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jueves, 30 de septiembre de 2010

Poema de la infancia

Quetame.



La soledad
penetrando una grieta de silencio
a veces, 
me sirvió para restablecer el contacto con mis primeras obsesiones:
pábilos encarnados en el griterío de un sentimiento entristecido 
abonado con la ternura de unas manitas 
que desperdiciaron su color en el alba.

Recuerdos que la piel reclamó en las pesadillas
de mis primeros encuentros con la infancia.

Protegido de las palabras secretas 
que desnudan el cadáver de cualquier sonrisa
a veces,
internado en la profundidad de una espeluznante manía
me encerraba a descuartizarle el cuello a las gallinas
mientras me emborrachaba con vinagre
y sentía ese ajetreo de escápulas aladas procurando,
en la conmoción, desatragantarse  de tanto ojo alucinado.

La soledad me enseñó a ser cruel con el pavor de la tormenta;
acuclillado en el dálmata solar
buscaba atrapar con pequeños ciempiés los escuálidos rayos
que zigzagueaban como lombrices devoradas por la luz.


Masturbaciones de sombras podridas en el corazón de las guayabas
me exhortaban a clavar mariposas
y a disecar escorpiones ante la mirada aterrada de los pajaritos de piedra.


Cargado de boñiga de vaca
perseguía el colérico grito de libertad
de mis amigos enamorados del coraje.

Al crepúsculo,
mientras astillábamos caña bravas
frutecidas en hormigas
paríamos con eructos,
encaramados en cualquier rama suicida de abismo,
nuestras primeras oraciones repletas de santas groserías.


El silencio me succionó de mis abrazos el esquema básico del cariño
y me dejó claro
que las telarañas eran el indicio de una niebla famélica;
que el roció era esa millonada de incubadas desesperanzas
dejadas por los durmientes
y que mi desesperado huir hacia el armario
era el resultado de la avalancha de tristeza
presentida por mi carne en las derrotas del futuro.

Aprendí a calcular los años de un caracol
por el sabor de su pegajoso sendero,
a entusiasmarme con la soledad,
cada día más extraña, 
que dejaban los guerrilleros torturados en su última mirada.

Ensimismado en el color de los muertos
comprendí porque la sangre se endurecía de tiniebla.

La soledad me atrajo hacia los postes
que parían polillas sedientas de luz
y que en noches repletas de brujas
soltaban luciérnagas y sapos de ojos perdidos.

El silencio
encontrado en el efervescente vientre de las cuevas
sólo me enseñó el amor por la voracidad
de una soledad acompañada por murciélagos.

En estas pupilas,
de criatura convulsionada por la espuma,
se hundieron las imágenes fugadas
de muchas ventanas desnudando senos
y cuerpos ardorosamente deseados.

Por las calles de mi pueblo
perseguí el latir de un dragón
que agrietaba las vigas de la iglesia
y por su aliento,
que bajaba bramando sobre la inocencia del río,
reconocí a los ahogados.

La primera efigie que tengo del espanto
está en la espalda ulcerada de una esquelética anciana:
la muerte filtrándose en un remolino hediondo
donde la panela cumplía con ardor,
palada tras palada,
su dulce relleno sanitario;
está en un ruinoso gerontológico:
zoológico de amargas degeneraciones
que fue devorado por las ramas de los comejenes;
está en el último aliento de un enfermo
que se me aferró como un condenado con su mano decrépita
hasta que su sangre se aquietó
sobre mis manitas aterradas por el hielo.


La soledad
fue una compañera silenciosa
vestida de zarigüeya encandelillada
en lo profundo de un gallinero,
la soledad me proporcionó
mis primeros encuentros con la cucarachas
que reconocían los caminos invisibles de la casa,
de la alacena, de los días temblando
y de mi zozobra abandonada al firmamento.


La soledad
penetrando una grieta de silencio,
a veces,
me llevó hasta mis primeros engendros.

lunes, 27 de septiembre de 2010

El ángel rebelde


No es mucho lo que hay que decir
sólo es cosa de llegar y sentarse
hacer el esfuerzo,
casi imposible,
con ese cuerpo hecho espanto
y coger el lapicero
o cualquier cosa que sirva para escribir
e intentarlo
a pesarde haber olvidado casi todo.




