Mina No. La Mina se estableció en la oscuridad, en el subsuelo y su intención era causar solidaridad, empatía por la condición humana, era finalmente, para decirlo con las palabras que merece, creado para crear compasión y, lo más importante sobre todo, ilusión de paternalismo.
Así la imagen oscura de don Seba se iluminó y la sociedad comenzó a quererlo y adorarlo.
Todo sucedió demasiado rápido, nadie de nosotros supo como fue que se clasificaron los perfiles de los mineros. El caso es que a la mitad del mes, el show ya había comenzado.
El primer efecto fue la conmoción. El show nació espontáneamente a partir de una noticia, se sumergió a la sociedad completa en un drama.
Treinta mineros habían quedado atrapados en las entrañas de la tierra, un derrumbe en la boca del socavón los había atrapado sin salida alguna.
¿Empieza usted a ver lo complejo del asunto y porque fue más impactante?


N. P.: - Si, la tragedia une y genera más expectación en los espectadores, todavía más que el esnobismo producido por medios de entretenimiento pero, esto es un arma de doble filo, la tragedia se convierte se convierte también en esnobismo.


M.S.J.: - Usted lo ha dicho. En Gran Hermano todo parece controlado, las cámaras muestran situaciones que no están alteradas por el ambiente natural, la vida de los personajes se modifica es a través del trato y la relación entre los que se relacionan y esto es lo que ocasiona las grandes conglomeraciones de audiencia por observar detalladamente esos cambios del comportamiento humano.
En La Mina, en cambio, los treinta hombres vivían bajo la zozobra y en lugar de mantener una incertidumbre individual por la posible expulsión del programa, en este caso la angustia y desolación ante la probabilidad de morir en cualquier instante era un patrón grupal. La muerte era el agente des-articulador de la fortaleza humana.
Todos fuimos testigos de ese circo beat.
Don Seba fue el primero en dar la primicia sobre el accidente presentando pruebas de vida de las victimas.
El artilugio consistió en mostrar ante las cámaras de televisión mundial una bolsa que contenía una nota de los atrapados, con esta noticia se pudo catapultar el show hacia el extranjero.


N. P.: - Pero claro, yo lo recuerdo: “Estamos bien. Atentamente: El refugio”. Creo que eso era lo que rezaba el mensaje; algunos dicen que fue donado al museo Louvre.


M.S.J.: - La verdad no me importa dónde este dicho pedazo de papel que hizo más mal que bien.


N. P.: - ¿Y por qué dice eso?


M.S.J.: - La muestra de sobrevivencia sólo ayudó a enriquecer la imagen de don Seba como dirigente comprometido y atento a cualquier situación que afectara a los habitantes de su país.
Don Seba comenzó a sonreír y su sonrisa se convirtió en ícono de gestión política.
El show se amplió en una semana. De ser noticia local pasó a ser notica universal.
Nuestro país unió todo tipo de grupos políticos. Tecnología y avances nunca antes vistos comenzaron a invadir el territorio y bajo la máscara del rescate don Seba se proporcionaba nuevos juguetes bélicos, domésticos y productivos.
¿He dicho treinta hombres?, me equivoqué, eran 29 hombres y una mujer.


N. P.: - No me recuerdo haber escuchado sobre una mujer, ¿está seguro?


M.S.J.: - Claro, lo que pasa es que todas las noticias fueron modificadas tras el desastre.
Por eso mismo estoy aquí, para recordarle al mundo que fue lo que sucedió ¿no?.
Al principio el orbe del subsuelo atrapó toda la atención mundial. Redes sociales, movimientos, grupos de activistas y un sin fin de relaciones inimaginables fueron creciendo alrededor de la gran imagen de don Seba que todo los días se comunicaba con los atrapados.
Se hicieron conciertos conferencias y documentales encima y los tours a la mina se incrementaron. El reality se convirtió en un lugar común de la convivencia humana, La Mina, a pesar de no reflejar las problemáticas de encima, comenzó a tomar total control de toda situación que se vivía arriba.
Hasta para ir a cagar era necesario tener en cuenta a La Mina.


N. P.: - ¿En qué sentido lo dice?


M.S.J.: - pues que uno ya no podía cagar tranquilo sin pensar en como lo hacían abajo.


N. P.: - Comprendo!, la gente comenzó a comportarse en función de las necesidades de La Mina.


M.S.J.: - No lo podía haber dicho mejor.

N. P.:
- Y entonces, dígame, ¿por qué duró tan corto tiempo en el aire?



M.S.J.: - La Mina colapso!, la urgencia por salvarlos se convirtió en una larga y planificada red de rescate que fue ocasionando un pesó sobre el techo de la mina.
El día que rescataban a Omaira, la única mujer minera, fue cuando sucedió el horror. La mina colapso por completo en el mismo momento en que don Seba se acercaba a la victima.
A la primera victima que estaba por fin siendo rescatada de la tragedia. Don Seba estaba aproximándose a la chica para infundirle seguridad y fortaleza, para calmarla con palabras de aliento, la cámara estaba justo en ese encuadre cuando el derrumbe se llevó hacia el fondo todo.
Todo lo que se había debajo de la mujer se abatió hacia su propia base matando a todos los mineros y aprisionando a Omaira en un abrazo mortal que la mantenía con medio cuerpo asomando hacia el exterior. Fue espantoso, la chica quedó atrapada entre los escombros exhibiendo medio cuerpo. Era espeluznante ver aquella escena.
Era como si la tierra de pronto le hubiese dado por cultivar humanos y Omaira fuese la primera criatura en brotar de la tierra.
A pesar del accidente y la humillación mundial, las misiones de rescate aumentaron. No importaba lo que había sucedido con la mina, esta vez la situación se basaba en salvar a Omaira.
Después de meses de fama y encabezar los principales estudios de rating mundial, donde los mineros contaban sus vida en el cuarto de emergencia: una entradita poco iluminada al fondo de la misma cueva sellada; la tragedia que tanto se había sospechado ocurrió, La Mina se convirtió en tumba, aunque, quizás ya lo era desde antes.
El show era como una especie de comunicación folclórica, con todas las de la ley, entre los vivos y los muertos.
Por eso intentar salvar la vida de Omaira era casi más importante ahora, que aquellos dos meses de gozo y sufrimiento que los espectadores habíamos experimentado. Salvarla era en cierto sentido expiarnos de algo que, veíamos como sociedad, habíamos causado, éramos culpables y necesitábamos respirar, salir de nuestra propia mina. Ahora se trataba de salvar un ser en representación de toda la humanidad: el único vestigio de algo que había comenzado como terminó.


N. P.: - Una tragedia!!!


M.S.J.: - Exacto, un drama. Lo más espantoso no fue ver morir a Omaira ante las miles de cámaras, sino saber que su cuerpo no había podido ser rescatado a pesar de los titánicos intentos. Parecía como si las 60 manos de las victimas enterradas se hubiesen aferrado por debajo de la tierra a las piernas indefensas de la chica.


N. P.: - Espere, se equivoca, luego no me dijo que habían sido 29 los hombres, eso nos da un total de 58 brazos


M.S.J.: - No. Fueron 60. La Mina también se tragó a don Seba.

martes, 31 de agosto de 2010

Estudio crítico de una pintura del Artista Fabio Vargas



Título: Saudade onírica de una íntima presencia.