No hay que ir muy lejos
atrás,
apenas aún en las fotos
de álbum familiar
están las tías, las piñatas,los juguetes,
una que otra imagen
contigo todo dientes y sonrisa
acaso con fábula, con misterio
pero siempre
sólo un recuerdo
de algo que no sabes bien si lo viviste.




Tiras del hilo
y es común que te encuentres
con el mismo lío humano
supiste que un hongo de odio
pudo acabar con dos ciudades
pero tus hormonas lloran más
por un hombre de boina, desaliñado,
fumador de tabaco y guerrillero.




No hay mucho orgullo
las mismas peleas imberbes
el mismo ardor y afán del sexo
las mismas series de televisión
la historia, la luna
el paralítico con sus agujeros negros
y los ovnis poblando las noches melancólicas
hastiadas de rumor de patria
de hogar, de esquinas con cigarrillos
o tabernas con rostros domesticados ante la barra.




No tendrás que pensar mucho la cosa
a esta altura
te encontrarás con que la vida
de pronto,
se te convirtió en un tobogán,
en una amnesia
en narices fracturadas
mientras el sonsonete de una banda de rock
te presentaba la chica de ojos felinos
mujer con órbitas famélicas a punto de tragarse
la salchicha temblorosa
escondida entre tus piernas.




No olvidarás nunca esa vida
muchos nunca leyeron poesía
y aún así idolatraban a Dylan Thomas
otros jamás comprendieron
el asunto aquel de los gobiernos
pero ponían todas las agallas
y el coraje de un hombre borracho
cuando de romperle la cabeza a un policía
se trataba




No es mucho a decir verdad
lo que puedan tener de largo esos años
un nudo de vicio con secuela entre los ojos
dejando en claro el infierno que quisiste
caminarás sólo
y percibirás el alejamiento
la ausencia de los puños
la impasibilidad de los mendigos
que te saben prófugo de nadas
tu silueta condenada a una errancia de calles
y la noche misma
apenas acompañándote con desgano
entre sus manos.




Todo lo viviste con igual arrogancia
y con la misma indiferencia
los amigos que gritaron ebrios de amor perdido
por ningún propósito en la vida
de pronto,
los encontrarás con hijos y con panza
o a los otros
haciendo de su piel más arcilla
para enterrarse pronto con su llanto escondido
tú muy seguramente
habrás sufrido una muerte súbita
y en algún hospital
un juramento hipocrático
habrá hecho que tu corazón
vuelva de nuevo al cuadrilátero.


Vivirás con tus pecados
con tus dolores
y agonías profundas
de pecho espantando
y respiración estrangulada
buscarás otra salida
y creyendo que al dejarlo todo
y meterte como obrero en la colmena
te alargarán unos años más en esta tierra
descansarás una noche,
al menos como feto
entre tus ganas de abrazos y ternura.


No hay nada nuevo que hacer
todo es mentira
bien podías haber seguido
prendiendo pipas de duendes ante la luna
o masticar humo de amor tranquilo
al lado de una mujer desnuda y sin nombre.


Sin embargo,
a pesar de tanto reproche
y asco ante los espejos
tu testaruda pasión de escribir
te allegará hacia esta soledad
buscarás un lapicero
o cualquier cosa que sirva para escribir
buscarás decir
o por lo menos susurrar
que todo fue bueno
que valió la pena vivir así,
libre
como sabiéndolo todo
y te sentarás
preparando los músculos
como un ángel rebelde
que se cercenó las alas
para poder morir peleando
como un hombre
el último día del apocalipsis.

domingo, 26 de septiembre de 2010

EL PATÍBULO DE MACTHAUSEN.




Y nos llevaban al patíbulo,
al frío estrado de los condenados
como si fuésemos personas importantes, famosas.


Adelante, los violines,
la orquesta entera
nos llevaba hacia la muerte
con un tristísimo semblante
rellenando los últimos segundos.


Era ruido
no era más que ruido
ese torrente enflaquecido:
tortura para moribundos.


En silencio
tambaleantes,
aún ansiando el bocado de comida
oculto en los zapatos,
con grises trapos
que nos uniformaban el espanto
éramos conducidos al patíbulo.


Al frente,
la cabizbaja orquesta
tocaba su oculta lágrima,
su música de abandono.


Todo era un circo
que tomábamos muy en serio
y hasta en lo sublime de la marcha
sentíamos el inminente horror.


Nos arrastraban
con música
hacia el último silencio.

sábado, 25 de septiembre de 2010

POEMA QUE JAMÁS DEBÍ ESCRIBIRTE…PERO ME GANÓ EL DESEO.



Deseo gastarte por completo, con prisa,
temerario ante todos tus encantos.


Deseo vaciarte en un instante,
en una silla, en un parque, en cualquier parte.


Deseo absorberte, con afán, ansioso hasta el delirio.


Quiero que entres en mí, que me acabes, que me llenes la cabeza de escalofrío y de silencio.


Deseo llevarte dentro de mí, en mis brazos, en mis venas, más adentro.


Deseo tragarte, comerte,
engullirte en medio de la brisa y de la calle,
ante la mirada aterrada de los ausentes,
huyendo de los perseguidores de sueños,
convicto de la ley natural que procura envejecerme.


Deseo tenerte adentro, embarazarme con tus sueños, con tus engendros.


Deseo robarte la piel, usarla de cobija y llevarla a todas las salidas.


Deseo vivirte, gozarte, consumirte,
antes de que mueras, antes de que desaparezcas en cualquier esquina,
antes de que me haga viejo y no pueda ni siquiera recordar tu nombre,
antes de que caven una fosa y me entierren acompañado por seres que aun no he conocido.


Antes de que termine este presente, este instante, ahora que te conozco tanto,
que sé que eres carne, rubor, humedad por dentro, pulso acelerado,
ahora que puedo recordar tu enigmática mirada y tus sencillos dientes,
ahora que puedo describir la cara de intranquila que te dieron,
ahora que reconozco el temblor en tus piernas; el orgasmo!


Ahora que sé que has leído algo, que has visto poco,
que has olido y has temido a la tardanza.


Ahora que sé que te gusto, que sé como besas y reconozco tu lengua entre mi boca,
ahora que he empezado a dudar porque sé que te iras, que no iremos,
que no estaremos quizás mañana en este mundo y en otra historia,
ahora que he pensado en ti, en mí, en nosotros, en la ausencia,
deseo retenerte, preñarme con tu sombra y parirte cada noche.


Deseo que te llegue este poema,
que lo leas, que lo rompas, que lo quemes y veas arder todos mis deseos.


Deseo que eso hagas para que comiences a desear con instinto,
sin miedo, sin tardanza.
Eso deseo y mientras busco la forma de lograrlo… el tiempo pasa.
Y nada puedo hacer,
sino tan sólo desear que mueras,
como todos, sin saberlo.