Estilo: Expresionista
Técnica: Oleo sobre madera
Dimensión: 32 x 45 cm


Tema: la condición angustiosa y melancólica de la perseverancia erótica en la memoria y su permeabilidad desesperante en el equilibrio emocional del sujeto que la padece.



Descripción de forma y contenido: El plano básico de la obra concentra su expresión icónica en el sector inferior estableciendo su peso visual en la zona izquierda. El cuadro esta dividido por dos ejes uno descendente que va del vértice superior izquierdo y que se dirige al vértice inferior derecho, este representa la división de las cargas visuales. El otro eje, lo constituye la línea horizontal que divide al plano inferior del plano superior representando dos conceptos: el peso y la levedad.
Hay cuatro centros en la obra: la mujer acostada que enmarca la expresión angustiante; el hombre que levita sobre la mujer y que establece la desesperación de su levedad a la vez nos proporciona el elemento onírico; el tercer centro definido por la silueta de la mujer invisible que carga al cuadro con el concepto del equilibrio emocional: elemento intencional de la obra y por último la silueta de un hombre sin rostro parado al fondo y que trasmite la carga melancólica al resto del cuadro.


Estudio.

El soporte de la pintura está configurado por medio de la efigie de la mujer en primer plano y ubicada en la zona pesada del rectángulo Su peso allí es tolerado por la descomposición fundida de la mujer dentro de la línea de horizonte. Al amalgamarse con el plano, los colores apagados equilibran la gravedad de la imagen sobre el resto de las figuras; además, observamos que los trazos de pincel, a pesar de ser suaves, expresan furia y cierto rasgo rústico o tosco que es sello del estilo del artista para configurar las tensiones en sus obras.
El segundo soporte está dado por la figura incompleta de la mujer que se establece verticalmente atravesando la parte liviana y pesada del sector derecho del plano y que concentra su fuerza expresiva como contraste acompañante del centro sobre el que se recarga toda la obra. El vestido blanco colma al cuadro con el clima de languidez y onirismo que es reforzado por la atmosfera de colores luminosos que invade y degrada el sector izquierdo.
La luz penetrante por el sector derecho dispone al cuadro de un signo icónico tácito: la invasión en el universo del sueño.
El espectador en esta medida no se identifica afuera del cuadro sino dentro del cuadro como semejante a la silueta del hombre sin rostro que invade desde atrás la realidad propuesta. Así, el hombre desdibujado, oxidado y añejado por colores ocres y pinceladas fuertes de color verde, señala el punto visual en el cual ubicar la mirada del espectador.
El cuadro es un reto que se basa en el patrón de la ley de apertura de visión[1]. La obra pictórica establece esta ley desde el signo icónico tácito de la luz entrante y desde la señalización empática que representa la silueta melancólica con el espectador.
Al ubicar al espectador detrás de lo que sucede, las figuras oníricas cobran una realidad objetiva metamorfoseando en ficción al que observa-invade. Justamente por este artilugio es que entendemos porque las figuras constituidamente como firmes y explícitamente identificables son las del mundo onírico y la silueta invasora una representación imaginaria sin forma específica. El anonimato entonces es claramente completado por la identidad de cada espectador que se sumerge en la obra pictórica.
El centro dispuesto en el sector superior izquierdo a pesar de formar parte del conjunto objetivo del universo onírico define el carácter angustiante de levedad que separa lo pesado de lo liviano.
La imagen del hombre a pesar de esta significación emocional se ve rígida y su rigidez está basada en la conjunción de los elementos que constituyen toda la obra; su forma está configurada por las todas las partes elementales que conforman el rectángulo artístico. El hombre, primero que todo está incompleto, segundo, los trazos conciertan una mezcla entre lo indefinido y lo definido, entre lo firme y lo desdibujado y la a vez su levitación representa un desconcierto.
En la parte inferior vemos que el brazo de la mujer se extiende hacia el plano liviano atravesando la figura del hombre pero este brazo que no está totalmente ilustrado, debido a que la luz que entra no logra iluminarlo del todo, constituye la desesperación de la mujer por preservar en el plano liviano.
Ahora, como todos los cuadros del autor, el título: que es lenguaje escrito y la obra que es lenguaje visual, representan una de las necesidades más importantes del artista en la concepción de su estilo y que es a saber: la fusión de la poesía y la pintura.
El cuadro no puede comprenderse del todo sin la incrustación deconstructiva de todos los elementos que componen lingüísticamente el título. El cuadro es la representación poética visual del poema denominado: “Saudade onírica de una íntima presencia.
La obra pictórica sólo es posible concebirla como una Mapepitoruna[2].
A través del estudio formal de las estructuras icónicas hemos podido establecer los versos recreados visualmente: la saudade, lo onírico y la presencia. Pero hay un signo que no ha sido considerado y es la intimidad.
A saber, este signo es el cierre connotativo que deja al descubierto la invasión causada. De aquí que se pueda explicar porque la efigie de la mujer, que ocupa el vestido blanco, es trasparente.
La intención se basa en la ley de causa y efecto; al invadir un universo este se ve súbitamente sorprendido, lo que genera perturbación; la brisa que es un elemento tácito que da movimiento al cuadro también establece la sorpresa y en consecuencia la mujer desaparece estableciendo esta transparencia como mecanismo de ocultamiento para mantener su intimidad.
Sin embargo, este ocultamiento es a la vez una provocación ya que sólo se hace transparente más no abandona el vestido; ella sigue ocupado el espacio, manteniendo la perseverancia de la presencia pero de un modo fantasmal, la silueta es entonces, un signo insinuador hacia el que invade.
La intimidad, finalmente, no sólo se encuentra en el cuadro sino que permea la impresión del espectador, afectándolo y provocando la ilusión de un recuerdo angustiante. Somos en este sentido, la saudade.
Espero que realizado este estudio, el mismo se establezca como un leitmotiv que el lector pueda utilizar para conocer más profundamente la obra de este artista.


[1]Ley concebida por el autor de este artículo y que define que en que toda observación de un espacio determinado, este será siempre modificado por el punto de referencia del observador, así el espacio tiene múltiples opciones visuales que alteran su constitución. Todo artista a través de esta ley busca determinar el punto desde el cual obliga al espectador a mirar la obra. La apertura se establece como elemento que señala desde donde observar.
[2] Neologismo creado por el autor de este artículo que a través de un anagrama une las palabras poema-pintura