jueves, 5 de agosto de 2010

NO QUIERO IR NADA MÁS QUE HASTA EL FONDO


Tengo que admitirlo, odio terriblemente la influencia de Pizarnik en mí, odio terriblemente que, cuando le comparto a alguna adolescente de esas que impactan por lo raras y maravillosas, los textos de Buma terminen convirtiéndomelas en seres tanáticos.
Yo no sabía mucho de la muerte, algunas ganas a veces de llamar la atención de mi soledad con depresiones y arranques de querer botarlo todo y arrojarme por el primer orificio de tranquilidad y nada. De resto, no sabía mucho. Pero llegó Pizarnik y todo lo que hasta entonces podía saber sobre retórica o poesía se me fue al cesto de la basura, también lo que sabía sobre el suicidio.
Alejandra es de aquellas mujeres al estilo Silvia Plath, Ane Sexton, Janes Joplin o Angelita ( la de Caicedo) que poco a poco se van ensombreciendo por su gran genialidad, su inteligencia y esa incertidumbre de no hallarse cómodas en lo mujer que son. Las va arrastrando su rareza hacia la locura tenaz. Me imagino el alma de la adolescente Pizarnik siendo jalada por un "Jack el destripador" hacia algún callejón sin salida mientras esta entierra a zarpazos sangrientos sus uñas en el barro.
Esto fue lo que sucedió con la niña-anciana. Su poesía es esclarecedora de esta involución, de esta degradación absoluta. Si analizamos bien el nombre de los títulos de sus libros en una línea cronológica, descubriremos que la poeta poco a poco, con cada libro, nos enuncia sus estadios espirituales de degeneración. Su primer libro se titula raramente “La tierra más ajena”, pero esta rareza es reveladora de su infortunio, en este pequeño poemario, Pizarnik ya lanza una alarma: todo cuanto ha vivido le es extraño, la literatura es la forma de señalar esa rareza. Pizarnik vive circundada por una errancia que sólo es satisfecha en sus lecturas y en sus salidas solitarias hacia el puerto. Este libro es precursor de sus más bellos poemas.
Los versos del poema número 13 del "Árbol de diana":
“explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome”
son tan sólo el resultado de una angustia reflejada en su primer opúsculo que deja entrever en varios de sus poemas. Cabe citar por el ejemplo “Lejanía” o los versos que declaran este desesperado deseo así:
Si. Hundirse una noche en las calles del puerto
Caminar, caminar [...]
Si. Sola. Siempre sola [...]
Si. Tirar el ancla. Si. Muy junto a ese
barco gigante de rayas rojas y blancas y
verdes [...] irse, y no volver
Muchos declaran que este primer poemario es sólo el resultado de ejercicios lingüísticos; yo diría algo más, es el manifiesto de una clarividencia. La enamorada del viento rubrica aquí sus runas, sus símbolos precisos que darán pie a su literatura. Pero algo más, este libro nos devela la maquinaria psíquica de la poeta. Aquí se postula el origen de la enfermedad pizarnikeana. Primero está la soledad, segundo, los libros leídos que van configurando su obsesión y sus depresiones y tercero, está la henchida vela de su desencanto que sera su principio vital en todo de todo cuanto experimente. Una adolescente histriónica, con pequeños resplandores ya de neurastenia.
Un año después deja en claro este diagnóstico en su libro “La última inocencia”. Casi continuación del primero, ya que comienza con el tema del barco, de su errancia, de su desesperado huir. La escritura se le revela contradictoriamente como amiga y enemiga. Pizarnik comienza a manejar las técnicas poéticas con mayor precisión, ahora hay un manejo de los sintagmas; su fórmula: el dualismo prodigioso. Pero sobre todas las cosas, el texto en sí, configura tres ideas básicas:
1. La inocencia se pierde debido al conocimiento de la muerte.
2. La soledad y el insomnio se observan como salidas o escapes y
3. La literatura se hace íntima metamorfoseando a Pizarnik en un ser literario.
La pequeña bestezuela, la calígrafa de sombras, se pierde en el reflejo de sus locos adorados: Hölderlin, Artaud o Ducasse y otros, que será necesario mencionar más adelante.
Asistimos pues aun deterioro de la mente, a un trastorno maniaco-obsesivo que es recurrente entre los escritores. Leer enferma. Este daño sólo es posible en seres altamente sensibles con una alta dosis de talento lingüístico.
La observación es precisa, ya el último poema es definitorio de ese vértigo en el cual va cayendo Alejandra, baste terminar el análisis de este segundo libro con el poema que lo cierra. De este, se ha dicho que es el más hermoso, más hermético, más innovador, sin embargo, es tan sólo una impostura lanzada a Rimbaud, al cual le vivirá lanzando tantas.
El poema reza:
“Alejandra
Debajo estoy yo
Alejandra.”
He aquí una clave; el significante "Alejandra" sobre el significado "Alejandra" encadenado por una serie de significados (al mejor estilo Lacan): “debajo estoy yo”. Es como decir: “yo, soy otro”, y es decir aún más, es afirmar la imposibilidad de una epifanía. El primer "Alejandra", contiene la grandeza, se lee con elocuencia, pero luego sobreviene la reflexión y por último el señalamiento de una "Alejandra" acongojada, este "Alejandra" se lee con tristeza, con sombra. He ahí la clave del hermético poema, Pizarnik nos muestra su postura, sabe de algo que llegará a ser pero nos habla también de la vulnerable criatura que se esconde debajo de ese nombre sonoro.
Todo en la joven argentina, que se enamoró de Gaitán Durán, es decisivo. Cada palabra sólo es una rotulación a su desvarío, a su transformación. Ella como Artaud o Michaux o Borrogouhs, se convierte en la mejor examinadora de su espíritu y su mutación.
Qué vemos en “Las aventuras perdidas”. Contagiada, esta vez por George Trakl y por Blake, la embriagada se reduce a un descubrimiento desastroso para sí misma; el lenguaje, ese juego absoluto que la hacía sentir viva y la mantenía equilibrada, pierde todo sentido. Si los dos poemarios anteriores eran conjuros, este, es un exorcismo fracasado. Ahora Pizarnik quiere huir, declara su posesión y desea salvarse. Pero ya es tarde, anegada en su vicio, la palabra le da alcance y fatalmente recae en los abscesos de desesperación. El libro es un grito, todo él, es, ya no una alarma, sino un terrible aullido, ella ve que su mente se está perdiendo.
Dos constantes en este estadio. La soledad con deseos de volar, de ser más que soledad y la palabra como esclarecedora de la inútil descripción de la noche que tanto tortura.
Declaraciones como las que se leen en el poema “Jaula” o “La carencia” o “El despertar” entre tantos otros, son la reacción natural de la locura descubierta.
Ahora la muerte ya no cita la inocencia, ahora ésta, sumerge a Pizarnik en su salvedad, en un enamoramiento tranquilizador que elogia con cada palabra, ya se sabe naufraga, ya sabe que no pudo huir, pero ahora intenta otra obsesión, ahora se convierte en tanática y es justo ahora, cuando la terrible enfermedad la devora por completo.
El poema quizá más esclarecedor sea “La única herida”. En él asistimos a una declaración total de espiritualidad, de conocimiento profundo de su ser dual. Si en “Solo un nombre”, Alejandra nos dejaba ver su espejo triste, en este, ella examina el carácter de su dicotomía. La digresión consiste en reconocer la Alejandra que vive y la Alejandra que mata. La que tiene sed de gozar y la que siniestramente busca el constante aniquilamiento. Aristotélica en suma, parece señalar el cielo como ideal y la tierra como espacio pragmático y veraz. ¿Cual saldrá entonces para salvarla?
Ya sustenté evidentemente como ciertos autores son el resultado de sus lecturas. Enumeremos un poco los nombres de las mayores influencias que tuvo "El bicho". A saber son:
Dostoyevski, Blake, Nerval, Artaud, Michaux, Trakl, Rimbaud, Hölderlin, mejor dicho, para que seguir, esta lista y la misma Pizarnik sirven como ejemplo para demostrar la tesis, de que leer, enferma o metamorfosea. Dime que lees y te diré quien eres. En el caso de nuestro espécimen, es claro: autodestrucción, marginalidad.
¿A qué se debe este rasgo, este carácter?. Esto daría para un tratado sobre "la literatura que asesina", pero intentaré resumir ese libro inexistente en dos párrafos:
1. Sólo son contaminados por este trastorno o padecimiento, seres ciclotímicos, hipersensibles, con fuertes dosis de abreación y con personalidad dependiente y obsesiva, marcados en su infancia por una inteligencia avasalladora y feerica.
2. El tipo de lecturas en estos seres determina un estado constante de crispación tanática y neurasténica, la bipolaridad se concentra como eje de la soledad y el pensamiento.
En Pizarnik se dio todo esto. “Árbol de Diana” es su siguiente libro, ya estamos en una etapa adulta, ya no es la adolescente, ahora estamos frente a una mujer que ha logrado ciertos estudios, cierta pequeña fama y algunos trabajos como traductora.