jueves, 5 de agosto de 2010

NO QUIERO IR NADA MÁS QUE HASTA EL FONDO


Tengo que admitirlo, odio terriblemente la influencia de Pizarnik en mí, odio terriblemente que, cuando le comparto a alguna adolescente de esas que impactan por lo raras y maravillosas, los textos de Buma terminen convirtiéndomelas en seres tanáticos.
Yo no sabía mucho de la muerte, algunas ganas a veces de llamar la atención de mi soledad con depresiones y arranques de querer botarlo todo y arrojarme por el primer orificio de tranquilidad y nada. De resto, no sabía mucho. Pero llegó Pizarnik y todo lo que hasta entonces podía saber sobre retórica o poesía se me fue al cesto de la basura, también lo que sabía sobre el suicidio.
Alejandra es de aquellas mujeres al estilo Silvia Plath, Ane Sexton, Janes Joplin o Angelita ( la de Caicedo) que poco a poco se van ensombreciendo por su gran genialidad, su inteligencia y esa incertidumbre de no hallarse cómodas en lo mujer que son. Las va arrastrando su rareza hacia la locura tenaz. Me imagino el alma de la adolescente Pizarnik siendo jalada por un "Jack el destripador" hacia algún callejón sin salida mientras esta entierra a zarpazos sangrientos sus uñas en el barro.
Esto fue lo que sucedió con la niña-anciana. Su poesía es esclarecedora de esta involución, de esta degradación absoluta. Si analizamos bien el nombre de los títulos de sus libros en una línea cronológica, descubriremos que la poeta poco a poco, con cada libro, nos enuncia sus estadios espirituales de degeneración. Su primer libro se titula raramente “La tierra más ajena”, pero esta rareza es reveladora de su infortunio, en este pequeño poemario, Pizarnik ya lanza una alarma: todo cuanto ha vivido le es extraño, la literatura es la forma de señalar esa rareza. Pizarnik vive circundada por una errancia que sólo es satisfecha en sus lecturas y en sus salidas solitarias hacia el puerto. Este libro es precursor de sus más bellos poemas.
Los versos del poema número 13 del "Árbol de diana":
“explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome”
son tan sólo el resultado de una angustia reflejada en su primer opúsculo que deja entrever en varios de sus poemas. Cabe citar por el ejemplo “Lejanía” o los versos que declaran este desesperado deseo así:
Si. Hundirse una noche en las calles del puerto
Caminar, caminar [...]
Si. Sola. Siempre sola [...]
Si. Tirar el ancla. Si. Muy junto a ese
barco gigante de rayas rojas y blancas y
verdes [...] irse, y no volver
Muchos declaran que este primer poemario es sólo el resultado de ejercicios lingüísticos; yo diría algo más, es el manifiesto de una clarividencia. La enamorada del viento rubrica aquí sus runas, sus símbolos precisos que darán pie a su literatura. Pero algo más, este libro nos devela la maquinaria psíquica de la poeta. Aquí se postula el origen de la enfermedad pizarnikeana. Primero está la soledad, segundo, los libros leídos que van configurando su obsesión y sus depresiones y tercero, está la henchida vela de su desencanto que sera su principio vital en todo de todo cuanto experimente. Una adolescente histriónica, con pequeños resplandores ya de neurastenia.
Un año después deja en claro este diagnóstico en su libro “La última inocencia”. Casi continuación del primero, ya que comienza con el tema del barco, de su errancia, de su desesperado huir. La escritura se le revela contradictoriamente como amiga y enemiga. Pizarnik comienza a manejar las técnicas poéticas con mayor precisión, ahora hay un manejo de los sintagmas; su fórmula: el dualismo prodigioso. Pero sobre todas las cosas, el texto en sí, configura tres ideas básicas:
1. La inocencia se pierde debido al conocimiento de la muerte.
2. La soledad y el insomnio se observan como salidas o escapes y
3. La literatura se hace íntima metamorfoseando a Pizarnik en un ser literario.
La pequeña bestezuela, la calígrafa de sombras, se pierde en el reflejo de sus locos adorados: Hölderlin, Artaud o Ducasse y otros, que será necesario mencionar más adelante.
Asistimos pues aun deterioro de la mente, a un trastorno maniaco-obsesivo que es recurrente entre los escritores. Leer enferma. Este daño sólo es posible en seres altamente sensibles con una alta dosis de talento lingüístico.
La observación es precisa, ya el último poema es definitorio de ese vértigo en el cual va cayendo Alejandra, baste terminar el análisis de este segundo libro con el poema que lo cierra. De este, se ha dicho que es el más hermoso, más hermético, más innovador, sin embargo, es tan sólo una impostura lanzada a Rimbaud, al cual le vivirá lanzando tantas.
El poema reza:
“Alejandra
Debajo estoy yo
Alejandra.”
He aquí una clave; el significante "Alejandra" sobre el significado "Alejandra" encadenado por una serie de significados (al mejor estilo Lacan): “debajo estoy yo”. Es como decir: “yo, soy otro”, y es decir aún más, es afirmar la imposibilidad de una epifanía. El primer "Alejandra", contiene la grandeza, se lee con elocuencia, pero luego sobreviene la reflexión y por último el señalamiento de una "Alejandra" acongojada, este "Alejandra" se lee con tristeza, con sombra. He ahí la clave del hermético poema, Pizarnik nos muestra su postura, sabe de algo que llegará a ser pero nos habla también de la vulnerable criatura que se esconde debajo de ese nombre sonoro.
Todo en la joven argentina, que se enamoró de Gaitán Durán, es decisivo. Cada palabra sólo es una rotulación a su desvarío, a su transformación. Ella como Artaud o Michaux o Borrogouhs, se convierte en la mejor examinadora de su espíritu y su mutación.
Qué vemos en “Las aventuras perdidas”. Contagiada, esta vez por George Trakl y por Blake, la embriagada se reduce a un descubrimiento desastroso para sí misma; el lenguaje, ese juego absoluto que la hacía sentir viva y la mantenía equilibrada, pierde todo sentido. Si los dos poemarios anteriores eran conjuros, este, es un exorcismo fracasado. Ahora Pizarnik quiere huir, declara su posesión y desea salvarse. Pero ya es tarde, anegada en su vicio, la palabra le da alcance y fatalmente recae en los abscesos de desesperación. El libro es un grito, todo él, es, ya no una alarma, sino un terrible aullido, ella ve que su mente se está perdiendo.
Dos constantes en este estadio. La soledad con deseos de volar, de ser más que soledad y la palabra como esclarecedora de la inútil descripción de la noche que tanto tortura.
Declaraciones como las que se leen en el poema “Jaula” o “La carencia” o “El despertar” entre tantos otros, son la reacción natural de la locura descubierta.
Ahora la muerte ya no cita la inocencia, ahora ésta, sumerge a Pizarnik en su salvedad, en un enamoramiento tranquilizador que elogia con cada palabra, ya se sabe naufraga, ya sabe que no pudo huir, pero ahora intenta otra obsesión, ahora se convierte en tanática y es justo ahora, cuando la terrible enfermedad la devora por completo.
El poema quizá más esclarecedor sea “La única herida”. En él asistimos a una declaración total de espiritualidad, de conocimiento profundo de su ser dual. Si en “Solo un nombre”, Alejandra nos dejaba ver su espejo triste, en este, ella examina el carácter de su dicotomía. La digresión consiste en reconocer la Alejandra que vive y la Alejandra que mata. La que tiene sed de gozar y la que siniestramente busca el constante aniquilamiento. Aristotélica en suma, parece señalar el cielo como ideal y la tierra como espacio pragmático y veraz. ¿Cual saldrá entonces para salvarla?
Ya sustenté evidentemente como ciertos autores son el resultado de sus lecturas. Enumeremos un poco los nombres de las mayores influencias que tuvo "El bicho". A saber son:
Dostoyevski, Blake, Nerval, Artaud, Michaux, Trakl, Rimbaud, Hölderlin, mejor dicho, para que seguir, esta lista y la misma Pizarnik sirven como ejemplo para demostrar la tesis, de que leer, enferma o metamorfosea. Dime que lees y te diré quien eres. En el caso de nuestro espécimen, es claro: autodestrucción, marginalidad.
¿A qué se debe este rasgo, este carácter?. Esto daría para un tratado sobre "la literatura que asesina", pero intentaré resumir ese libro inexistente en dos párrafos:
1. Sólo son contaminados por este trastorno o padecimiento, seres ciclotímicos, hipersensibles, con fuertes dosis de abreación y con personalidad dependiente y obsesiva, marcados en su infancia por una inteligencia avasalladora y feerica.
2. El tipo de lecturas en estos seres determina un estado constante de crispación tanática y neurasténica, la bipolaridad se concentra como eje de la soledad y el pensamiento.
En Pizarnik se dio todo esto. “Árbol de Diana” es su siguiente libro, ya estamos en una etapa adulta, ya no es la adolescente, ahora estamos frente a una mujer que ha logrado ciertos estudios, cierta pequeña fama y algunos trabajos como traductora.
Octavio Paz se ofrece a realizar el prólogo, la entrada, la invitación a la lectura de este opúsculo, la verborrea del "mono gramático" da algunas luces:
“cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas. El producto no contiene una sola partícula de mentira”.
He citado la primera definición que se encuentra. El prólogo es un compendio de definiciones sobre dicho objeto: El árbol de Diana. “Amalgama”, correcto Paz, “altas temperaturas”, quizá. El meollo de este libro es sencillo, fácil de destejer. La profeta, el oráculo, es Pizarnik, o más bien, su palabra. En el anterior trabajo la poeta dilucida bien su quehacer y embriagada por su locura comienza a encerrarse en su taller a vomitar esos augurios que serán su poemario.
Como ella misma lo afirma, lo que nos propone son tan solo agujeros, mundos invisibles que hacen temblar las paredes.
El estado del éxtasis: el loco se reconoce loco genial, todos pasan por eso y luego el advenimiento del abismo y la declaración de la frustración.
Ya veremos más delante como se da este proceso. Por ahora centrémonos en el Árbol. Qué nos proyecta, que nos secreta. El bicho ha cosechado fama y ha reunido en su cofre algunas amistades: Octavio Paz, Julio Cortázar, Enrique Molina, Olga Orozco, entre otros y quienes no se cansan de comentar, como en visita de tinto a la sala, que esta señorita, era en verdad un caso singular, asombroso y perdido. La viajera del vaso vacío se encuentra extasiada, ahora la muerte se encuentra un poco lejana, quiere cantar y al mejor estilo witmaniniano o mejor es decirlo valeryniano, se declara panteísta. Se reproduce en cada cosa de manera delirada. Es este libro revelador, porque solo la locura cuando está en su cúspide es reveladora realmente (así lo demuestran los más delirantes; Zoroastro cuando sale corriendo de su guarida, Jesús cuando abandona el desierto y llega incendiado de palabras a los pueblos o Arquímedes con su Eureka a grito vivo por las calles). Lo más lindo de Pizarnik se encuentra en este libro; están sus lilas, sus estrellas, sus palabras como piedras preciosas, los poemas que no merece, el amor de los espejos, los barcos, los ángeles y Dios.
Es un periodo productivo repleto de posibilidades y ocupaciones, distracciones, ocios bien enlazados con sus gustos y amigos que ayudan mucho para que los días sean resistibles. No hay abandono y por lo tanto Pizarnik tampoco se abandona. Está enamorada y se deja abarcar de todos.
Para comprender mejor este arriesgado comentario sería necesario repasar un poco los diarios íntimos de la autora, pero antes de adentrarnos en este rincón pizarnikeano vale una pequeña introducción.
Recordemos que Alejandra es quizá una de las mejores diaristas de Latinoamérica, y lo fue porque fue una gran lectora de diarios. Pizarnik leyó casi todos los diarios existentes para su época, su colección comprende desde los de Katherine Mansfield, Virginia Woolf y Franz Kafka, hasta los de Charles Du Bos. Muchos definen como influencia radical de sus textos de almohada, los diarios de Kafka, yo digo que son los de Charles Du Bos. Es más, en algunas partes del libro, si hacemos un estudio comparado, encontraremos palabras idénticas, formas de decir o escribir y hasta conjunciones homogenizadas dadas en la técnica diarista. Claro está que fue gracias a la compra de Kafka que ella emprendió su diario desde 1936 hasta casi su muerte.
Pero seccionemos el diario. De allí también podemos sacar luces para sustentar todo lo dicho, sin embargo no retrocederé para dibujar polifonías sino que más bien me detendré en la sección del diario que publicó la revista “Mito”. Jorge Gaitán Durán, publica, allá, por los años en que “Árbol de Diana” ve la luz, fragmentos del diario de Alejandra, en estos fragmentos se nota la búsqueda de ser feliz, ya en un fragmento de 1960 Pizarnik anota:
“Que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear, ni ser otras, [….] que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo, que me sea dado el interesarme por el mundo”. Un verdadero deseo. En el 61 escribe: “Si trato de escribir de mí, es para conjurarme”. Cuatro años de éxtasis, de afirmación de la vida. Pizarnik en este periodo nos grita, sin vergüenza, que al fin a enfermado conscientemente. Estos “silencios” como ella llamaba a sus anotaciones, son en verdad esclarecedores. Pizarnik vive estos años como si viviera en una primavera; no la del 68 sino una primavera poética. La palabra se convierte en restituidora de vida. Temporalmente asistimos a una cura de la enfermedad, pero también a una enfermedad deliciosa o a una enfermedad que se padece con alegría. Pizarnik viaja, gana becas, traduce, lee, y de nuevo se envenena.
Si “Árbol de Diana” da un respiro instantáneo a sus miedos, en 1965 asistimos a una etapa cruel. “Los trabajos y la noches” son un libro difícil, Pizarnik, vuelve a ostentar su máscara de locura. Esta vez con más cigarrillos, con más soledad, con más insomnio.
Repleto de juegos semánticos, de novedades que hacen respirable el lenguaje desde otras sonoridades Pizarnik parece resignarse a su oficio y sustentar su genialidad.
Su enfermedad es manejada, controlada a distancia por el poema, lo aprisiona allí y es allí de donde proviene su teoría del poema mural. De este libro emana su ideal de poema, su búsqueda intelectual, que más que una búsqueda es un intento por descuartizar, despellejar o colgar en poemas sus más íntimos miedos y deseos.
La etapa culminante de su enfermedad está llegando, la aporía se acerca.
Ya los dos últimos libros son en realidad ese advenimiento: “La condesa sangrienta” y “El infierno musical”
He aquí la desesperación en su totalidad. Aunque el último libro se divide en cuatro partes y cada parte en una muestra de un recurso formal casi perfecto, diseñado con el fin de refrescar el lenguaje o de hacerlo decir más, en este se nota que la verdadera razón es el ocultamiento, Pizarnik ya no puede vivir más, ya sólo desea ocultarse en el leguaje, ser un poema.
Muchos de los textos de este libro lo confirman y no los citaré para no dañar el gozo lector. La poseída entre las lilas, deviene en ocultamiento, esta palabra simboliza su último periodo, aquí es donde Alejandra ya no puede aguantar más, vive de sanatorio en sanatorio y en una de esas salidas, se mata.
La enfermedad trágicamente le gana la jugada. La muerte la alcanza, el deseo de morir se hace realidad. Pero asalta una duda: ¿Por qué escribir entonces esas últimas palabras quizá de ella o de Isidoro: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”
Válgame la última declaración a modo de conclusión.
La angustia en Pizarnik tenía un origen que ya estudiamos en sumo grado, sin embargo la cura estaba en el amor y la ocupación constante en distracciones severas que le causaran felicidad y continua errancia. Quizá este método hubiese alargado unos años más su vida. Pero Pizarnik lo supo, al igual que Trakl, Jattin y Nerval, Alejandra se cansó de vivir.
La experiencia de su vida la había logrado, le costó locura, sufrimiento, soledad, pero lo logró. Qué le quedaba por hacer; decir lo mismo con otras palabras hubiese sido torturante, ella tenía que vivir otra experiencia, una experiencia como escape, como salida a su angustia instantánea, inmediata y a la vez constante. Por eso las últimas palabras. Por eso Isidoro. Y es por eso mismo que la odio. Ahora Pizarnik es un ser tutelar propagador de la enfermedad. Ella irradia como Rimbaud o Ciorán, el gran virus de la angustia. Pizarnik es la muerte y quizá la mejor manera para brindar un tributo a esta muerte sea: “Oh muerte, yo te amo, pero te adoro, vida”