Octavio Paz se ofrece a realizar el prólogo, la entrada, la invitación a la lectura de este opúsculo, la verborrea del "mono gramático" da algunas luces:
“cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas. El producto no contiene una sola partícula de mentira”.
He citado la primera definición que se encuentra. El prólogo es un compendio de definiciones sobre dicho objeto: El árbol de Diana. “Amalgama”, correcto Paz, “altas temperaturas”, quizá. El meollo de este libro es sencillo, fácil de destejer. La profeta, el oráculo, es Pizarnik, o más bien, su palabra. En el anterior trabajo la poeta dilucida bien su quehacer y embriagada por su locura comienza a encerrarse en su taller a vomitar esos augurios que serán su poemario.
Como ella misma lo afirma, lo que nos propone son tan solo agujeros, mundos invisibles que hacen temblar las paredes.
El estado del éxtasis: el loco se reconoce loco genial, todos pasan por eso y luego el advenimiento del abismo y la declaración de la frustración.
Ya veremos más delante como se da este proceso. Por ahora centrémonos en el Árbol. Qué nos proyecta, que nos secreta. El bicho ha cosechado fama y ha reunido en su cofre algunas amistades: Octavio Paz, Julio Cortázar, Enrique Molina, Olga Orozco, entre otros y quienes no se cansan de comentar, como en visita de tinto a la sala, que esta señorita, era en verdad un caso singular, asombroso y perdido. La viajera del vaso vacío se encuentra extasiada, ahora la muerte se encuentra un poco lejana, quiere cantar y al mejor estilo witmaniniano o mejor es decirlo valeryniano, se declara panteísta. Se reproduce en cada cosa de manera delirada. Es este libro revelador, porque solo la locura cuando está en su cúspide es reveladora realmente (así lo demuestran los más delirantes; Zoroastro cuando sale corriendo de su guarida, Jesús cuando abandona el desierto y llega incendiado de palabras a los pueblos o Arquímedes con su Eureka a grito vivo por las calles). Lo más lindo de Pizarnik se encuentra en este libro; están sus lilas, sus estrellas, sus palabras como piedras preciosas, los poemas que no merece, el amor de los espejos, los barcos, los ángeles y Dios.
Es un periodo productivo repleto de posibilidades y ocupaciones, distracciones, ocios bien enlazados con sus gustos y amigos que ayudan mucho para que los días sean resistibles. No hay abandono y por lo tanto Pizarnik tampoco se abandona. Está enamorada y se deja abarcar de todos.
Para comprender mejor este arriesgado comentario sería necesario repasar un poco los diarios íntimos de la autora, pero antes de adentrarnos en este rincón pizarnikeano vale una pequeña introducción.
Recordemos que Alejandra es quizá una de las mejores diaristas de Latinoamérica, y lo fue porque fue una gran lectora de diarios. Pizarnik leyó casi todos los diarios existentes para su época, su colección comprende desde los de Katherine Mansfield, Virginia Woolf y Franz Kafka, hasta los de Charles Du Bos. Muchos definen como influencia radical de sus textos de almohada, los diarios de Kafka, yo digo que son los de Charles Du Bos. Es más, en algunas partes del libro, si hacemos un estudio comparado, encontraremos palabras idénticas, formas de decir o escribir y hasta conjunciones homogenizadas dadas en la técnica diarista. Claro está que fue gracias a la compra de Kafka que ella emprendió su diario desde 1936 hasta casi su muerte.
Pero seccionemos el diario. De allí también podemos sacar luces para sustentar todo lo dicho, sin embargo no retrocederé para dibujar polifonías sino que más bien me detendré en la sección del diario que publicó la revista “Mito”. Jorge Gaitán Durán, publica, allá, por los años en que “Árbol de Diana” ve la luz, fragmentos del diario de Alejandra, en estos fragmentos se nota la búsqueda de ser feliz, ya en un fragmento de 1960 Pizarnik anota:
“Que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear, ni ser otras, [….] que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo, que me sea dado el interesarme por el mundo”. Un verdadero deseo. En el 61 escribe: “Si trato de escribir de mí, es para conjurarme”. Cuatro años de éxtasis, de afirmación de la vida. Pizarnik en este periodo nos grita, sin vergüenza, que al fin a enfermado conscientemente. Estos “silencios” como ella llamaba a sus anotaciones, son en verdad esclarecedores. Pizarnik vive estos años como si viviera en una primavera; no la del 68 sino una primavera poética. La palabra se convierte en restituidora de vida. Temporalmente asistimos a una cura de la enfermedad, pero también a una enfermedad deliciosa o a una enfermedad que se padece con alegría. Pizarnik viaja, gana becas, traduce, lee, y de nuevo se envenena.