jueves, 8 de julio de 2010

Saudade I


Ayer, buscando la palabra Copihue, sonora palabra con algo de fruto, me encontré con un viejo tesoro. Mientras revolcaba, literalmente mi alcoba en búsqueda de un diccionario, hallé, en un rincón, el pequeño Larousse ilustrado que tantas y tantas veces examiné intentando comprender el significado de alguna mágica palabra que escuchaba a mi padre.


No podía contener mi cerebro, una avalancha de recuerdos se desbordaban años atrás. Me sentí, niño de nuevo, asombrado, descubría los mismos talismanes, los tréboles, los pétalos secos, las mariposas disecadas, los almanaques , las estampillas, las notas realizadas en una legendaria letra cursiva, las postales y las miles de cosas más aparecían de nuevo entre sus hojas; este diccionario, no sólo era un diccionario, era una bodega, un cajón litúrgico repleto de objetos deslumbrantes.


Mi padre solía guardar allí cuanta cosa rara encontraba y yo seguí su obsesión.

Allí en ese libro-duende, aprendí muchas cosas, no sólo palabras, aprendí a tenerle cariño a los libros, a acariciarlos y olerlos, olfatear su piel, a manejarlos con caricias sólo prestas para leer. Recuerdo que a los cinco años este diccionario apenas si lograba sostenerlo sobre mis manitas, sin embargo, no pasaba día en que lo tumbara sobre el suelo dálmata de mi alcoba y comenzara a hojearlo, perdiéndome en sus láminas, en las colecciones de mi padre y en esas palabras que comenzaba a utilizar como un loco.


Una vez mi madre tuvo que sacarme un gusano de la boca, lo tenía allí adentro, sintiendo como se retorcía, no lo masticaba, sólo lo empujaba de vez en cuando hacia los dientes para no tragarlo. Sentía unas cosquillas enormes. Mudo, casi en trance, esperaba inocentemente. Por haber encontrado la palabra crisálida yo tenía preso a aquel gusanito esperando que de mi boca saliera transformado en mariposa.


Era raro todo aquello, buscar la palabra “orate”, y ofender a mis amigos con ese eufemismo que no lograban si quiera pronunciar.


Ayer cuando pasaba las hojas del diccionario volví a quedarme perplejo ante la fotografía de Rasputín que alimentó tantas hazañas en el niño que fui y comencé a navegar de nuevo entre las biografías, la fauna, la flora que este enanito lleno de palabras tenía y que jamás he vuelto a ver en ningún otro.


Un libro con más de mil páginas que no cansa, que incita la curiosidad, que motiva con sus ilustraciones en blanco y negro diminutas.


Un bello instrumento que alumbró mi niñez y que ayer me ocasionó otra vez la felicidad.


Ayer supe, gracias a este hallazgo, que escribir y leer no fueron actos aprendidos, fueron actos naturales, algo que en mí se tenía que dar.


Qué niño de cinco años prefiere encerrase en su cuarto a leer el diccionario en vez de estarle fregando la vida al mundo con pataletas y caprichos.


No me cabe en la cabeza, sin embargo, yo lo fui.

domingo, 4 de julio de 2010

¿Y entonces la vida qué?

“Porque el mundo del que somos responsables es éste de aquí: el único que nos hiere con el dolor y la desdicha, pero también el único que nos da la plenitud de la existencia, esta sangre, este fuego, este amor, esta espera de la muerte”.
Ernesto Sábato.





Aunque parezca extraño el hombre es ante todo una convención simbólica y pretérita.


Siempre buscamos una historia, siempre buscamos algo que contar, siempre procuramos el pasado y siempre anhelamos el recuerdo como encuentro. Somos ante todo unos seres egoístas repletos de ansias ilimites de celebridad y gozo. Sea en la tarea más sencilla o en el oficio más degradante nuestra alma egoísta busca relevancia. El mundo se nos presenta ajeno e impreciso. Los otros; esas caras que se sobreviven paralelamente en todas las esquinas, sueñan con ser mañana una imagen fundida en otras conciencias, en otros ojos, en otros pensamientos. Pasamos toda nuestra vida creando, diseñando y construyendo ese mágico pasillo de fama y gloria que hemos considerado llamar de la forma más agradable como “recuerdo”.


Hasta en la acción más generosa existe siempre un interés oculto que reclama su satisfacción; por eso lloramos, por eso mismo maldecimos cuando a quien ayudamos nos maldice, por eso mismo sentimos que el dolor de los otros es un dolor propio, no porque lo entendamos, sino porque ese dolor nos satisface, nos tranquiliza. En nuestra soledad consideramos nuestras conductas de forma favorable, más, hay momentos en que el silencio mismo de nuestros equívocos nos lleva a considerar nuestros comportamientos de forma maliciosa y radical. A veces lleva años entender esta situación utilitarista, funcional o pragmática en la que hemos caído; pero no está mal desear estas cosas, ya que muchas veces estas acciones las llevamos a cabo sin saberlo.


En ocasiones, nos acercamos a alguien, que esta acongojado, con el fin de consolarlo no porque queramos sentirnos bien sino porque algo en nosotros nos empuja a querer ayudar al otro; este caso especial en que el instinto nos lleva a realizar una actuación particular en pro de lo que va más allá de nosotros tan sólo determina el carácter trágico de nuestras necesidades personales.


Sin estos pequeños fenómenos, que aunados a nuestra vida logran darle sentido a nuestras ideas, sería imposible existir.


El amor, la tolerancia, la paciencia, la sabiduría, el bienestar y la paz sólo pueden provenir de hechos netamente egoístas pero profundamente altruistas; este concepto egoísta no se señala como un algo narcista o egocéntrico que procura deliberadamente riquezas fraudulentas ya sean materiales o puras sino que deviene de un entendimiento universal de lo humano. El egoísmo viene de un sentir especial de lo que somos, de un amor desmedidamente consciente de lo que valemos y de lo que tenemos.


Este sentir egoísta-altruista que impulsa todas nuestras acciones posibilita en nosotros esa capacidad de querer comprender lo otro, siempre nos alejamos de nosotros egoísta y altruistamente no para mostrarnos sino para abandonarnos en los otros. Tenemos una rotunda sed de prevalecer en el pasado de quienes formamos alguna vez parte. Esta vía de entendimiento ha planteado la estructura simple de la historia universal. Algunos personifican el grado sumo del heroísmo indefinido o del protagonismo total, otros, acechan en los párrafos trasparentes del recuerdo con posiciones que siempre señalan y especifican un determinado ser y una determinada historia y desde allí simbólicamente manifiestan su victoria sobre el olvido.


Entonces la vida, esa que cargamos de aquí para allá y de allá para acá, se nos presenta vestida elegantemente; la vida entonces, se nos hace digna, no porque pensemos que lo que hacemos es importante para el devenir potencial de la evolución humana sino porque voluntariamente accedemos a ser células vivas de un desarrollo maravilloso.


Por eso nuestra búsqueda no se instaura en el futuro sino en el pasado, ese espacio vivido en el cual logramos la hazaña de la parábola y de la narración; ese lugar inexistente donde todo termina es donde procuramos realizar el sueño de relatar lo que fuimos.


Es gracias al pasado donde logramos reencontrarnos y logramos el compromiso; son las experiencias que quedan, la charla, el abrazo, el beso, la mirada, son los pasos que dimos, las cosas que vimos, las que exitosamente nos conducen al recuerdo.


La sensación placentera de saber que nos escuchan, la sensación orgásmica de comprender que lo hecho estuvo bien, la impresión incorruptible de sabernos vivos nace del egoísmo comunicacional de nuestros propios deseos.


Sin embargo, hay seres que han trasformado su egoísmo-altruismo humanista en un egoísmo fatal, en un egoísmo mortal. Tal es el caso de los que olvidan, tal es el caso de los que proceden según sus leyes y sus propios acuerdos, tal es el caso de los famélicos bárbaros que andan en la vida destrozando corazones.


En el mundo hay dos razas: la una que se inclina en el espejo para ver como los otros han logrado iluminarlo y la otra que se asoma en el azogue con el único fin de romper la luz que desde el fondo del cristal se instaura como verdad. Ambas razas son egoístas, pero la primera se busca eróticamente, procura el artilugio de saberse responsable de un mundo, de una vida, de una historia; la otra por su lado sólo acciona un egoísmo rencoroso, un egoísmo que se sabe construido y que niega su origen como quien niega a sus amigos.


Estos últimos seres, son seres angustiados por la expectativa, por la ansiedad de saberse inacabados. Hay una gran sed de inmortalidad en sus corazones que no les permite reconocer su eternidad, su infinitud. Esa raza de solitarios y de proclives, desde su incomoda posición de insatisfechos, ultrajan el mundo y a los hombres creyéndose iconoclastas verdaderos.


Pero esta devastación por el contrario de lograr el exterminio del progreso comulgante de los egoístas trascendentes lo que decreta es la convocatoria de una militancia activa hacia la orientación directa y personalizada.


Sólo cuando reconocemos que el hombre pasa por tres etapas esenciales en su vida, donde la primera imprime la rebelión y la racionalización; donde la segunda figura lo emocional y lo constructivo y donde la tercera configura la sabiduría y el recuerdo, es cuando comprendemos el sin-sentido de los humanos que obnubilados en el ensueño de las sospechas gestionan la guerra como sentido.


Todos fuimos o seremos en algún grado esa raza demente e ignorante, más todos maduramos o maduraremos y lograremos el ascenso hacia el egoísmo-altruista verdadero.


Hay que sentirse feliz de saber que se es un buen egoísta-altruista, de saber que lo que se sueña, que lo que se desea, de que esa sed de protagonismo y de trascendencia que le imprimimos a todo cuanto hacemos indudablemente tiene sentido, porque no es un egoísmo de afuera, no es un egoísmo rencoroso sino que es un moderado egoísmo que nace en nosotros como necesidad de la historia.


Cuando logremos interiorizar que el amor propio es lo que nos da el argumento necesario para predicar nuestra existencia como un estilo de vida que procura observar al hombre como valor central del universo entonces es cuando podremos dar respuesta acertada y alegre a la pregunta: ¿y entonces la vida que?


Nuestra respuesta por lo demás, tan sólo será: Pues que la vida vale la pena, pues que la vida es necesariamente imprescindible, pues que la vida en definitiva es el divino atributo que nos hace posibles, que nos hace sentir que somos algo, un algo que va más allá de unas ganas, de un querer, de unos sueños, de un sentir, de un luchar.

Pensamientos sobre escritura




Al parecer el sentimiento de abortar al siguiente día cualquier proyecto literario que comienzo y que se enclava en mi mente como un remordimiento se debe sencillamente a la impotencia de no poder, jamás, culminar lo previsto literariamente (cuento, novela, ensayo o libro de poemas) en el mismo día en que lo empiezo.


Siempre tengo todo claro, englobado, esclarecido hasta en sus más ínfimos detalles, pero sucede que al comenzar a escribir, las palabras mismas me van distrayendo de mi objetivo, me llenan de monotonía y al final me persuaden a abandonarlas.


Lo que sucede es que, verdaderamente, el que escribió el párrafo hoy, mañana ya no existe, por más que intente recuperarlo no lo logró. Al día siguiente es otro quien habla, y en definitiva esa voz no puede continuar lo que dejó escrita la del día de ayer.


Si de pronto me sucede que debo escribir, entonces lo hago, pero sucede también que me obligo a gastar hasta el desfallecimiento a esa voz que ha nacido de pronto en mi interior. Lo hago porque sé que tengo que hacerlo, que es mi única oportunidad, porque tengo sobreentendido que esa voz, ese escritor que de pronto me posee, simplemente mañana ya no existirá.


A veces me toca abandonar a quien me habita, simplemente porque ya no lo soporto.


De repente siento que estoy invadido por una voz que busca salida, se ahoga, se confunde, se aglomera y se vuelve algarabía en mi cabeza. La mano derecha entonces se convierte en secretaria, en escriba, se compadece del encerrado en mi cerebro y le permite a través de su oficio de transcriptora que por fin la voz se desahogue, sobre el papel, con toda su sarta de mentiras.

Cavilaciones estranguladas.




I.