Si “Árbol de Diana” da un respiro instantáneo a sus miedos, en 1965 asistimos a una etapa cruel. “Los trabajos y la noches” son un libro difícil, Pizarnik, vuelve a ostentar su máscara de locura. Esta vez con más cigarrillos, con más soledad, con más insomnio.
Repleto de juegos semánticos, de novedades que hacen respirable el lenguaje desde otras sonoridades Pizarnik parece resignarse a su oficio y sustentar su genialidad.
Su enfermedad es manejada, controlada a distancia por el poema, lo aprisiona allí y es allí de donde proviene su teoría del poema mural. De este libro emana su ideal de poema, su búsqueda intelectual, que más que una búsqueda es un intento por descuartizar, despellejar o colgar en poemas sus más íntimos miedos y deseos.
La etapa culminante de su enfermedad está llegando, la aporía se acerca.
Ya los dos últimos libros son en realidad ese advenimiento: “La condesa sangrienta” y “El infierno musical”
He aquí la desesperación en su totalidad. Aunque el último libro se divide en cuatro partes y cada parte en una muestra de un recurso formal casi perfecto, diseñado con el fin de refrescar el lenguaje o de hacerlo decir más, en este se nota que la verdadera razón es el ocultamiento, Pizarnik ya no puede vivir más, ya sólo desea ocultarse en el leguaje, ser un poema.
Muchos de los textos de este libro lo confirman y no los citaré para no dañar el gozo lector. La poseída entre las lilas, deviene en ocultamiento, esta palabra simboliza su último periodo, aquí es donde Alejandra ya no puede aguantar más, vive de sanatorio en sanatorio y en una de esas salidas, se mata.
La enfermedad trágicamente le gana la jugada. La muerte la alcanza, el deseo de morir se hace realidad. Pero asalta una duda: ¿Por qué escribir entonces esas últimas palabras quizá de ella o de Isidoro: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”
Válgame la última declaración a modo de conclusión.
La angustia en Pizarnik tenía un origen que ya estudiamos en sumo grado, sin embargo la cura estaba en el amor y la ocupación constante en distracciones severas que le causaran felicidad y continua errancia. Quizá este método hubiese alargado unos años más su vida. Pero Pizarnik lo supo, al igual que Trakl, Jattin y Nerval, Alejandra se cansó de vivir.
La experiencia de su vida la había logrado, le costó locura, sufrimiento, soledad, pero lo logró. Qué le quedaba por hacer; decir lo mismo con otras palabras hubiese sido torturante, ella tenía que vivir otra experiencia, una experiencia como escape, como salida a su angustia instantánea, inmediata y a la vez constante. Por eso las últimas palabras. Por eso Isidoro. Y es por eso mismo que la odio. Ahora Pizarnik es un ser tutelar propagador de la enfermedad. Ella irradia como Rimbaud o Ciorán, el gran virus de la angustia. Pizarnik es la muerte y quizá la mejor manera para brindar un tributo a esta muerte sea: “Oh muerte, yo te amo, pero te adoro, vida”

martes, 1 de enero de 2008

ENTREVERADO.



(Declaración de un tímido en labios diciendo amo)




Se me ha venido en gana, de pronto,
decirte viento y soplarte como un capullo entre mis besos
despeinarte el esqueleto para que de alegrías tu mejillón se nutra
o pueda adormilarse pubis en el establo de tu negro.


Acorralarte cuatro costados de tu pupila perdiendo el ojo en la distancia
o indexando infancia en el vademécum del olvido.


No te invento cierta con rumor de ingenuidad desnuda en tu vestido
Mas sí te creo terca la barbilla sosteniéndote el recuerdo en la ventana.


Se me ha venido miel chorreando tiempo hasta tu ombligo.
En gana se me ha dado trazarte pincel sobre tu ideograma cuerpo
y casi caricia por la colmena adormilada entre la espalda
tener cuchillo las manos para torturarte erizamientos.


Hacerte amor acomodando maquinaria tu piel vagina humedeciendo mi deseo.
Esto todo quiero hagamos en mi es más allá de la palabra
no lo niego de cierto te lo digo en esta aún perdiendo la cabeza.