Algo pasó en mi hace mucho tiempo, algo que me llevó a ser esta criatura que se proclama temerariamente nostálgica pero que sólo sirve para crearse locuras de persecuciones y mensajes secretos, que sólo sirve para aburrirse con su maldita manía de saberse perseguido hasta por sí mismo. Algo que no logro aclarar del todo me lleva siempre en contravía, intentando sacar de donde no tengo el coraje sincero para acechar con una daga el corazón irresistible que me dieron los años y que sólo sirve para repartirse en placer y deseo hacia un cuerpo de mujer imaginada.
Nada interesante ha sucedido en esta intrincada vida que se desteje hacia la tierra, sólo han asistido a mi largo velorio el lenguaje propicio de los callejeros para aumentar el calor beligerante de una lucha que hierve en la intimidad de mis entrañas y los dulces gusanos que son todas mis heridas. Solo están en este calcinante y silenciosos luto las manías del cuchillero, del drogadicto y del poeta porque sólo ellas entienden que como desposeído de mi mismo nunca busqué reconocer el poder o el éxito como un egoísta atributo que se vende o se compra en las esquinas.
Que más que un pan prefería una caricia y más que un beso una palabra de afecto sinceramente marcada en el gesto de quien la profiriera.
Algo que sucedió en mi niñez me llevó a entender maravillosamente el mundo, a ser un prodigio funesto para la humanidad entera, pero eso sucedió hace mucho tiempo y ahora estoy cansado de cargar con un abecedario que sólo utilizan los humanos para llevarse traicioneramente hacia el abismo.




II.


La vaina de cuando llega la inspiración o eso que en mí solamente es el estado literario, es que sucede, entonces, que hay miles de cosas sobre las cuales escribir, entonces hay que clasificar, hay que abandonar y olvidar, hay que, con tristeza y desesperanza y conformismo, dejar a un lado muchas cosas que quisieran dejarse sobre la proxeneta hoja. La literatura en esos momentos es prodigiosa pero, al mismo tiempo egoísta, solo resiste la conversión tangible hacia las palabras de ciertos temas, de ciertos sentimientos de ciertos personajes, de ciertas vivencias o imaginaciones. Es, para ser más precisos tiránica y desalmada, solo se entrega, totalmente, a unos pocos pensamientos. Por eso escribir en esos momentos es toda una maldición. Se encuentra uno esclavizado, sabe que puede uno simplemente pararse, ir a hacer otras cosas; ver televisión, jugar algo, salir a la calle, escuchar música, pero no sirve de nada, hasta eso que se piensa en hacer se convierte en literatura. Uno no logra levantarse, todo en ese instante muere, todo simplemente converge en el génesis. En ese momento se sabe uno dios y lo entiende, y sabe uno de su inocencia y de su gran vencimiento. Escribir es crear, y crear es simplemente hacer lo mejor posible. Es anunciar un universo del cual uno jamás será responsable. Siempre faltarán cosas y habrá otras que tengan demasiado pero eso no es culpa de uno, eso simplemente es la literatura, es eso, una sopa que el brujo nunca prueba porque sabe que está maldita.




III.


Para el escritor las noches son los días de trabajo en que se gasta hurgando entre el lenguaje, el escritor, es mejor decir, el poeta, se convierte en un fantasma que desesperado busca palabras, expresiones, secretos, mensajes, letras… Es un niño que recoge aquí un peldaño y allí una escalera y luego los abandona por la magia del abismo. El poeta coge aquí y luego allí y así se la pasa la noche entera. Escribir es elaborar, construir, los poetas son los ingenieros surrealistas de las ideas crudas. La inspiración no existe, lo que existe son ideas, evocaciones, recuerdos y asombros que, esparcidos sobre el lenguaje natural del escritor se imaginan poemas. El poeta es aquel hombre que pule y lima, que bajo la constante disciplina de remover el léxico indecible, al llegar al alba, sostiene con tristeza los residuos o el cadáver de algo que como epitafio los lectores denominan inspiración y que muy seguramente, antes de pasar por las manos destructoras del poeta, eso languideciente que balbucea cosas extrañas en los ojos era en verdad un poema.




IV.


La confidencial forma de adentrarnos en el estilo de nuestros precursores nos hace en cierta medida hijos de una tradición, que por lo demás, sólo se remite a la angustiosa posición de querer rebeldemente cambiarlo todo. Sin embargo, las influencias establecidas desde la historia, establecen esa magistral y eterna manera de invitarnos a crear cosas nuevas. Sin esta predominante ejecución ancestral nuestro genio y nuestra estructura temperamental hacia el mundo no sería posible. Por más que le demos vueltas al asunto, la cuestión no esta en ver una trágica tensión sobre la historia y el presente sino en advertir la enconada inspiración del pasado que hace posible las nuevas generaciones. Una lectura buena y seria no concluye en una buena y seria crítica sino en una nueva e incendiaria obra. Cada hombre debe verse en su época como un continuador no de una voz sino de un poema. No es el verso anterior el que hace posible el milagro de lo majestuoso o lo sublime sino la creación surrealista que se da en el siguiente espacio, en la siguiente descendencia la que hace posible la magnificencia de las palabras jamás dichas. No todo ha sido escrito y es mucho el papel en blanco que espera las fabulosas y aterradoras sentencias.




V.


Todos buscan en mí lo macabro, lo no dicho.
VI.


Siempre se cree que escribir es un don, ante todo, maravilloso, ya que se tiene la creencia que aquel que dedica su vida a la escritura es porque tiene ese algo que hace asombroso la literatura y que la convierte en una condición genial que es capaz de describirlo, analizarlo y transformarlo todo.
Fuera de estos mitos modernos que observan al escritor como un demiurgo fantástico que puede arrastrar cualquier sentimiento hacia la revelación cínica de la desnudez, el escribir es ante todo un destino que se incuba en la mente del artista bajo la condición cómplice de la obsesión. Escribir en este sentido conlleva a un continuo exorcismo de sí mismo y a un continuo martirio que procura explicaciones fortuitas sobre toda realidad. La escritura como oficio angustiante observa el universo como un todo caótico que es necesario ordenar bajo la historia que pueden crear las palabras, sin embargo la escritura en este sentido siempre condicionado por la incertidumbre concibe el conocimiento como el resultado forzoso de esa estructuración semántica que posibilita nuevos universos que en su calidad metafísica logran estimular no sólo sentimientos sino que postulan la irrealidad de la percepción sensorial de otros tiempos, otras impresiones, otras experiencias, otros dolores, otras, quizá, sea necesario observarlo así, vidas menos confusas que la que se sobreviven y hacen posible el artilugio de la literatura.
El escritor es un prisionero de sus propias palabras, es el angustiado que se sabe una miserable ficción. El que sabe que puede tejer palabra tras palabra cualquier evento real o fantástico también sabe que lleva sobre si una maldición. La vida de un escritor en últimas se remite a una eterna escritura que erupciona en topos los lugares y en todos los momentos. La escritura le dice al escritor que todo puede ser escrito y siempre se valdrá de ese algo misterioso que hace posible lo que se ha dado en llamar como inspiración y que simplemente y crudamente se puede reducir a la sensación del saber intuido de que se comienza a escribir en la mente, antes que comenzar a escribir sobre la hoja.
El escritor es un perseguido de sus propias palabras, es un sirviente que subsiste como un objeto siniestro sin el cual el sujeto verdadero que es la escritura no podría sobrevivir.
La escritura, mi escritura, es una maldición.
Hay que posibilitarse entonces como única salida el olvido.




VII.


Lo más raro de toda escritura es que cuando comienza a nacer en la mente del escritor pareciera que ella misma reconociera el ritmo y la musicalidad en que debe ser escrito algo.
Unir una palabra mas otra hasta lograr un corpus estético parece después de realizado algo fácil, natural casi algo existente desde siempre, parece que toda escritura no fuera producto del un autor sino que fuera producto de la naturaleza, la escritura después de engendrada demuestra bajo su realidad grafémica una perfección natural ajena a la moralidad y el inacabamiento del universo humano.
Tener este maldito don sólo conlleva a observase a uno mismo como un perdido.
Quizá lo último que os quede sea la resignación y la espera de la muerte como único lugar de descanso, de reposo verdadero.

miércoles, 2 de enero de 2008

“EL PARTERO DE SUEÑOS”


Tuve todo, menos dioses en impasiblefelicidad”.
Jorge Gaitán Duran.







Luis Cardoza y Aragón, ese gran poeta guatemalteco que tuvo una “memoria hecha de pájaros” sufrió con asombro la clarividencia de saber nombrar la presencia de un poeta y de un hombre.


En Bogotá llama al fundador y promotor de la revista “Mito”: “el partero de sueños” y sentencia con esta frase el destino de un colombiano asediado por sus más íntimos recuerdos.


Hedonista intelectual, Jorge Gaitán Durán, pertenece a aquella generación que hija de él, nombramos hoy como el “Grupo Mito”. Sin embargo, su carácter poético va más allá de un proyecto literario que deseaba reducir el provincianismo tradicional de nuestras letras. Su curiosidad viva de Dios aturdido lo llevó a dejar sus estudios de Derecho en Bogotá y peregrinar como un Rimbaud por el mundo antiguo de los dioses siempre muertos y tristes de su palabra.


Hermano generacional de Estanislao Zuleta, de Hector Rojas Herazo, de Eduardo Cote Lamus, de Carlos Obregón, de Orlando Fals Borda, de Rafael Gutiérrez Girardot, entre otros, y quienes a su vez participaron en el proyecto concientizador de darle nuevas perspectivas artísticas, políticas y sociales a nuestro país, el “embelesado” Gaitán Durán gestó sus días a través de la locura de saberse siempre al filo del abismo.


Bakunin acertó al decir que “amar es querer la libertad”, ya que esta emancipa al hombre y lo hace dueño asertivo de sus propias desventuras, así mismo, lo reconoció Gaitán Durán cuando en las ruinas de Troya escribió: “Todo es muerte o amor” y entendió que al decir aquello su alma jamás encontraría descanso. Por eso su misión consistió en “vivir cada día en guerra, como si fuera el último” y tal como lo afirma Javier Arango Ferrer, su osadía y su verdad radicó en pasar por la vida “recogiendo los desperdicios del mundo contemporáneo” ofreciéndole de esta forma a la sociedad la redención y el reposo necesarios. En este sentido Gaitán Durán, fue el verdadero artista colombiano que atendió con inigualable compromiso a la misión de Antonin Artaud: “El artista es un chivo expiatorio, cuyo deber consiste en imantar, atraer, echar sobre sus hombros las cóleras errantes de la época para descargarla de su malestar psicológico”.


Pero este “adolescente de grandes ojos de agua” no sólo instituyó una nueva y formidable revolución literaria sino que produjo con su “obra breve” un esteticismo nuevo que se basó en la nostalgia y en la flamante locura de los cuerpos.


Por eso su poema siempre estuvo incendiado, repleto de una intensa llama que ardía hasta fundir los cuerpos de los amantes y de los días, porque esa llama, ese fuego calcinante que reverberaba en la memoria sólo tenía un nombre: Recuerdo.


Pero su recuerdo quiso luchar con el olvido ya que de una u otra forma reconoció que recordar era empezar a olvidar, Cada vez que evocó en sus poemas sus más maravillosos momentos sufrió al no lograr retener la carne que abrazó, o el labio que besó. El recuerdo es doloroso porque transmite una imagen difusa, una imagen que tan sólo puede lograr comunión con la muerte o con la nada.

En su “Canto XIII” nostálgicamente afirmó que “nada resiste la invasión del olvido”, y revolucionario, necio, irremediablemente sátiro, reanudó con su palabra la rebelión contra el olvido, su poema siempre estuvo en guerra, una batalla que buscaba librar para recordar y nombrar. Por eso en su poesía pudo susurrarle a esa mujer: desconocida para nosotros, que:




“Nadie sabrá que vivo para ti, que defiendocontra las llamas trémulas tu desnudo recuerdo”




Aunque esa empresa le dió una tierna satisfacción de afirmar ante el mundo que en el recuerdo de esa mujer él era “el incendio del ser” muy adentro se supo perdido porque reconoció que esa amante y ese cuerpo, ese remembranza en últimas, era “impenetrable”


Sus poemas son digresivos, están fatalmente enamorados y caprichosamente perdidos, en su poesía siempre existe el “vino rojo”, el “desnudo” los dioses siempre perturbados e irreconocibles, siempre está el sol ardiente, y la luna y los “astros sanguinarios”.


Gaitán Durán, buscó con su poema su propio ser, quiso examinarse con su palabra, deseó atrapar su identidad y por eso su locura consistió en reconocer que todo salía o llegaba a él en vida y que todo lo tenía excepto la muerte.


Podemos decir que Jorge Gaitán Durán reconoció su proyecto y al saberse menos hombre y más poeta entonces logró decir que su poema se asentaba simplemente en la idea de poner “incendios en la nada”

Al lograr registrar esta triste condena ya no le quedó más remedio sino proseguir su camino de poeta y su destino de ebrio o alucinado lo llevó a cabo con el más tenebroso capricho. Su incendiado ser deseó seguir persiguiendo a la mujer, a la amante pero bajo el irrevocable mandato del libertino. Si no pudo recobrarla, por lo menos la engendró en nosotros, lo lectores, con la fuerza de sus palabras:




“No quiero morir sin antesHaberte impuesto como una ciudad entre los hombres”




Gaitán, supo siempre que esa imposición era una exigencia de palabras que podían ser olvidadas. Al proponerse la trascendencia de lo que amaba también tuvo que inventar la forma de hacerlo y es aquí donde nació su prodigio:


“quiero apenasarder como un sol rojo en tu cuerpo blanco”.


El amante del recuerdo, de la mujer, quizá, de su Pamplona adolescente, al fin se supo vencedor, ya que su esperpento estuvo en hacer que la hoja mostrara, a través de la palabra, ese pánico deseo, ese clímax, ese desaforado incendio de los cuerpos que se amaron. Por eso la mujer, la amante irremediablemente pierde su cualidad física y traspasa las dimensiones metafísicas de la verdad porque Jorge Gaitán Duran y ese cuerpo-poema supieron que:


“Antes de aquí tendernos, no existíaeste mundo radiante”.


Y por eso pudo decir felizmente desde su noche con miles de soles que:


“basta mi voz para borrar los dioses”.